Archive for the ‘Liberalismo’ Category

Quote of the Day

Just as there is a very short distance between the U.S. and Cuba, there is a very short distance between a democracy and a dictatorship where the government gets to decide what to do, how to think, and how to live. And sometimes your freedom is not taken away at gunpoint, but instead it is done one piece of paper at a time, one seemingly meaningless rule at a time, one small silencing at a time. Never allow the government — or anyone else — to tell you what you can or cannot believe or what you can and cannot say or what your conscience tells you to have to do or not do.

— Armando Valladares

Cita del Día

El atractivo emocional del comunismo reside precisamente en los sacrificios –tanto materiales como espirituales– que requería del converso (…) El atractivo de un partido político corriente es lo que ofrece a sus miembros: el atractivo del comunismo era que no ofrecía nada y lo exigía todo, incluida la entrega de la libertad espiritual.

— Richard Crossmann

Quote of the Day

There is no flag large enough to cover
the shame of killing innocent people.

– Howard Zinn

Quote of the Day

A society of sheep must in time beget a government of wolves.

— Bertrand de Jouvenel

Liberalismo – Magazin Julio 30 / 2014

Correo del Orinoco

 

Edición de Julio 30 /2014

 

El Grupo Gran-Colombia (GGC) es una organización sin fines de lucro, absolutamente independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental, cuyo desafío fundamental es encontrar y usar los medios necesarios para lograr una progresiva evolución hacia una sociedad libre, formada por ciudadanos ilustrados y responsables, que acierten a protegerse, mediante un esfuerzo común, contra el miedo, la necesidad y la opresión, sea interna o externa.

 

 

En esta edición:

 

  1. El ser humano sobre el capital – Gabriela Calderón de Burgos
  2. Colombia y la farsa de la reconciliación – Carlos Alberto Montaner
  3. Gaza: el terrorista es Hamás – Rafael L. Bardají
  4. Pobreza contra desigualdad – Manuel Suárez-Mier

 

 

 

 

  1. El ser humano sobre el capital

Autor: Gabriela Calderón de Burgos

 

 

Una falacia común en debates es aquella del hombre de paja, mediante la cual no refutas los verdaderos argumentos del oponente sino que te inventas argumentos fáciles de rebatir —el “hombre de paja”, los derribas y se los atribuyes al oponente. Veamos cómo funciona en el caso del mentado eslogan.

 

Resulta extraño que al liberalismo clásico, aquella corriente que históricamente ha defendido no solo la libertad política y civil de los individuos sino también su libertad en el ámbito económico, se le endilgue la postura de ignorar al ser humano. ¿Por qué? Los más destacados economistas del liberalismo clásico siempre utilizaron como punto de partida para su análisis la misma unidad: el individuo. Fueron otras corrientes colectivistas — socialismo, fascismo, corporativismo, etc. — las que desviaron el enfoque desde el individuo hacia lo que Jorge Luis Borges consideraba como “meras comodidades intelectuales”: las clases sociales, las nacionalidades, las naciones-estado, etc.

 

Por ejemplo, Adam Smith en su obra más conocida, La riqueza de las naciones, indica que “cada individuo” por su conocimiento de “la situación local” es mucho mejor juez que “cualquier estadista o legislador” para determinar a qué especie de industria destinar su capital. Este concepto lo desarrollaría con mayor precisión siglos después el Premio Nobel de Economía Friedrich A. Hayek en su ensayo clásico “El uso del conocimiento en la sociedad”.

 

Pero las raíces del liberalismo de mercado y su enfoque en el ser humano vienen incluso desde antes y de otra parte. Ya en la España del siglo XVI surgió la Escuela de Salamanca que cambió radicalmente para siempre la economía proponiendo la teoría subjetiva del valor, que establece que el individuo es quien le da valor a las cosas. Uno de los pensadores de esta escuela, Diego de Covarrubias decía que “Las cosas valen por la estimación que le dan los hombres, aunque dicha estimación sea disparatada”. Nuevamente, el ser humano al centro de la cosa.

 

Precisamente porque a los liberales clásicos les ha interesado siempre el individuo es que consideran importantísima las ganancias y pérdidas que resultan del proceso de mercado. El economista austriaco Ludwig von Mises explica en su tratado económico —coincidentemente titulado Acción humana— que “Las ganancias y las pérdidas son mecanismos mediante los cuales los consumidores ejercen su supremacía en el mercado”. Mises agrega que “En la ausencia de las ganancias y las pérdidas el empresario no sabría cuáles son las necesidades más urgentes de los consumidores”. Finalmente concluye que lo que resulta en bienes útiles no es el esfuerzo físico por si solo, “sino el esfuerzo físico hábilmente dirigido por la mente humana hacia determinado objetivo”.

 

Así podemos ver que el individuo importa muchísimo en la economía de mercado. Es el mejor conocedor de las inversiones que convienen realizarse porque tiene conocimiento privilegiado de su situación y de los intereses de quiénes lo rodean, es el mejor juez de lo que le conviene adquirir con sus dólares, también es quién le da valor a las cosas. Son las demás corrientes las que pretenden superponerse ante las decisiones libres de los individuos dándole poder a un selecto grupo de supuestos iluminados para que nos digan al resto de los mortales cuánto, cómo y qué producir y consumir.

 

 

  1. Colombia y la farsa de la reconciliación

Autor: Carlos Alberto Montaner

 

 

El presidente Juan Manuel Santos ha llevado a algunas víctimas a La Habana para que se reconcilien con sus verdugos. La idea detrás de la ceremonia se origina en las terapias sicológicas. Es una extensión de los procesos de sanación de las parejas en las que se produce un agravio severo. Quien cometió la falta asume la culpa, se arrepiente, y la víctima perdona. A partir de ese punto retoman la relación y, poco a poco, se restauran los vínculos emocionales. Sin ese proceso es difícil la recuperación de la confianza en el otro.

 

El problema de ese modelo de terapia es que sólo funciona entre individuos, no colectivamente. Es probable que las víctimas realmente perdonen, porque se liberan de la angustia que producen el odio y el deseo de venganza. No obstante, es muy raro, casi inexistente, el arrepentimiento de quienes cometen crímenes contra enemigos de clase mientras luchan por causas que a ellos les parecen justas.

 

El Che Guevara lo expresó en una frase sincera y elocuente: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

 

¿Se imagina alguien a Guevara o a Stalin avergonzados y contritos por sus asesinatos? ¿O a Hitler, Mussolini, Franco, o Videla? ¿Puede alguien creer que Tiro Fijo o Mono Jojoy estarían dispuestos a arrepentirse de sus crímenes revolucionarios? ¿Lo está Timoshenko, el actual jefe de las FARC?

 

La Habana tampoco es el lugar ideal para intentar la reconciliación. La Isla no es, precisamente, el cantón de Basilea. ¿Se arrepienten los anfitriones cubanos de los miles de fusilados, de la persecución a los homosexuales, de los actos de repudio? ¿Se arrepienten Fidel y Raúl Castro de haber hundido un barco cargado de refugiados en el que se ahogaron dos docenas de niños, o del derribo sobre aguas internacionales de dos avionetas desarmadas que auxiliaban balseros? ¿Se arrepienten de la muerte de Oswaldo Payá y de Harold Cepero?

 

Los tupamaros, los montoneros, los escuadrones de la muerte de la derecha asesina, las narcoguerrilas comunistas de las FARC y los narcoparamilitares que los combatían, todos esos grupos violentos y delirantes, a la derecha y a la izquierda, no creen que tengan nada de que arrepentirse. Están llenos de justificaciones y coartadas ideológicas y políticas.

 

Hace años, intrigado por esa falta de empatía, le pregunté a una persona que había ejecutado a trece enemigos políticos si sentía algún remordimiento. Paradójicamente, era un hombre bueno y tierno en el ámbito familiar. Incluso era tímido y compasivo. Los había matado unas veces por medio de atentados y otras en balaceras provocadas por los otros. Eran crímenes políticos. Me miró con asombro y me respondió sin la menor vacilación: “Sí, me remuerde la conciencia por todos los que se me escaparon”. Y luego procedió a relatarme varios intentos fallidos de quitarles la vida a otros pistoleros violentos.

 

No se puede creer en estos procesos colectivos de reconciliación. Suelen ser una farsa. A mi juicio, las narcoguerrillas comunistas de las FARC están dispuestas a abandonar las armas, pero sólo para tratar de llegar al gobierno por la vía chavista de un proceso electoral. No han renunciado a conquistar el poder ni a crear una dictadura colectivista, sino al método hasta ahora empleado. Realmente, no piden perdón. Juegan a ello. (París, ya se sabe, bien vale una misa).

 

Con cien o doscientos millones de dólares que les proporcione el narcotráfico, más lo que aporte Venezuela, y agazapados tras el mascarón de proa de un rostro izquierdista potable, como hicieron los comunistas en El Salvador escudados tras Mauricio Funes, van a tratar de llegar a la Casa de Nariño legalmente, aprovechando las divisiones y la debilidad de los grupos democráticos. Una vez ocupada la poltrona comenzaría la fiesta clientelista y prebendaria hasta reclutar a una precaria mayoría y con ella desmantelar totalmente los fundamentos de la República.

 

Santos lo sabe, pero su objetivo, como el de media Colombia, es terminar la guerra a cualquier precio. Veremos si luego los colombianos consiguen mantener las libertades y ganar la partida. Ojalá que estalle la paz, pero que ése no sea el inicio de otra expresión del horror.

 

 

  1. Gaza: el terrorista es Hamás

Autor: Rafael L. Bardají

 

 

Ante el anuncio de Chile, Ecuador, Perú, El Salvador y Brasil de retirar sus embajadores y la calificación por Bolivia de Israel como “Estado terrorista”, los abajo firmantes creemos que la manipulación informativa en América Latina sobre el actual conflicto en Gaza no sólo intoxica a los ciudadanos sino que inspira políticas equivocadas y condenables.

 

Ciertamente, es de lamentar que una vez más el Oriente Medio sufra otra guerra, porque toda guerra conlleva dolor, destrucción y muerte. Siempre se producen equivocaciones y muchos civiles inocentes acaban pagando las consecuencias de las decisiones de quienes combaten. En ese sentido, nada nos gustaría más que el que se pudiera poner fin a las hostilidades y se aliviara el sufrimiento humano cuanto antes.

 

Por ese motivo, manifestamos lo siguiente:

 

  1. Esta guerra no la ha comenzado Israel. El Estado de Israel está respondiendo a la lluvia de cohetes y disparos de mortero que le llegan cada día desde Gaza. Tres jóvenes fueron secuestrados y asesinados. Docenas de cohetes fueron disparados antes de que el Gobierno de Jerusalén decidiera defenderse militarmente. En las tres semanas que llevamos de guerra, más de tres mil cohetes han sido lanzados contra la población israelí.

 

  1. Hamás no es una ONG, es una organización terrorista, declarada como tal por el Gobierno de los Estados Unidos y por la UE. La carta fundacional de Hamás, plenamente en vigor, llama a la aniquilación de Israel y a la muerte de todos los judíos.

