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Liberalismo – Después del Socialismo

Después del Socialismo

Autor: Virginia Postrel

Hoy, los restos del socialismo duro existen en los muy pocos países con regímenes deliberadamente socialistas, de los cuales Corea del Norte es el ejemplo más puro, y en algunas industrias entre los países no socialistas. Pero algunos restos quedan.

El socialismo duro desapareció tan rápidamente, como política y como ideal, que hemos olvidado cuán absolutamente comunes solían ser sus supuestos. Esa es una razón por la cual podemos debatir seriamente si la situación actual representa un “socialismo reptante”, término que data de la década de 1950, cuando el socialismo realmente estaba avanzando.

La otra clase de “socialismo” podría llamarse más apropiadamente “social democracia”, o Estado redistributivo. Este es el modelo sueco, que utiliza la redistribución masiva mediante la recaudación de impuestos y subsidios para reorganizar los resultados económicos. El objetivo es el mismo del socialismo duro – una asignación más justa de los recursos – y la ideología impulsora es el igualitarismo económico.

La forma “social demócrata” de socialismo es difícil de mantener porque entra en choque con la presión política de la democracia – que reemplaza a las cuestiones abstractas como la “justicia” con los cálculos prácticos de la política de grupos de interés – y la presión económica de los mercados abiertos. Las democracias occidentales, Suecia incluida, no han estado dispuestas a sacrificar su libertad política o su prosperidad general para mantener el siempre creciente socialismo. Por ejemplo, no han impedido que su pueblo se vaya del país o incluso, en la mayoría de los casos, que envíen su dinero al exterior. Esa libertad ha mantenido la legitimidad política de las social democracias, pero minó su capacidad de seguir siendo socialistas.

No estamos experimentando un “socialismo reptante”. Ese no es el desafío que enfrentamos. Si uno está acostumbrado a luchar contra el socialismo, y en consecuencia ha desarrollado sus argumentos, tácticas, y alianzas, resulta tentador definir a cualquier forma de redistribución o regulación como socialismo reptante y por lo tanto declarar que la expansión de cualquier y todos los programas del gobierno es socialismo. Pero esa definición purgadora lleva a una confusión política y económica: destruye la capacidad de detectar amenazas tempranamente, de formar alianzas y percibir enemigos, y de afilar argumentos.

Debemos tener en mente qué es el socialismo, y por lo tanto qué no es. El socialismo, reptante o galopante, es un concepto ideológico con un sentido particular de qué es importante. Lo que distingue al socialismo es su atracción hacia la justicia económica. Declara que los mercados no asignan la riqueza y el poder justamente, y que los procesos políticos harían un mejor trabajo. El socialismo no es sencillamente pasar dinero de los indefensos a los poderosos – un objetivo tan antiguo como la política – sino allanar la distribución de ingreso y riqueza. El gasto desmedido no es socialismo. Los subsidios agrícolas no son socialismo. El “Bienestar Corporativo” no es socialismo. Estos programas no son de naturaleza ideológica. Son de grupos de interés en competencia.

Los mercados tienen muchas características. Sirven a, y expresan, la búsqueda individual de la felicidad. Difunden ideas. Fomentan el cambio en las formas en que la gente vive y trabaja, y en qué rasgos del carácter son valoradas. Disuelven y rearman categorías existentes, desde géneros artísticos a ocupaciones. Incentivan la constante búsqueda de mejoras, y sujetan las nuevas ideas a la prueba cruel e impasible. Los mercados evolucionan mediante ensayo y error, experimentación y retroalimentación. Están fuera del control de todos, y sus resultados son impredecibles. Es este dinamismo de los mercados – su naturaleza como procesos de final abierto, descentralizados de descubrimiento – lo que atrae la mayor oposición ideológica de hoy.