 

  1. Hamás utiliza sus cohetes precisamente como instrumento del terror, ya que no van dirigidos contra objetivos militares sino indiscriminadamente contra centros urbanos en suelo israelí. Si no han logrado más víctimas y destrucción se debe a la eficacia del sistema antimisiles Cúpula de Hierro y a la escasa precisión de muchos de ellos. De hecho, un número significativo de esos cohetes acaba impactado en la propia Franja de Gaza.

 

  1. Hamás usa a los palestinos civiles para esconderse. Sus operativos y milicianos no sólo no portan distintivo de combate alguno, sino que se aprovechan deliberadamente de instalaciones civiles, escuelas, hospitales y mezquitas. La propia Agencia de la ONU para los Refugiados ha admitido que tres de sus escuelas habían sido usadas como almacén de armamento. Es más, estos arsenales estaban protegidos con bombas trampa, como consecuencia de las cuales han muerto tres soldados israelíes. Por qué los directivos de la ONU en Gaza lo han permitido o no lo han denunciado a tiempo es algo que la comunidad internacional debe esclarecer cuanto antes.

 

  1. Hasta ahora, el objetivo israelí ha sido doble. Por una parte, acabar con los lanzadores de cohetes para que sus ciudadanos no vivan pendientes de las alarmas, teniendo que correr a los refugios casi constantemente. Por otra, destruir la extensa red de túneles que Hamás ha construido para infiltrarse en suelo israelí y cometer sus atentados, secuestros y acciones de terror. No hay ni bombardeo masivo sobre Gaza ni invasión de la Franja. Las operaciones terrestres se han mantenido en una delgada línea de menos de 2 kilómetros.

 

  1. Mientras que Israel aceptó el plan de paz formulado por Egipto, Hamás ha rechazado toda posibilidad de una tregua y violado sistemáticamente todos y cada uno de los acuerdos temporales de alto el fuego por causas humanitarias. No es Israel el que se opone a la paz. Al contrario, a lo que aspira es a poder vivir en paz y no bajo la lluvia de bombas de Hamás.

 

  1. Los abajo firmantes somos plenamente conscientes del daño y sufrimiento que encarna la guerra, pero también de que, para evitar un nuevo conflicto en la zona dentro de pocos meses, cualquier alto el fuego que premie políticamente la agresión armada de Hamás es un error. Si de verdad se aspira a la paz, la infraestructura del terror –túneles, cohetes, fábricas de armas…– tiene que ser desmantelada en Gaza. No hay otra alternativa. Lo podrían hacer la ONU o la comunidad internacional, pero de momento sólo Israel está dispuesto a llevarlo a cabo, porque su propia existencia depende de ello.

 

  1. La presencia terrorista no sólo afecta a Israel o al pueblo judío. La mayoría de los países árabes también quiere la desaparición del grupo terrorista Hamás. Numerosas fuentes así lo han puesto de manifiesto. En la medida en que los islamistas palestinos respondan a los designios de Irán, su amenaza lo es también a escala global, contra Europa, Estados Unidos y Latinoamérica, quienes ya han sufrido en sus propias carnes el zarpazo del terror islámico.

 

  1. Finalmente, a los firmantes nos parece una aberración equiparar moralmente a los dos bandos contendientes, porque en un lado están el terror, la tiranía fanática islamista y el culto a la muerte, mientras que en el otro están la libertad, la prosperidad y la defensa de la vida. La barbarie y la civilización no pueden ponerse en el mismo plano. Por eso hacemos este llamamiento a todos los Gobiernos de la región: que vuelvan los embajadores retirados y demuestren su solidaridad con quien está luchando, con toda la contención del mundo, por acabar con el terror: el Estado de Israel.

 

  • Alejandro Toledo, expresidente del Perú.
  • Luis Alberto Lacalle, expresidente de la República Oriental del Uruguay.
  • Carlos Alberto Montaner, escritor y periodista cubano.
  • John R. Bolton, exembajador de EEUU ante la ONU.
  • Giulio Terzi, exministro de Asuntos Exteriores de Italia.
  • Richard Kemp, excomandante del Ejército británico.
  • Andrew Roberts, historiador y escritor británico.
  • Roberto F. Agostinelli, director ejecutivo de Rhône Group, Rhone Capital.
  • Fiamma Nirenstein, política, periodista y escritora italiana.
  • Carlos Bustelo, exministro de Industria de España.
  • Rafael L. Bardají, director ejecutivo de la Friends of Israel Initiative.

 

 

  1. Pobreza contra desigualdad

Autor: Manuel Suárez-Mier

 

 

Siempre me ha llamado poderosamente la atención que los “pensadores progresistas” y los socialistas de caviar hagan ruidosas campañas mediáticas sobre la injusticia en la distribución del ingreso y de la riqueza, sin reparar que la prioridad de las políticas públicas debiera ser el combate sin cuartel contra la pobreza.

 

El debate entre priorizar la desigualdad frente a la pobreza es ciertamente antiguo y de vez en vez retorna al centro del escenario, como ahora con la aparición del libro de Thomas Piketty Capital en el Siglo XXI, que proclama el empeoramiento en la distribución de la riqueza y el regreso al “capitalismo patrimonial” del siglo XIX.

 

Mi admirado maestro en la Universidad de Chicago, el eminente historiador Donald McCloskey —hoy Deirdre McCloskey después de cambiar su género en 1995— acaba de publicar un artículo en el Financial Times en el que afirma que “la igualdad carece de relevancia cuando los pobres están (en proceso de) volverse ricos”.

 

McCloskey, que ha venido trabajando por una década en una fascinante trilogía sobre las virtudes del ascenso de la burguesía como protagonista medular en las economías de mercado —repele el término capitalismo inventado por Carlos Marx— que emergieron con la Revolución Industrial, afirma que:

 

“En términos relativos, los más pobres han sido los principales beneficiarios (del acelerado proceso de crecimiento económico desde la Revolución Industrial). Los ricos se hicieron más ricos, es cierto. Pero millones (de personas) más tienen acceso a gas para cocinar, coches, vacunas contra el sarampión, agua corriente en casa, nutrición adecuada, mayor estatura, creciente expectativa de vida, escuela para sus niños…”

 

En todos los países que acceden a un proceso de crecimiento económico acelerado se aprecia de inmediato un deterioro en la distribución del ingreso, el índice de Gini —que mide la desigualdad entre ricos y pobres— empeora pero, más importante que esto a mi juicio, el abatimiento de la pobreza resulta espectacular.

 

La proporción de pobres que había en Chile antes de su notable despegue económico hace más de tres décadas, era de casi 50% de la población y hoy es de sólo 10%. En la China maoísta la distribución de la riqueza era perfecta —si se excluye a Mao y sus secuaces que vivían principescamente—: todos era paupérrimos, índice de Gini =1.

 

Conforme esos sistemas económicos abandonaron el comunismo o el capitalismo de estado sofocantes que los mantuvieron por muchos años al margen del progreso, y surge con vigor el crecimiento económico, empezaron a derrumbarse los índices de pobreza al abrirse oportunidades de empleo, al tiempo que se adoptaron políticas públicas tendientes a mejorar el acceso de los pobres a educación y salud.

 

Simultáneamente, al eliminarse trabas burocráticas a la iniciativa empresarial, florecieron nuevas actividades, se diversificaron las economías y se multiplicaron los éxitos corporativos en ámbitos impensables en los regímenes previos, con la consecuente creación de riqueza para los emprendedores.

 

Dos caras de la misma moneda: Eliminar obstáculos al crecimiento engendra oportunidades para abatir la pobreza y generar fortuna para los emprendedores. Este proceso de transición puede, en efecto, crear indeseables monopolios que se apropien indebidamente de rentas que corresponden a la sociedad en su conjunto.

 

Pero la creación y permanencia de monopolios sólo se consigue si los gobiernos impiden o toleran que haya obstáculos a una mayor competencia, que es el mejor antídoto contra los rentistas enquistados en la economía, como lo ilustran en México todavía hoy los estancos y sindicatos en petróleo, electricidad y telecomunicaciones.

 

De allí la crucial importancia de las reformas conseguidas por el gobierno de nuestro país en los últimos meses, culminando con la energética en días pasados, que al fin estrenan la oportunidad de que haya verdadera competencia en ámbitos de la economía que nunca la han conocido o no la han visto en muchísimos años.

 

Lo que McCloskey llama la era del “Gran Enriquecimiento” fue resultado de la innovación y no de la acumulación de capital o de la explotación de los trabajadores. Es por ello que nos debemos concentrar en seguir eliminando los impedimentos a la mayor y mejor competencia en nuestra economía para abatir la pobreza.

 

Ello demanda emprender una verdadera cruzada contra los obstáculos burocráticos que asfixian la iniciativa empresarial e impiden la incorporación de los trabajadores al sector formal de la economía, que es la gran reforma pendiente para el gobierno, lo que implica, entre otras muchas cosas, revertir su contrarreforma tributaria e impedir la fijación de salarios por decreto como ofrece algún demagogo.

 

GGC – Magazin Junio 30 /2014

Correo del Orinoco

 

Edición de Junio 30 /2014
 

El Grupo Gran-Colombia (GGC) es una organización sin fines de lucro, absolutamente independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental, cuyo desafío fundamental es encontrar y usar los medios necesarios para lograr una progresiva evolución hacia una sociedad libre, formada por ciudadanos ilustrados y responsables, que acierten a protegerse, mediante un esfuerzo común, contra el miedo, la necesidad y la opresión, sea interna o externa.

 

 

En esta edición:

 

1)      Primero vino la prosperidad, luego el Leviatán – Mauricio Rojas

2)      Los muertos palestinos que no interesan – Elías Cohen

3)      No hay que copiar a Chile – Ian Vásquez

4)      Libertad política y económica – Hernán Bonilla

5)      Las vacas y el populismo – Gabriela Calderón de Burgos

6)      El misterioso caso de los comunistas incapaces de aprender – Carlos Alberto Montaner

7)      El mundo ha experimentado un espectacular avance – Diego Sánchez de la Cruz

 

 

 

  1. Primero vino la prosperidad, luego el Leviatán

Autor: Mauricio Rojas

 

 

El gran Estado benefactor sueco tiene una historia relativamente corta y reciente. Se instaura a partir de los años 60 y sufre su gran crisis a comienzos de los 90. Hasta la década de 1950 Suecia se caracterizaba tanto por la pequeñez comparativa de su Estado como por su bajo nivel tributario. El Estado sueco, medido por la proporción de empleados públicos en el empleo total, era todavía en 1960 menor que el británico o el estadounidense, y su carga tributaria era comparable con la de estos países y estaba por debajo de la de Francia o la de Alemania Federal. Esto es importante recalcarlo, ya que la evolución que llevaría a Suecia a alcanzar unos niveles récord de expansión estatal y tributaria representa una ruptura con una historia caracterizada por lo contrario.

 

Es interesante notar que, en términos de desarrollo económico comparativo, es justamente en el período anterior a 1960 cuando Suecia exhibe un desempeño extraordinario, mientras que el período que va de 1960 a 1990 –coincidente con la gran expansión estatal– es muy mediocre. Entre 1870 y 1960 Suecia es el país que más crece a escala mundial en términos de PIB per cápita, mientras que entre 1960 y 1990 se ve superado por todos los demás países desarrollados, con excepción de Gran Bretaña y Suiza.

 

Este desarrollo mediocre se va haciendo cada vez más pronunciado en la medida en que la expansión estatal alcanza sus niveles más extraordinarios. Así, entre 1975 y 1990, cuando el gasto público llega a superar el 60 por ciento del PIB, Suecia muestra el crecimiento económico más lento de todos los países desarrollados. El Leviatán sueco estaba, simplemente, ahogando a la sociedad que le había dado vida y preparando su desmoronamiento a comienzos de los años 90.

 

Si volvemos la mirada hacia los años del milagro sueco –entre 1870 y 1960– se observa que el notable desempeño de Suecia fue propulsado por un capitalismo pujante y abierto al mundo, es decir, por una economía de libre mercado e industrias de primera clase, basadas en el trabajo y la creatividad de sus obreros, ingenieros y emprendedores, que transformaron un insignificante país nórdico que a mediados del siglo XIX era una economía periférica que exportaba materias primas y alimentos en una verdadera potencia industrial.

 

El momento crucial de la asombrosa transformación de Suecia fue la liberalización y apertura revolucionaria de su economía a mediados del siglo XIX, conducida por Johan August Gripenstedt, ministro de Finanzas entre 1851 y 1866. Fue entonces cuando definitivamente se rompió con la economía de los privilegios estamentales, las regulaciones estatales abrumadoras, las aduanas internas, el proteccionismo, los impedimentos a la libertad de industria y de comercio así como a la libre circulación de las personas. Sí, la madre de la prosperidad sueca no fue otra que la libertad económica, que potenció el esfuerzo del pueblo y el ingenio y la capacidad emprendedora de sus elites. Ello preparó las condiciones para el espectacular salto industrial en las décadas finales del siglo XIX, cuando la tasa sueca de crecimiento –entre 1870 y 1913– fue la mayor de Europa y los obreros industriales vieron triplicarse su ingreso real. Así, gracias a la fuerza de su capitalismo, un pueblo que había experimentado la última de sus muchas hambrunas en 1868 pudo acceder a un nivel de bienestar nunca antes conocido.

 

Esto no quiere decir que el Estado no haya sido importante en todo este proceso, muy por el contrario. El Estado sueco desempeñó en verdad un papel decisivo, pero no fue el de engullirse una tajada creciente del ingreso nacional ni el dárselas de empresario ni el de crear un sistema de prebendas y privilegios. El Estado sueco hizo lo que todo Estado que ayuda a generar progreso debe hacer, es decir, crear instituciones que fomenten la libertad individual y protejan la propiedad privada, que exijan el cumplimiento de los contratos y mantengan el Estado de Derecho. También puso su mano allí donde las manos privadas no alcanzaban, como en la construcción de ferrocarriles o en la creación de las llamadas escuelas del pueblo, a partir de 1842, que a fines del siglo XIX daban escolaridad a prácticamente todos los niños del país. Esto fomentó la igualdad de oportunidades, lo que reforzó el impacto positivo de la distribución igualitaria de la tierra que caracterizaba ya de antes a la agricultura local. Fue un Estado subsidiario y solidario, creó instituciones sólidas, hizo aportes económicos estratégicos pero limitados y allanó el camino de la igualdad de oportunidades. Fue, en pocas palabras, un Estado ejemplar y, además, cada vez más democrático.

 

Esta fue la base económica que daría a la socialdemocracia los recursos necesarios para la realización de sus programas de reformas sociales. Es por ello que quienes predican la adopción del modelo sueco, es decir, la construcción de un gran Estado benefactor, en países sin un desarrollo comparable no hacen sino proponer una quimera.

 

Sin un capitalismo de primera línea no puede existir ni bienestar ni Estado del Bienestar, esta es la lección más fundamental del desarrollo moderno de Suecia. La otra lección de importancia es que si se quiere lograr y luego mantener ese desarrollo es mejor cuidarse del gran Estado. Lo ocurrido en Suecia a partir de 1960 es una clara advertencia acerca de los peligros de una expansión estatal que termina destruyendo las bases mismas del progreso.

 

 

  1. Los muertos palestinos que no interesan

Autor: Elías Cohen

 

 

En esta última escalada de violencia entre Israel y Hamás la retórica de muchos activistas, políticos, periodistas y académicos ha vuelto a ser significativa en cuanto a pro-palestinismo y demonización de Israel se refiere. Los ejemplos son sustanciosos.

 

El activista pro-palestino Manu Pineda, paisano mío, que está en Gaza sirviendo como escudo humano, ha declarado a El Confidencial: “Siento vergüenza de que mi vida valga más que la de los palestinos”.

 

Cayo Lara, por su parte, ha llamado abiertamente a romper relaciones con Israel y comparado a los judíos con los nazis. Alberto Garzón, la joven promesa de Izquierda Unida, también paisano, ha declarado que lo que está haciendo Israel en Gaza es un genocidio.

 

El profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense Najib Abu Warda ha publicado un análisis (sin datos ni fuentes contrastadas, viva la deontología) en el que compara el holocausto nazi con el “sionista”.

 

En numerosas ocasiones, la solidaridad con el sufrimiento de los palestinos, a la cual Pineda se siente “enganchado”, no es sincera, sino un subproducto del odio a Israel. Si las hemerotecas hablaran…

 

En 2007, después de que Hamás ganara las legislativas palestinas, una lucha fratricida entre la referida organización islamista y la del presidente Mahmud Abás, Al Fatah, dejó más de 200 muertos en el campo de batalla, que fue toda la Franja de Gaza. Los últimos mohicanos de Al Fatah tuvieron que huir por mar para salvar el pellejo. La nada sospechosa ONG Human Rights Watch acusó a ambas facciones de violaciones del derecho internacional humanitario, de perpetrar matanzas de civiles, ejecuciones públicas de opositores y cautivos; denunció que se lanzó a prisioneros desde azoteas de edificios altos y se libraron combates en hospitales.

 

Nadie alzó la voz. Nadie habló de matanzas. Nadie lloró por las víctimas palestinas.

 

La tampoco sospechosa organización israelí B’tselem, famosa por estar en contra de la ocupación y monitorear constantemente la actividad de los colonos y del Ejército israelí en los territorios palestinos, y el Palestinian Human Rights Monitoring Group, menos sospechoso aún, sostienen que desde 1987 han sido 1,593 las vidas que se han cobrado los conflictos intestinos entre fuerzas palestinas; sólo en Gaza habrían sido más de 600 desde 2006.

 

En Siria, donde las cifras de muertos se mueven entre los 180,000 y los 200,000, la ONU declaró a principios de 2013 que habían muerto en torno a 1,000 palestinos. En febrero de este año, el periódico on line Islamic News Daily, al que presumimos muy lejos de los intereses sionistas, cifró -haciéndose eco de informaciones de la agencia de noticias Safa- en 2,072 los muertos palestinos en Siria. El mismo mes The Guardian publicaba que las fuerzas de Al Asad sometieron a asedio el campo de refugiados palestinos de Yarmuk, a las afueras de Damasco. La agencia Safa contabilizó 840 muertos en dicho campo y 163 en el campo de Deraa. Los mató Asad, pero a nadie pareció entonces importarle la vida de esos 2,072 palestinos. Seguimos esperando alguna manifestación o concentración ante la embajada siria, con fotos de Asad luciendo una esvástica.

 

Ciertamente, esto de preocuparse por los palestinos sólo cuando los mata Israel, viene de largo.

 

En Los orígenes sociales y económicos de la monarquía jordana, el economista político e investigador Tariq Moraiwed Tell informa de que en septiembre de 1970, en su lucha contra la OLP, el Ejército jordano mató entre 7,000 y 20,000 palestinos (la primera es la cifra esgrimida por Amán; la segunda, la de Arafat). Fue el conocido Septiembre Negro, que dio nombre al célebre grupo terrorista palestino antiisraelí que llevó a cabo, entre otros crímenes, la Matanza de Múnich, en la que asesinó a 11 atletas israelíes que participaban en los Juegos Olímpicos de aquel año (1972).

 

Nadie habló entonces de genocidio, ni acusó al rey Husein de nazi.

 

Entre 1975 y 1977 murieron más de 5,000 palestinos en el marco de la guerra civil libanesa. Pero las condenas y los gritos al cielo sólo se alzaron cuando en 1982 los israelíes se inmiscuyeron en la misma e invadieron el País del Cedro. Entre 1984 y 1989, en la poco conocida Guerra de los Campos se dio muerte a más de 5,000 palestinos.

 

No hubo flotillas al Líbano, ni llamamientos de condena internacionales, ni denuncias sobre la violación del derecho internacional o de los derechos humanos.

 

Ni las hemerotecas ni los datos engañan. Eso sí, juegan malas pasadas. Los de siempre, los que duermen a pierna suelta mientras los muertos no los mate Israel, han vuelto a retratarse. Su actitud no obedece precisamente al amor por los palestinos, pues no dejan de demostrar lo poco que les importan en cuanto no anda de por medio el Estado judío. Aquí la causa fundamental está clara. Es el odio. El odio a Israel, el judío de entre las naciones.

 

 

  1. No hay que copiar a Chile

Autor: Ian Vásquez

 

 

Se ha dicho hasta el cansancio, pero es una verdad llena de lecciones que vale la pena comprenderla en América Latina: Chile es por lejos el caso más exitoso de desarrollo en la región y esto se debe al inmenso aumento de libertad en todos sus aspectos —económico, civil y político— que el país empezó a implementar en los años setenta.

 

Entre otros logros, esto ha significado un alto crecimiento, la reducción de pobreza más importante en la región en las últimas dos décadas, según la CEPAL (del 45% en los ochenta al 11% en 2011), y las instituciones democráticas y de Estado de Derecho más fuertes de la región. Según el FMI, para 2018 Chile llegará al estatus de país desarrollado con un ingreso per cápita de $24.600.

 

Sin embargo, está claro que los factores que han producido el éxito chileno están por cambiar, pues el nuevo gobierno de Michelle Bachelet está promulgando una serie de reformas que buscan reducir la elección personal y el intercambio voluntario y reemplazarlos con un dirigismo estatal en muchos ámbitos de la vida. No pudo ser más claro cuando el Senador Jaime Quintana de la Nueva Mayoría, declaró: “Vamos a poner aquí una retroexcavadora, porque hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal”.

 

Corregir la desigualdad, que los políticos suelen confundir con la pobreza, es la razón declarada para promover tan profunda transformación. Es cierto que la desigualdad de ingresos es alta en Chile. Pero lo ha sido por muchas décadas, cosa que en los últimos 20 años ha empezado a caer. Entre 17 países de la región, Chile tiene la octava menor desigualdad, según el índice de Gini. Al expandir el asistencialismo e intervencionismo estatal, Chile se acercará a las políticas de varios países, como Brasil, con mayores grados de desigualdad. En lo que realmente importa — un sinnúmero de indicadores de bienestar humano como el acceso a agua potable, la mortalidad, la vivienda, el uso de tecnología, etc. — la brecha entre los ricos y los pobres se ha estado cerrando rápidamente.