El desafío más fuerte de los mercados hoy, y de los ideales liberales en términos más generales, no es respecto a la justicia. Es respecto a la estabilidad y el control – no como elección en nuestras vidas como individuos, sino como política para la sociedad como un Todo. Es el argumento según el cual los mercados son disgregadores y caóticos, que hacen que el futuro sea impredecible, y que presentan demasiados valores diversos en lugar de “una mejor manera”. El desafío más importante de los mercados hoy no es la ideología del socialismo sino la ideología de la estabilidad (stasis), la noción de que la buena sociedad es aquella con inmovilidad, predicción y control. Por lo tanto, el rol del Estado, desde esta perspectiva, no es tanto reasignar la riqueza como redireccionar, dirigir, o poner fin a la impredecible evolución del mercado.

Los estáticos (stasists) oponen a los mercados porque la evolución descentralizada de los procesos de mercado crea no sólo cambio sino cambio de una clase particular. Al servir los diversos deseos de los individuos y al recompensar a los innovadores que encuentran las mejoras populares, los mercados constantemente perturban las nociones unitarias de cómo debería ser el futuro. Los mercados no construyen un puente al futuro – un camino del punto A al punto B a través de un abismo aterrador; constantemente agregan nodos y pasadizos en una red de muchos futuros diferentes. Los procesos de mercado hacen que sea imposible que la sociedad en su totalidad adhiera a un ideal estático – ya sea que ese ideal sea una manera tradicional de vida, el status quo, o la noción de un planificador de cuál es el mejor futuro.

El ataque estático a los mercados, sin importar de qué parte del antiguo espectro pueda provenir, aplica dos tácticas comunes que son muy diferentes a los viejos argumentos del socialismo. Primero, sostiene que no deberíamos dejar que las personas se arriesgaran con nuevas ideas que podrían tener consecuencias negativas.

El segundo ataque estático a los mercados tiene un potencial igualmente devastador. Es el argumento contra las externalidades, es decir los efectos secundarios negativos. La mayoría de nosotros ha estado dispuesta a aceptar el problema de las externalidades en áreas tales como la contaminación del aire y a buscar maneras de tratar la cuestión con una mínima disrupción de los procesos de mercado. Pero es bastante fácil declarar que toda acción de mercado tiene efectos secundarios potencialmente negativos. De hecho, vemos cada vez más el argumento de la externalidad apuntado no sólo hacia los productores, el objetivo tradicional, sino hacia los consumidores. Mi elección de qué películas mirar crea una contaminación cultural. Mi compra de envases convenientes produce deshechos ambientales. El color de mi casa o el frente del estacionamiento no les agradan a mis vecinos. Mi adquisición de bienes de consumo lleva a una “fiebre de lujo” que daña a todos. Estamos todos conectados en el mercado, y por lo tanto, desde esta perspectiva, nuestras acciones deben estar estrechamente reguladas para contener todos los deshechos.

Tiene mucha importancia que definamos a nuestro desafío central actual como opuesto al socialismo o protector del dinamismo. Si declaramos a “la izquierda” como nuestros enemigos y a “la derecha” como nuestros aliados, basados en presupuestos anti-socialistas, ignoraremos la emergente alianza izquierda-derecha contra los mercados. Nos perderemos la importancia simbólica y práctica de cuestiones de vanguardia como la biotecnología, la cultura popular, el comercio internacional, y el gobierno de Internet. Sacrificaremos áreas enteras de investigación e innovación para seguir amigos de personas que estarán de acuerdo con recortar impuestos sólo un poco, y sólo para familias con hijos. Perderemos la oportunidad de profundizar la apreciación de los procesos de mercado entre las personas que carecen del adecuado pedigrí político. Sacrificaremos el futuro de la libertad para preservar los hábitos del pasado.

Así que, sí, soy optimista respecto del socialismo reptante. Siempre debemos estar atentos, por supuesto, y aún tenemos muchos legados socialistas con los cuales lidiar – legados que pueden proveer poderosas herramientas a los partidarios del estancamiento. Pero el socialismo está muerto como ideal y está muriendo como política. Los desafíos del siglo XXI serán diferentes: serán defender las virtudes del dinamismo y reunir una nueva coalición en su nombre. La forma en que nos levantemos frente a esos desafíos determinará que el siglo próximo marque a un nuevo liberalismo floreciente, u otra larga era de oscura lucha.

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