 

Esos hechos parecen no importar. La narrativa imperante de la coalición de gobierno es que los ricos se han beneficiado a costa de los demás. Entre las reformas emblemáticas de Bachelet están la tributaria, la educativa, y la constitucional. Allí también es difícil ver como los hechos justifican los cambios propuestos.

 

La reforma tributaria, por ejemplo, aumentaría la tasa impositiva de las empresas del 20% al 35%, convirtiendo a Chile en el país con la tercera tasa impositiva más alta del OCDE, cuando la tendencia internacional ha sido más bien rebajarlas. Incluso aliados políticos de Bachelet, como Eduardo Aninat, ex-ministro de Hacienda de la centroizquierda, no ven como tal medida no impactará negativamente la inversión y el crecimiento del país.

 

El mejor sistema educativo en la región lo proponen reformar con la meta de eliminar las subvenciones a las escuelas privadas para que tal educación sea pública y gratis. Esto, a pesar de que el porcentaje de personas en las generaciones jóvenes que reciben educación secundaria ahora ha llegado a superar el promedio de la OCDE. Respecto a educación superior, Bachelet quiere que sea gratuita. En tal escenario, el Instituto Libertad y Desarrollo explica que habría una redistribución de riqueza de abajo hacia arriba ya que el 41% de los recursos financiaría la educación del 20% más rico de la población, mientras que solo el 9% de los recursos beneficiarían al 20% más pobre. Sería mucho mejor focalizar ayudas a los más necesitados.

 

Además de estas reformas, se proponen otras respecto a pensiones, regulación laboral, sistema electoral y a la misma constitución que acusan de ser muy rígida a pesar de haber sido enmendada más de 200 veces desde el regreso a la democracia. Lo que está logrando Bachelet es minar la confianza en Chile y que ya no sea un ejemplo a seguir.

 

 

  1. Libertad política y económica

Autor: Hernán Bonilla

 

 

La relación entre la libertad política y la libertad económica ha sido estudiada desde hace siglos. No es casual, verbigracia, que el autor de filosofía política más importante de la tradición liberal clásica en el siglo XX, Friedrich Hayek, dedicara buena parte de su obra a dejar claro este punto. Desde su clásico Camino de servidumbre, en plena Segunda Guerra Mundial, en que advirtió sobre las consecuencias de la intervención del estado en la economía, hasta su último libro, La fatal arrogancia, en que explica el origen del “orden espontáneo” que hace posible el desarrollo de la civilización, hacia fines de la década del ochenta, su trabajo marca el punto de referencia ineludible en la materia.

 

Un libro reciente en el mismo sentido, que incluye evidencia empírica, es Violence and Social Orders de Douglass North, John Wallis y Barry Weingast. Encuentra que los países económicamente desarrollados —sociedades de “acceso abierto” en sus términos—, que son los de economías más libres, son también los que tienen mejores instituciones democráticas (las excepciones son Singapur y los países productores de petróleo).

 

Otro aporte novedoso es Por qué fracasan los países de Daron Acemoglu y James Robinson, dónde los autores argumentan en favor de la tesis de que las instituciones son las determinantes fundamentales del desempeño económico de los países. En lo referente a la relación entre libertad económica y política, en sus términos “instituciones inclusivas” por oposición a las “exclusivas” los autores encuentran una estrecha relación. Si bien afirman que tanto la existencia de la libertad política y de la económica o la ausencia de ambas pueden ser combinaciones estables, el único camino viable para alcanzar la prosperidad económica es la primera alternativa.

 

¿Por qué la libertad económica es necesaria para la existencia de la libertad política? Porque para que las personas puedan asociarse libremente en organizaciones, partidos, gremios o de la forma que deseen, deben poder disponer de sus recursos. Si en vez de ser así es el gobierno quien los dispone, por la vía del hecho o del derecho, las personas no podrán manifestar su opinión, no podrán abrir un diario, no podrán formar un partido político, etc.

 

Y el anverso, ¿por qué la libertad política es necesaria para la existencia de la libertad económica? Porque si entendemos la libertad política en su doble condición de participar en el proceso de formación de la voluntad general (vertiente francesa o rousseauniana del liberalismo) y la existencia de derechos inherentes a la persona, como a la vida, la propiedad, la honra, etc., (vertiente inglesa del liberalismo) no es posible que una persona disponga de derechos, si estos son una concesión graciosa del gobernante.

 

Vale decir, si el derecho al voto o a la propiedad, depende del humor del gobernante, la ausencia de libertad política implica un riesgo cierto para la libertad económica. Es necesario que exista Libertad, no libertades. La conclusión inevitable del análisis de este tema es que la Libertad es una sola, implica derechos y no regalías, se da sólo bajo la existencia de un Estado de Derecho que garantice democracia y derechos individuales, que mantenga un Estado limitado en su tamaño y sus funciones y cuyo comportamiento sea previsible para cada persona.

 

 

  1. Las vacas y el populismo

Autor: Gabriela Calderón de Burgos

 

 

La economía del populismo se puede resumir en el intento de redistribuir la riqueza existente, supuestamente para el “bien del pueblo”. Los populistas ignoran, o no les importa, que la intervención estatal en la distribución de la riqueza tenga un efecto negativo sobre la producción a mediano y largo plazo. Como ilustración de esto podemos considerar lo que ha sucedido con la política bovina de los Kirchner en Argentina.

 

El razonamiento era tan sencillo que inspira ternura: “para bajar los precios en el mercado local, simplemente desalentemos las exportaciones y todos seremos felices”. Inicialmente, prohibieron las exportaciones en 2006 por 180 días e implementaron el Registro de Operaciones de Exportación conocido como ROE Rojo. Luego impusieron un impuesto de 15% a las exportaciones de carne, entre otras intervenciones que se fueron sumando. ¿Qué ocurrió?

 

En lugar de incentivar una mayor producción de tal manera que haya más vacas para la exportación y para el consumo local, los Kirchner decidieron incentivar a los argentinos a que literalmente se comieran el stock existente de vacas.

 

En el mercado de carnes, un indicador esencial es la “faena de vientres”. Si el sacrificio de hembras aumenta, esto indica que en el futuro habrá una oferta reducida de carne, lo que se traducirá en un mayor precio de la carne en el mercado local —precisamente lo que la política populista de los Kirchner pretendía combatir. Y, al igual que ocurre con la riqueza destruida en poco tiempo mediante gobiernos populistas, tarda años reconstruir el stock de ganado. Entre 2005 y 2013 este se redujo en un 20%.

 

Para que el stock de ganado de un país sea estable es necesario que se permita al sistema de precios funcionar libremente. Son estas señales de precios las que le comunican a los productores cuando conviene o no invertir en mantener a las hembras y engordar a los novillos. Los Kirchner, al deprimir artificialmente el precio de la carne, incentivaron a los productores a sacrificar vientres y, como consecuencia, a deprimir la oferta en el futuro. Sucede que la liquidación de hembras está hoy en su punto más alto desde 2007 —fecha en que se inició un proceso de “liquidación masiva del stock bovino” que llegó a caer desde 57 millones de cabezas en 2008 hasta tocar un piso de 47.9 millones de cabezas en 2011.

 

En 2005, los ganaderos argentinos exportaban alrededor de 745,000 toneladas métricas. Ese mismo año, Argentina era el tercer exportador más importante en el mundo y el segundo país en consumo anual de carne: 136 libras por persona. Como punto de referencia, EE.UU. exportaba en ese entonces 472,668 toneladas.

 

Para 2012, Argentina exportó solamente 164,000 toneladas llegando a ser el onceavo exportador de carne en el mundo. El consumo de carne disminuyó a 121 libras por persona. Todo esto mientras que durante esos mismos 7 años las exportaciones estadounidenses de carne aumentaron a 1.13 millones toneladas.

 

En resumen, el populismo hace que desaparezcan las vacas hasta en “el país de las vacas”, al igual que sucede en otros lugares donde gobiernos han dilapidado la riqueza existente en nombre una mejor distribución e ignorando (o sin que les importe) que sus acciones condenan a la población a un nivel de pobreza persistentemente alto.

 

  1. El misterioso caso de los comunistas incapaces de aprender

Autor: Carlos Alberto Montaner

 

 

Jorge Giordani es un viejo comunista que hasta hace pocas fechas fue el ministro de Planificación y Finanzas del chavismo, primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro. Tiene fama de haber sido un funcionario honrado en un Gobierno en el que abundan los rateros.

 

Nadie, sin embargo, ha acusado a Giordani de ser competente. Sería una peligrosa temeridad. No se metía la plata de los demás en el bolsillo. Lo que hacía era destruirla en esa trituradora implacable de riqueza que es la ideología marxista. Es uno de los responsables del hundimiento económico del país. Cuando llegó al poder había seis millones y medio de pobres. Cuando lo dejó, hace unos días, la cifra había aumentado a más de nueve.

 

Giordani se despidió del cargo con una larga carta en la que culpa a los demás del desastre económico venezolano. Sus culpables son el irresponsable gasto público, la corrupción, PDVSA y el pobre Nicolás Maduro, quien supuestamente ha traicionado al socialismo y al legado inmarcesible de Hugo Chávez. (Inmarcesible, Nicolás, quiere decir que no se marchita. Y marchita no es una marcha pequeña de estudiantes indignados, sino un verbo que procede del latín).

 

El ingeniero Giordani no es capaz de advertir que el error intelectual está en el presupuesto ideológico. Cuando se debilitan los derechos de propiedad y las decisiones económicas las toman los funcionarios; cuando se potencia la aparición del Estado-empresario y se estatiza el aparato productivo; cuando se eliminan las principales libertades porque la crítica se convierte en traición a la patria, inevitablemente surge la escasez, se deteriora progresivamente el entorno físico por falta de mantenimiento y comienza un acelerado proceso de empobrecimiento colectivo que no tiene fin ni alivio. Mañana siempre será peor que hoy.

 

Mientras los venezolanos leían la carta de Giordani, los cubanos, asombrados, repasaban otra misiva escrita por el comunista, escritor y exembajador Rolando López del Amo, jubilado en La Habana tras haber ocupado diversos cargos de primer rango en la diplomacia castrista. El texto puede localizarse en internet, donde circula profusamente.

 

El señor López del Amo tiene una explicación parcialmente diferente a la de Giordani. Supone que el responsable del desastre cubano es el burocratismo, ese enmarañado ejército de funcionarios indolentes que no deja que el país avance. Como es una persona seria, no culpa al embargo estadounidense, ni a la sequía ni a los ciclones, porque el país no padece hace tiempo estos fenómenos naturales. Cree que el mal está en otra parte: es la malvada gente que entorpece la marcha gloriosa del socialismo.

 

Termina su carta con un conmovedor llamado a sus camaradas:

 

Estamos en el año 56 de nuestra experiencia revolucionaria y no podemos continuar cometiendo los mismos errores ni ofreciendo las mismas justificaciones. Se impone un cambio de mentalidad, de actitud, de estructuras y de personas para lograr el sueño colectivo de un socialismo próspero y sostenible.

 

¡Madre mía! Estamos ante un comunista inasequible al desaliento. ¡Qué gente más dura de mollera! Cincuenta y seis años de fracasos continuados y barbarie, de “oprobio y bobería”, como Borges decía del peronismo, no le han bastado para entender que el sistema no sirve para nada en ninguna latitud. Ni con los laboriosos alemanes o norcoreanos ni con los muy serios checos y húngaros, y mucho menos con los caribeños de Cuba o Venezuela.

 

Es posible, sin embargo, que Raúl Castro, finalmente, haya comprendido esta dolorosa verdad. Lo triste es que la educación del hermano de Fidel ha durado más de medio siglo y costado miles de vidas y la ruina completa de una nación. (Fidel, en cambio, es indiferente a la realidad y morirá defendiendo las mismas tonterías de siempre). En todo caso, mientras el embajador López del Amo escribía su carta, el zar de la economía cubana, un ex coronel llamado Marino Murillo, anunciaba que todos los restaurantes del país serían privatizados.

 

Es el principio del fin del loco proyecto marxista del colectivismo, pero no de la dictadura. Ahora, poco a poco, sin prisa, pero sin tregua, como le gusta repetir a Raúl Castro, quieren desmantelar el socialismo y gobernar con mano férrea un país pseudocapitalista. Ya no son marxistas. Son, simplemente, una banda autoritaria de gente decidida a mandar a palos. Puros matones.

 

 

  1. El mundo ha experimentado un espectacular avance

Autor: Diego Sánchez de la Cruz

 

 

Hablar de Guy Sorman es hablar de uno de los liberales franceses más importantes de las últimas décadas. De carácter amable y mente abierta, el filósofo galo es uno de los co-fundadores de Acción Contra el Hambre y aparece de forma recurrente en las páginas de opinión de diarios como The Wall Street Journal o Le Figaro.

 

Sorman ha visitado España para participar en el Campus FAES 2014. En la sierra madrileña, el autor de Los Verdaderos Pensadores De Nuestro Tiempo ha concedido a Libre Mercado la entrevista exclusiva que pueden leer a continuación.

 

Pregunta – Aunque ya tiene Vd. a sus espaldas numerosos libros y ensayos, uno de los más influyentes sigue siendo “La Economía no Miente”. ¿Cuáles son las tesis centrales de este ensayo?

 

Respuesta – La principal tesis de este libro es que el debate sobre los principales ingredientes del desarrollo socioeconómico está ya zanjado: sabemos a ciencia cierta cuáles son los pasos que debe dar un país para alcanzar un mayor nivel de riqueza, porque hemos sido testigos de muchos experimentos y podemos extraer conclusiones.

 

En línea con todo esto, podemos decir que el elemento principal del progreso es el mantenimiento de un marco institucional estable, capaz de proteger los derechos de propiedad y de ofrecer certidumbre en el ámbito regulatorio y fiscal. Si a esto se le une un clima de respeto hacia el emprendimiento y el trabajo, entonces llegamos al progreso, que es la consecuencia natural de la libertad.

 

Cuando le escuchamos hablar de la evolución del mundo en las últimas décadas, su visión optimista choca con la de muchos pensadores.

 

– En los últimos treinta años, el mundo ha experimentado un espectacular avance hacia la desaparición de la pobreza. Esto es algo que demuestran todos los estudios e informes sobre la cuestión. Por eso prefiero ponerme del lado de aquellos economistas que sí opinan que el mundo ha ido a mejor.

 

No tengo nada en contra de aquellas personas que no estén de acuerdo conmigo. El debate plural es un punto central en toda sociedad abierta. Eso sí: creo que es importante entablar discusiones basadas en la realidad. Por eso conviene subrayar los datos que sí tenemos disponibles, porque así podemos ver que cae la mortalidad infantil, que aumenta el bienestar y que las soluciones de mercado sí funcionan, al contrario de lo que ocurrió cuando se intentó el desarrollo por la vía socialista.

 

Hay quienes anticiparon que esta crisis supondría el fin del capitalismo e iniciaría el declive de EEUU como superpotencia mundial. Vd. insistía en 2008 en que esta interpretación era equivocada. ¿Qué piensa ahora?

 

– Es importante recordar el ambiente intelectual que vivimos al comienzo de esta recesión. Por aquel entonces se decían cosas de este tipo: “Esta es la crisis definitiva del capitalismo”, “Marx tenía razón”, etc. En realidad, el mismo sistema capitalista se nutre y se enriquece de las crisis, son inseparables del mismo porque los procesos de innovación y de competencia requieren momentos de ajuste.

 

Entre quienes sí aceptan la economía capitalista encontramos dos visiones encontradas respecto al modo en que se deben capear estas situaciones. Los liberales clásicos abogan por dejar que el mercado se vaya reconvirtiendo y los keynesianos interpretan que el Estado tiene que intervenir. A menudo, esto se traduce en que los gobiernos hacen un poco de lo primero y un poco de lo segundo…

 

Ciertamente, EEUU está en un escenario como el que Vd. describe. ¿Cómo valora la salud económica del país norteamericano?

 

– La tasa de paro se está reduciendo, acercándose ya al 6%. Hay que considerar que, en una economía de semejante tamaño, estos niveles de empleo son muy elevados. Por otro lado, la tasa de crecimiento se está recuperando, coqueteando con niveles de expansión que, traducidos a economías emergentes, supondrían aumentos del PIB del 10%.

 

Hay más aspectos que debemos considerar. Por ejemplo: el número de patentes registradas en EEUU sigue a la cabeza de los rankings internacionales, lo que refuerza los procesos de innovación y destrucción creadora que necesita toda economía para seguir avanzando.

 

En el contexto europeo, lo más parecido a una superpotencia económica como EEUU es Alemania, país al que Vd. pone como ejemplo cuando analiza los pasos a seguir para sacudirnos definitivamente la crisis y recuperar el bienestar perdido.

 

– La experiencia histórica de Alemania ha sido dura. Ha sufrido el comunismo y el nacional-socialismo. Ha atravesado duros procesos de hiperinflación. Por eso que ahora hay un camino claro: el de la economía de mercado. Este modelo se construye alrededor de un consenso que abarca a conservadores, socialdemócratas, liberales… pero también a sindicatos y organizaciones empresariales. Ciertamente es una suerte que exista ese consenso en torno al liberalismo.

 

Por otro lado, la descentralización ha ayudado a Alemania, permitiendo que sus diferentes regiones se vayan adaptando a las necesidades de la economía del siglo XXI, cada una mediante diferentes estructuras. En cualquier caso, hay que subrayar que el éxito de EEUU o Alemania no es ninguna rareza pues, como comentábamos antes, los países que se acercan al paradigma liberal son aquellos que consiguen un alto grado de desarrollo y progreso.

 

No se puede decir que su país esté avanzando en esa misma dirección. Cada vez hay más personas que ven a Francia como un ejemplo de retroceso.

 

– Tenemos problemas estructurales que nos están perjudicando notablemente. Por ejemplo, en Francia siempre hemos complicado sobremanera el trabajo de los empresarios. Fundar una compañía es muy difícil, por eso no sorprende que muchas de las grandes firmas de nuestro país sean proyectos creados hace mucho tiempo.

 

Incluso cuando las empresas ya están en marcha, los sindicatos complican mucho el desarrollo competitivo de las sociedades. No solamente eso: también hay que enfrentarse a una notable incertidumbre regulatoria y fiscal, que genera un clima de desconfianza y evita el desarrollo de una economía más sana.

 

En los últimos tres años, el gobierno galo ha anunciado todo tipo de planes fiscales y normativos que luego han sido desmentidos, enmendados, rectificados… El resultado es un escenario en el que la incertidumbre es máxima. Por suerte, la pertenencia a la Unión Europea ayuda a que el sector privado mantenga el pulso competitivo hasta cierto punto, pues tenemos estabilidad monetaria y además debemos adaptarnos a un mercado único continental.

 

La tradición anti-capitalista francesa tiene hoy una nueva estrella: el economista Thomas Piketty. ¿Qué opinión tiene de sus trabajos sobre la desigualdad?

 

– La verdad es que he leído su libro El Capital en el siglo XXI y, en mi opinión, este libro no es un libro sobre economía, sino un libro político. Hay fragmentos de su análisis que cubren aspectos históricos y resultan muy interesantes; sin embargo, el argumento central se enmarca en el marxismo de siempre, planteando al capitalismo como un sistema condenado a la auto-destrucción.

 

Piketty habla de un capitalismo en el que los grandes empresarios dejarán de invertir y obtendrán su riqueza de las rentas generadas por el capital de forma casi automática. Esto alimentaría una desigualdad extrema que acabaría, en última instancia, con la economía de mercado. El problema con esta tesis es que la Historia no avala, en absoluto, este tipo de visión de la economía. De hecho, el capitalismo ha alimentado un gran avance de las clases medias, lo que contradice la interpretación pesimista que hace Piketty.

 

En última instancia, hay que recordar que el socialismo ha perdido todos sus referentes ideológicos y esto ha desatado una histeria por encontrar nuevas caras y nuevos argumentos. Con Piketty se cumplen estos objetivos, de ahí la popularidad que está alcanzando.

 

Por último, y aprovechando su visita a España, quiero preguntarle por la evolución económica de nuestro país.

 

Me sorprende que se estén tomando decisiones muy difíciles por parte del Gobierno, a pesar de las presiones. Era importante flexibilizar el mercado laboral y se ha hecho. Por otro lado, también me llama la atención la resistencia de las familias españolas, cuyas redes de apoyo han servido para mitigar los negativos efectos de la crisis.

 

Poco a poco, los indicadores económicos muestran una recuperación. Más exportaciones, más inversión, más empleo… pero entiendo que muchas personas aún no perciben esos beneficios, por lo que el futuro político del país quedará legitimado porque la recuperación siga llegando a más gente.

 

 

 

El GGC puede ser encontrado en YahooGroups y en FaceBook

 

 

Quote of the Day

Y cuando un hombre está muy triste, no porque tenga dolor de muelas o haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se da cuenta de cómo es todo, cómo es la vida entera y está justamente triste, entonces se parece  siempre un poco a un animal; entonces tiene un aspecto de tristeza, pero es más justo y más hermoso que nunca.

— Hermann Hesse (“El Lobo Estepario”)

Magazin Mayo 15 / 2014

Correo del Orinoco

 

Edición de Mayo 15 /2014
 El Grupo Gran-Colombia (GGC) es una organización sin fines de lucro, absolutamente independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental, cuyo desafío fundamental es encontrar y usar los medios necesarios para lograr una progresiva evolución hacia una sociedad libre, formada por ciudadanos ilustrados y responsables, que acierten a protegerse, mediante un esfuerzo común, contra el miedo, la necesidad y la opresión, sea interna o externa.

 

 En esta edición:

1)    Hambre y empresas – Carlos Rodríguez Braun

2)    Los dos errores de Juan Manuel Santos – Carlos Alberto Montaner

3)    El mito de la mala distribución del ingreso en los países “capitalistas” – Nicolás Cachanosky

4)    La pobreza extrema se ha reducido – Fundación Heritage

5)    La derecha colombiana propina una patada a su Rajoy – Pedro Fernández Barbadillo

6)    Suecia y el capitalismo del bienestar – Mauricio Rojas

7)    ¿Para qué imitar a Venezuela cuando se puede emular a Suiza? – Carlos Alberto Montaner

 

 

 

  1.  Hambre y empresas

Autor: Carlos Rodríguez Braun

 

Definida como “activista por la soberanía alimentaria”, dijo doña Esther Vivas al Diario de Teruel:

 

Vivimos en un mundo que genera hambre en un planeta de la abundancia (…) hay comida para alimentar a 12.000 millones de personas –casi el doble de la población mundial–, mientras que uno de cada siete seres humanos en el mundo pasa hambre (…) Es la cara más cruenta, el ejemplo más claro de que este sistema no funciona.

 

Antes de entrar en por qué la señora Vivas cree que el “sistema no funciona”, conviene subrayar algunas evidencias. La primera es que nunca ha habido en toda la historia de la humanidad menos hambre que ahora. La segunda es que el hambre, en efecto, no es en la época moderna un problema de recursos sino de libertad. Si los comunistas mataron a millones de personas de inanición en Rusia, China o Corea del Norte no fue porque faltara comida, sino porque faltó libertad y porque las dictaduras socialistas arrasaron con las instituciones de la libertad: la propiedad privada y los contratos voluntarios. La consecuencia fueron unas terribles hambrunas. No es, por tanto, la escasez de recursos lo que lleva a que el socialismo empobrezca al pueblo. Si no hay medicinas en La Habana ni harina en Caracas no es porque no existan esos bienes sino porque el antiliberalismo de las autoridades impide que sean producidos y lleguen a los consumidores. Habría que coincidir, pues, con doña Esther: claramente, es un “sistema” que no funciona. Sin embargo…

 

Nuestro gozo en un pozo. Resulta que la señora Vivas le echa la culpa del hambre a… las empresas. Veamos su razonamiento:

 

Llegamos a esta situación porque actualmente son unas pocas empresas las que acaban monopolizando la producción, la distribución y el consumo de alimentos (…) anteponen sus intereses de ganar dinero con la comida en lugar de priorizar el acceso de las personas a la misma.

 

Y tras demonizar al comercio y a los transgénicos concluye que Nestlé, Monsanto, Kraft, Mercadona, El Corte Inglés o Alcampo

 

son las que deciden qué comemos y las que monopolizan el sistema (…) para conseguir productos a un precio competitivo.

 

No cabe encontrar en estas palabras algo que sea verdad. Ante todo, la industria alimentaria no está monopolizada en el sentido de que alguien maneje arbitrariamente los precios, encareciéndolos artificialmente con respecto a los que existirían en un mercado libre. Hay grandes empresas, igual que las hay en la industria textil, pero no quiere decir que Inditex pueda hacer con los precios y las calidades de los productos que vende lo que desee.

 

El segundo error es el antiguo desvarío de que las empresas son malas porque quieren ganar dinero en lugar de regalar sus productos. Pero el beneficio empresarial no es solamente un ingreso legítimo, sino que es imprescindible para que los ciudadanos puedan tener acceso a los bienes. Una larga experiencia demuestra que los inconvenientes de que existan capitalistas empalidecen frente al drama que padecen los pueblos cuando los empresarios no existen. Es el drama que sufren cuando el poder político (porque sólo él puede hacerlo) impide el comercio o pone trabas al progreso técnico, como el que representan los productos transgénicos.

 

Son precisamente los amigos de la coacción del poder político y legislativo los que, para avalar sus incursiones punitivas contra la libertad de la gente, deben sugerir que dicha coacción es necesaria porque la gente es imbécil. Detrás de todo estatista hay un paternalista, alguien que cree que las personas no pueden ser dejadas en libertad, porque no sabrán o no podrán decidir. Es el caso de doña Esther Vivas, que seriamente sostiene que cuando vamos a El Corte Inglés o a Mercadona no somos nosotros los que elegimos qué cosa vamos a comprar, sino que Isidoro Álvarez y Juan Roig, pérfidos y agazapados, nos obligan a comprar lo que ellos quieren.

 

Por fin, anotemos que la señora Vivas no sólo se halla en flagrante contradicción con la realidad, también con ella misma. Empieza diciendo que las malvadas empresas son “monopolistas”, pero termina asegurando que hacen justo lo contrario de lo que hace cualquier monopolista, a saber, “conseguir productos a un precio competitivo”.

 

  1. Los dos errores de Juan Manuel Santos

Autor: Carlos Alberto Montaner

 

El día 15 los colombianos volverán a las urnas para escoger al presidente en segunda vuelta. Estos comicios trascienden las fronteras de Colombia e interesan en toda América Latina.

 

En la vecina Venezuela, por ejemplo, Nicolás Maduro cruza los dedos para que Juan Manuel Santos, aunque no tenga nada de comunista, permanezca en el poder. Al fin y al cabo, fue él, Santos, quien declaró que Chávez, pese a las diferencias, era su “nuevo mejor amigo”, mientras Zuluaga y su mentor Álvaro Uribe no dejan de calificar al chavismo y al socialismo del siglo XXI como un peligroso enemigo de las libertades.

 

Según la encuesta de Cifras y Conceptos, divulgada por Radio Caracol, el presidente Juan Manuel Santos y el opositor Oscar Iván Zuluaga están empatados. Un dato asombroso que demuestra el desgaste de Santos, quien llegara al poder en el 2010 con el 70% de los votos y se convirtiera en el mandatario con mayor respaldo electoral de la historia del país.

 

¿Quién triunfará, en definitiva, en estas elecciones? La primera vuelta la ganó, como se sabe, el economista Óscar Iván Zuluaga, con casi el 30% de los votos y cuatrocientos cincuenta mil sufragios de ventaja. Las encuestas le daban cinco o seis puntos menos. En segundo lugar quedó el actual presidente Juan Manuel Santos, con apenas un 25%. Los sondeos pronosticaban que se acercaría al 30. Curiosamente, se invirtieron los resultados previstos.

 

¿Qué sucedió? A mi juicio, Santos cometió dos errores fatales que están a punto de costarle la presidencia, a menos que logre dar un enérgico vuelco a la campaña.

 

Primer error: enfrentarse a Álvaro Uribe. Santos sabe, y lo reconoció mil veces públicamente, que debía su triunfo electoral al expresidente Uribe y a su inmensa popularidad. Entonces y hoy Uribe es el único líder político capaz de movilizar a una zona notable de la sociedad colombiana.

 

Aunque Zuluaga es el adversario oficial de Santos, para los electores, inconscientemente, la competencia es entre Santos y Uribe. En el 2010 los colombianos votaron masivamente por Santos frente a Antanas Mockus convencidos de que continuaría la obra de gobierno de su predecesor.

 

En realidad, votaban por Uribe contra Mockus, por medio de Santos, puesto que D. Álvaro no podía presentarse a un tercer mandato. Ahora probablemente votarán por Zuluaga contra Santos por considerar que aquél es el representante del uribismo.

 

Segundo error: apostar todo su capital político a los diálogos de paz con las FARC. En el 2014 se cumplió medio siglo de la creación de las FARC. Los colombianos, con razón, suelen decir que la violencia es un modo de vida al que estas narcoguerrillas comunistas se han acostumbrado. Difícilmente podrán abandonarlo para reinsertase en la apacible vida de los colombianos respetuosos de la ley. Uno no se imagina al finado Mono Jojoy vendiendo seguros o administrando una cafetería.

 

Lo que suele ignorarse es la otra cara del mismo fenómeno: para el conjunto de la sociedad colombiana, ese cruel enfrentamiento es un problema crónico, con el que también se han acostumbrado a convivir, pero sin abandonar la idea de derrotar a unos enemigos despiadados que les han hecho cosas espantosas. Las FARC sólo tienen el apoyo del 3% de la población.

 

De ahí surge la enorme popularidad de Uribe. No es por su carisma, rasgo de la personalidad que nadie consigue definir. Viene de que arrinconó a las narcoguerrillas, se enfrentó a Hugo Chávez en el plano internacional, retomó el control de las carreteras, el ejército liquidó a algunos de los cabecillas más notorios y el número de insurgentes pasó de veinte mil a menos de siete mil, con lo que devolvió a la ciudadanía la fe en la victoria militar contra un enemigo al que no quieren perdonar sino derrotar, o, al menos, pactar con él cuando declare unilateralmente el cese el fuego, entregue las armas y se someta a los tribunales.

 

En tiempos de Uribe, por primera vez en muchos años, los colombianos se sintieron orgullosos de un Estado que parecía capaz de lograr la victoria. Santos, que nunca fue más popular que cuando actuaba como ministro de Defensa de Uribe y acabó con la vida del cabecilla Raúl Reyes, ha querido pasar a la historia como el presidente que logró la paz a cualquier costo.

 

No es exactamente eso lo que desea la mayoría de sus compatriotas. Quieren la paz, pero no a cualquier precio.

 

  1. El mito de la mala distribución del ingreso en los países “capitalistas”

 

Autor: Nicolás Cachanosky

Casi de manera unánime se señala que la “mala” distribución del ingreso es un serio problema social. El socialismo moderno, por ejemplo el Socialismo del Siglo XXI, está llamado a corregir este vicio del sistema de mercado capitalista. El capitalismo, sostiene la crítica socialista, puede ser eficiente pero es inmoral, dado que no resulta en una equitativa distribución del ingreso para todos. Los empresarios (a veces de manera inconsciente) explotan a sus trabajadores debido a la “lógica productiva del capitalismo.” El empresario puede ser una buena persona, es la lógica del sistema lo que lo lleva a explotar a sus trabajadores incluso sin ser consciente de lo que hace a nivel social.

 

Esta tesis sufre de dos serios problemas. Por un lado deficiencias teóricas. Por ejemplo, no es lo mismo quien acumula fortuna siendo un empresario exitoso que provee bienes y servicios que mejoran la vida de los consumidores que quienes acumulan fortunas haciendo uso de la fuerza del estado para obtener un mercado cautivo. ¿Podemos criticar la “moralidad” de la fortuna de Fidel Castro o Nicolás Maduro de la misma manera que la fortuna de Jeff Bezos (Amazon) o de los creadores de Google o Facebook? Por otro lado, el socialismo tampoco parece ser aun capaz de distinguir entre libre mercado por un lado y capitalismo de amigos por el otro. Es un serio desliz, sino un acto de deshonestidad intelectual, no distinguir entre “capitalismo de libre mercado” y “capitalismo de amigos (crony capitalism o capitalismo corrupto).” ¿Desde cuándo el liberalismo ha defendido la corrupción y los beneficios del estado a los empresarios ineficientes y amigos del poder?

 

Pero más allá de estas inconsistencias conceptuales, la tesis de que el capitalismo genera más desigualdad no resiste los datos empíricos. Si es cierto que los países más capitalistas, es decir, más libres, generan mayor desigualdad de ingresos, entonces deberíamos ver que a mayor libertad económica más desigualdad y a menor libertad económica menor desigualdad. Esta confusión se basa en una ilusión o efecto estadístico. Al ver si realmente los países más libres son más desiguales en su ingreso que los menos libres hay que observar todos los países, y no sólo seleccionar uno o dos pares de países. De lo contrario, podemos caer inconscientemente presa de sesgar la selección a favor de los resultados que esperamos. Tanto el crítico como el defensor del libre mercado pueden elegir dos países para defender sus respectivas posiciones. Al observar toda la muestra, en cambio, este problema desaparece.

 

No hay una diferencia clara entre los países más libres y los menos libres. No importa si usted nace en un país libre (capitalista) o en un país sin mercado libre (socialista o no capitalista), si se encuentra en el 10% de la población más pobre su grupo recibirá alrededor del 2.5% del ingreso total. El panorama cambia, sin embargo, si vemos cuál es el ingreso efectivo que ese 2.5% representa. Esa es la información del siguiente gráfico, que muestra el ingreso per cápita del sector 10% más pobre en dólares internacionales (dólares comparables entre países).

 

Dada esta información. Si usted sabe que va a pertenecer al sector con 10% de menores ingresos, ¿preferiría vivir en un país libre y ganar USD 10,500 anuales o en un país sin mercado libre y ganar menos de la décima parte, unos USD 930 anuales? Cómo se puede apreciar, la crítica socialista al libre mercado sobre la mala distribución del ingreso no sólo no es cierta, sino que los países con mercados libres poseen mayores ingresos reales y, por lo tanto, menos pobreza. Estos gráficos también nos muestran que distribución del ingreso no es lo mismo que pobreza. Un país pobre puede tener una perfecta distribución del ingreso y todos sus habitantes vivir por debajo de la línea de pobreza (¿Cuba? ¿Corea del Norte? —después de ignorar la fortuna de dudoso origen de sus gobernantes)

 

Veamos dos datos más. Los países más libres crecen más rápido que los menos libres. Y dado que la libertad económica no afecta la distribución del ingreso, ¿no son entonces los países de mercados libres los que más contribuyen a disminuir la pobreza en lugar de los países menos libres? Con respecto a la disminución de la pobreza entre 1970 y el 2000, son los países que crecen, los países libres, lo que contribuyen a la disminución de la pobreza. China y países de Asia adoptando principios de mercado.

 

El socialismo, sin embargo, no cesa con sus críticas. No es raro escuchar sectores de izquierda recomendar “socialismos” como el de Suecia o Noruega, por dar dos ejemplos. ¿Qué tan socialistas son estos países? Pues no mucho cuando los comparamos a nivel mundial. Según el último índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation, estos países se posicionan 20 y 32 respectivamente sobre un total de 178 perteneciendo al grupo de países mayormente libres. Es decir, el socialismo critica al capitalismo y propone, como alternativa, un socialismo muy capitalista. Por más “socialistas” que se quiera presentar a estos países, siguen perteneciendo al mundo occidental, que es el marco institucional al que se refiere el liberalismo clásico (a lo que se refiere con la palabra capitalismo, término de origen marxista).

 

  1. La pobreza extrema se ha reducido

Autor: Fundación Heritage

 

En una nueva encuesta de investigación, Barna Group ha encontrado que el 84% de los estadounidenses no se ha percatado de que la pobreza mundial se ha reducido drásticamente en las últimas décadas.

 

Este muestreo revela que la mayoría de los estadounidenses (67%) cree falsamente que la pobreza mundial ha aumentado. Al contrario que los encuestados de más de 40 años, los miembros de la Generación Y son los más optimistas sobre el fin de la pobreza extrema y los más entusiastas a la hora de actuar.

 

El auge de la libertad económica y el descenso de la pobreza extrema en todo el mundo han sido examinados en profundidad durante más de 20 años por la Fundación Heritage y el Wall Street Journal en el Índice de Libertad Económica. En su última edición hay un texto, titulado “El antídoto contra la pobreza: la libertad económica, no la dependencia del Estado”, en el que se lee:

 

La libertad económica ha hecho más por los pobres de todo el mundo que cualquier programa o cheque de asistencia social financiado por el contribuyente.

 

Este sistema, basado en la libertad individual, la propiedad privada, el Estado limitado y las regulaciones igualmente limitadas ha mejorado la vida de millones de personas en todo el mundo.

 

Estos descubrimientos del Índice han quedado respaldados por los datos económicos de fuentes reconocidas internacionalmente, incluido el Banco Mundial.

 

A pesar del retroceso efectivo de la pobreza entre millones de personas, las actitudes de muchos estadounidenses siguen siendo escépticos. La encuesta nacional Barna Group muestra que dos tercios de los adultos de Estados Unidos (68%) no creen que sea posible acabar con la pobreza global en los próximos 25 años.

 

¿Hay lugar para la esperanza? Parece que son los estadounidenses más jóvenes –especialmente los que se muestran activos en sus comunidades religiosas locales– los más optimistas respecto a una gran reducción de la pobreza extrema, y además están impacientes por actuar. Esto dice Barna Group:

 

Los cristianos practicantes de menos de 40 años son los más optimistas al respecto, cerca de la mitad (48%) cree que es posible acabar con ella en los próximos 25 años…

Además, más de cuatro de cada diez cristianos practicantes de menos de 40 años (44%) están firmemente de acuerdo con que los cristianos tienen una responsabilidad especial a la hora de ayudar a solucionar la pobreza mundial.

 

  1. La derecha colombiana propina una patada a su Rajoy

Autor: Pedro Fernández Barbadillo

 

Juan Manuel Santos heredó la presidencia de la república de Colombia (el segundo país del mundo con más hispanohablantes) de Álvaro Uribe. En 2010 fue elegido presidente porque Uribe no podía presentarse a un tercer mandato y se comprometió a proseguir la política antiterrorista de su predecesor.

 

Sin embargo, en este cuatrienio Santos ha hecho lo contrario de lo que prometió a Uribe y al pueblo colombiano: en La Habana, bajo supervisión de los hermanos Castro, ha abierto negociaciones con los narcoterroristas de las FARC, a cuyos jefes está dispuesto a conceder inmunidad por sus crímenes; se ha reconciliado con el régimen socialista venezolano, que sigue asilando a las FARC, y se ha enfrentado a quien le dio la presidencia, echándole en cara que no desee la paz.

 

Su trayectoria política es idéntica a la de Mariano Rajoy en España. Incluso ambos han mantenido relaciones cuando Santos ya era presidente y Rajoy esperaba a que la jefatura del Gobierno le cayese como fruta madura. En 2010 se reunieron en el palacio presidencial de Bogotá.

 

Sin embargo, ni la derecha colombiana ni Uribe se han quedado impasibles ante la traición de Santos. Uribe ha fundado un nuevo partido, Centro Democrático, con el que se presentó a las elecciones parlamentarias de este año, en las que ha ganado un acta de senador. El mismo partido ha presentado un candidato a las elecciones presidenciales, Óscar Iván Zuluaga, exministro de Uribe.

 

Después de una campaña sucia, en la que ha habido montajes periodísticos contra el candidato uribista, en la primera vuelta electoral, celebrada este domingo, Zuluaga ha quedado primero, con casi 3.8 millones de votos (29%). Santos es segundo, separado por 500,000 votos.

 

¿Qué puede pasar de aquí a la segunda vuelta electoral? Lo más probable es que la izquierda desplace sus votos a Santos. La cuarta candidata, Clara López Obregón, que ha obtenido 1.9 millones, ya fue aspirante a la vicepresidencia con el exterrorista del M-19 Gustavo Petro en las elecciones de 2010. Y a la izquierda le interesa tener un presidente decidido a ganarse el Nobel de la Paz rindiéndose a las FARC.

 

No sólo la izquierda colombiana desea la permanencia de Santos por otro cuatrienio: también la izquierda venezolana.

 

Por ello, no sería de sorprender un gesto de los narcoterroristas de las FARC, como un desarme de pega similar al realizado por ETA. Pese a que las FARC siguen cometiendo asesinatos horribles: en el último de ellos han recurrido al uso de niños-bomba contra uniformados. No ha sido condenado por las ONG que suelen disculpar a los terroristas y acusar a los militares.

 

De esta manera, la soberbia y el egoísmo de Santos conseguirían dar a la izquierda una influencia que nunca ha tenido en Colombia por vías democráticas.

 

Zuluaga puede contar con los casi dos millones de votos de la candidata del Partido Conservador, Marta Lucía Ramírez, que fue ministra de Defensa a las órdenes de Uribe, pero bien pueden no ser suficientes. Queda un quinto candidato, Enrique Peñalosa, ecologista profesional y, como bien sabemos en Europa, aliado objetivo siempre de la izquierda, que reunió un millón de papeletas.

 

La única manera que tiene Zuluaga de ganar es la movilización del electorado que se abstuvo el domingo 25. En las semanas anteriores a la primera vuelta el Centro Democrático consiguió reventar los pronósticos, hasta el punto de que su candidato ha quedado por delante de un presidente en ejercicio que dispone de los mecanismos del Estado. Para Zuluaga y Uribe, la victoria es posible.

 

  1. Suecia y el capitalismo del bienestar

Autor: Mauricio Rojas

Suecia viene de vuelta del Gran Estado. Hace una veintena de años su famoso sistema de bienestar se desplomó. Una impresionante crisis a comienzos de los 90 fue el precio que pagó por la soberbia de un Estado que se creyó todopoderoso. Así, hubo de reinventar el Estado del Bienestar para salvarlo de sus propios excesos y monopolios. Hoy, después de dos décadas de profundas reformas, Suecia ha vuelto a ser un referente internacional, del cual países como Colombia tendrían mucho que aprender. Tanto es así que hace no mucho The Economist dijo que Suecia y otros países nórdicos eran “el supermodelo del futuro”.

 

El Estado del Bienestar puede ser construido de diversas maneras. La forma tradicional ha sido la de un Estado benefactor o Estado patrón que a través de monopolios de gestión pública ofrece a los ciudadanos ciertas soluciones predeterminadas a sus necesidades básicas. En este caso, el Estado es el sujeto activo y los ciudadanos, los objetos pasivos de sus intervenciones. Ese fue el camino seguido por Suecia hasta la crisis de los 90. De allí en adelante ha probado un camino totalmente diferente, reduciendo el tamaño del Estado, rompiendo sus monopolios de gestión y, sobre todo, cambiando la relación entre el Estado y los ciudadanos.

 

Este nuevo Estado del Bienestar puede ser llamado Estado Solidario, dado que su objetivo es empoderar a los individuos y no ponerse por encima de ellos. Para lograrlo se le ha dado directamente al ciudadano el poder de usar el financiamiento público que le garantiza el acceso a una serie de servicios básicos. Con ese fin se han diseñado distintos sistemas de subsidio a la demanda, como los bonos o vouchers del bienestar. Junto a ello, se han abierto los servicios públicos a la competencia y a una amplia colaboración público-privada que no excluye a los actores con fines de lucro.

 

En la actualidad, este sistema rige para casi todos los servicios de responsabilidad pública: educación, salud, cuidado de niños, atención a la vejez, apoyo a los discapacitados, etc. Ello ha llevado al desarrollo de un amplio sector privado, mayoritariamente con fines de lucro, que colabora con el Estado a fin de brindar esos servicios a los ciudadanos. Así, para dar sólo algunos ejemplos, casi la mitad de los centros de salud públicos del país son gestionados privadamente, igual que la mayoría de las casas de reposo de la capital, Estocolmo, y más de la mitad de los jóvenes de esta ciudad asiste a escuelas secundarias públicas con sostenedores privados. Hoy existen unas 15,000 empresas que dan empleo a más de 200,000 personas en lo que es una extensa red de colaboración público-privada. Estas empresas forman la base de un pujante capitalismo del bienestar, que es un componente esencial del nuevo Estado del Bienestar sueco (y de otros países nórdicos).

 

Ahora bien, la premisa fundamental de todos estos cambios ha sido la accesibilidad universal e igualitaria a los servicios públicamente financiados, con independencia de quién los gestione. Por ello, en caso de existir copago, los ciudadanos pagan lo mismo por los servicios recibidos, sean estos producidos por el sector privado o por el público. Al respecto, no se permite ningún cobro extra ni tampoco excluir a ningún tipo de usuario; el Estado cubre los costos no cubiertos por el copago de acuerdo a normas iguales para todos los proveedores. En el caso de la escuela, la gratuidad es absoluta, no existe copago de ningún tipo. Todo el costo de la educación debe ser cubierto por el voucher o bono escolar, que es igual para sostenedores públicos y privados. De esta manera, todas las escuelas se han abierto a todos los jóvenes, lo que ha evitado el incremento de la segregación socioeconómica.

 

Un tema muy discutido ha sido el del lucro, que en Suecia se acepta sin restricciones. Al respecto, es de interés preguntarse sobre el origen del lucro, ya que, como se ha visto, las empresas no pueden realizar ningún cobro que supere el copago que reciben los gestores públicos o, en el caso de la escuela, sólo deben financiarse con el bono recibido. Pues bien, el margen de ganancia está simplemente dado por la ineficiencia comparativa del sector público. Todo el lucro proviene de la capacidad de producir servicios más atractivos a costos inferiores que los ofrecidos por el sector de gestión pública, que es el que, a través de sus costos, determina el nivel de los bonos o vouchers del bienestar.

 

Por ello, eliminar el lucro y al empresariado del sector del bienestar no le reportaría ahorro alguno al fisco ni a los contribuyentes. Lo único que se lograría sería cerrar las puertas a miles de emprendedores que han sido de gran provecho para quienes han elegido sus servicios y también para el sector público, que, bajo la presión de la competencia, ha debido hacerse más atractivo para ciudadanos, que ya no son sus súbditos o clientes cautivos, sino consumidores libres o, dicho de otra manera, ciudadanos empoderados.

 

Muy interesante es hacer notar que durante estas dos décadas de intensa desmonopolización y privatización sucesiva de la gestión pública no se ha registrado una sola huelga que haya tenido como objetivo detener u obstaculizar el proceso. Esto sorprenderá muchísimo al lector, acostumbrado a ver los desplantes de la casta funcionarial que se ha adueñado de los servicios públicos. Bueno, lo que pasa es que en Suecia esa casta no existe. Los empleados públicos son, salvo contadas excepciones muy justificadas, trabajadores como todos los demás, y por ello no se han lanzado a una lucha por defender un estatus privilegiado que nunca han tenido.

 

Tenemos un gran trabajo por delante para transformar el viejo Estado, secuestrado por su casta funcionarial, de lastre a motor del progreso. De ello dependerá gran parte de nuestro futuro. Es imperioso abandonar la senda del Estado patrón y emprender, como Suecia lo muestra, la construcción de un Estado solidario, que sepa unir la libertad ciudadana y la solidaridad social con la fuerza creativa de la competencia, la diversidad y el capitalismo.

 

  1. ¿Para qué imitar a Venezuela cuando se puede emular a Suiza?

Autor: Carlos Alberto Montaner

 

La presidente chilena, Michelle Bachelet, quiere reducir la desigualdad. Me sospecho que se refiere a la desigualdad de resultados, que es la que mide el coeficiente Gini. Pero es posible que en su afán nivelador acabe desplumando a la gallina de los huevos de oro.

 

Corrado Gini fue un brillante estadístico italiano de principios del siglo XX, fascista en su juventud, quien, fiel a sus orígenes ideológicos, propenso a estabular a las personas en estamentos, dividió a la sociedad en quintiles y midió los niveles de ingresos que percibía cada 20%.

 

En su fórmula matemática, 0 correspondía a una sociedad en la que todos recibían la misma renta, y 100 a aquella en la que una persona acaparaba la totalidad de los ingresos. De su índice se colegía que las sociedades más justas eran las que se acercaban a 0, y las más injustas las que se aproximaban a 100.

 

Como suelen decir los brasileros, Gini tenía razón, pero poca, y la poca que tenía no servía de nada. Chile, de acuerdo con el Banco Mundial, tiene 52.1 de desigualdad (mejor que Brasil, Colombia y Panamá, por cierto), mientras Etiopía, la India y Mali andan por el 33. Es difícil creer que estos tres países son más justos que Chile.

 

Es verdad que los países escandinavos, los mejor organizados y ricos del planeta, se mueven en una franja entre 20 y 30, pero Kenia exhibe un honroso 29 que sólo demuestra que la poca riqueza que produce está menos mal repartida que la que muestra Sudáfrica con 63.1, uno de los peores guarismos del mundo.

 

Es una lástima que, pese a su experiencia como jefe de Gobierno, la señora Bachelet no haya advertido que su país logró ponerse a la cabeza de América Latina, y consiguió reducir la pobreza de un 45 a un 13%, no repartiendo sino creando riqueza.

 

Cuando la señora Bachelet examina a las sociedades escandinavas observa que hay en ellas un alto nivel de riqueza e igualdad junto a una tasa impositiva cercana al 50% del PIB y supone, equivocadamente, que los tres datos se encadenan. Incurre en un non sequitur.

 

Sencillamente, no es cierto. La riqueza escandinava, como la de cualquier sociedad, se debe a la laboriosidad y la creatividad de todos los trabajadores dentro de las empresas, desde el presidente hasta el señor de la limpieza, pasando por los ejecutivos.

 

Supongo que ella entiende que sólo se crea riqueza en actividades que generan beneficio, ahorran, innovan e invierten. Es decir, en las empresas, de cualquier tamaño que sean.

 

¿Y por qué está mejor repartida la riqueza en Escandinavia que en Chile?

 

Los socialistas suelen pensar que es el resultado de la alta tasa impositiva, pero no es verdad. La falacia lógica parte de creer que la consecuencia se deriva de la premisa, cuando no es así. Sucede a la inversa: el alto gasto público es posible (aunque no sea conveniente) porque la sociedad segrega una gran cantidad de excedente.

 

Lo que genera la equidad en las sociedades prósperas y abiertas es la calidad de su aparato productivo. Si una sociedad fabrica maquinarias apreciadas, objetos con alto contenido tecnológico, medicinas valiosas y originales, o suministra servicios sofisticados por medio de su tejido empresarial, será recompensada por el mercado y podrá y tendrá que pagar a los trabajadores un salario sustancial, de acuerdo con sus calificaciones, para poder reclutarlos y competir.

 

Si Bachelet desea reducir la pobreza chilena y construir una sociedad más equitativa, no debe generar una atmósfera de lucha de clases y obstaculizar la labor de las empresas, sino todo lo contrario: debe facilitarla.

 

¿Cómo? Propiciando las inversiones nacionales y extranjeras con un clima económico y legal hospitalario; agilizando y simplificando los trámites burocráticos, incluida la solución de los inevitables conflictos; facilitando la entrada al mercado de los emprendedores; estimulando la investigación; creando infraestructuras (puertos marítimos y aéreos, carreteras, telefonía, electrificación, internet) que aceleren las transacciones; multiplicando el capital humano y cultivando la estabilidad institucional, la transparencia y la honradez administrativa.

 

Es verdad que ese tipo de gobierno no gana titulares de periódicos ni el aplauso de la devastadora izquierda revolucionaria, pero logra multiplicar la riqueza, disminuye la pobreza y aumenta el porcentaje de la renta que recibe la clase trabajadora.

 

Lo dicho: ¿para qué imitar a Venezuela cuando se puede emular a Suiza? Casi nadie sabe quién es el presidente de Suiza, pero hacia ese país se abalanza el dinero cada vez que hay una crisis. Por algo será.

 

 

El GGC puede ser encontrado en YahooGroups y en FaceBook

 

 

 

GGC – Magazin Abril 30 / 2014

Correo del Orinoco

 

Edición de Abril 30 /2014

 El Grupo Gran-Colombia (GGC) es una organización sin fines de lucro, absolutamente independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental, cuyo desafío fundamental es encontrar y usar los medios necesarios para lograr una progresiva evolución hacia una sociedad libre, formada por ciudadanos ilustrados y responsables, que acierten a protegerse, mediante un esfuerzo común, contra el miedo, la necesidad y la opresión, sea interna o externa. 
 En esta edición:

1)     A propósito de García Márquez – Alberto Benegas Lynch

2)      El karma de la baja productividad en América Latina – Manuel Hinds

3)      Arqueología del 1 de mayo – Cristina López G.

4)      Sobre la supuesta superioridad moral del socialismo – Hana Fischer

5)      ¿Votar por Santos? – Jesús Vallejo Mejía

6)      El falaz ataque a las “fallas de mercado” – Cachanosky y Nicole Leclercq

 

 

1) A propósito de García MárquezAutor: Alberto Benegas LynchAcabo de leer el libro publicado hace poco por Plinio Apuleyo Mendoza titulado Gabo. Cartas y recuerdos. Plinio es coautor con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa de la muy valiosa e ilustrativa triada sobre el idiota latinoamericano, pero aquél trabajo sobrepasa en un punto a este trío.Y el punto se hace sentir de modo filoso, contundente y de un modo feroz cuando el autor traza un paralelo entre las esperanzas de latinoamericanos pobres convencidos por intelectuales de izquierda que su salvación está en el socialismo. En eso estribaba la esperanza y el sueño de cambio. Esto se inculcaba con más fuerza al sostener que los generales-dictadores de la época representaban al capitalismo a lo que se agregaba que los gobiernos estadounidenses apoyaban estas manifestaciones brutales de autoritarismo (recordemos a Trujillo en la República Dominicana, Somoza en Nicaragua, Stroessner en Paraguay, Perón en Argentina, Vargas en Brasil, Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Giménez en Venezuela, Ubico en Guatemala y Batista en Cuba).

El paralelo lo establece con motivo de su visita (junto a García Márquez) a Alemania Oriental. Allí dice Plinio Apuleyo Mendoza que se topó por todos lados con la pobreza más colosal y la mugre más espantosa y maloliente pero con una diferencia sustancial: allí no había esperanza alguna porque la revolución ya se había consumado… y era eso. Esto, sigue diciendo el autor, provoca y explica “el cambio de actitud” de las personas para convertirla en resignación y tristeza, en lugar de la esperanza de sus colegas latinoamericanos. Esto nos parece una observación crucial que se encaja en la piel del lector de un modo profundo y perecedero. Una imagen vívida que todo lo explica.

Escribe Plinio que en esa visita también a la URSS hizo que perdiera su “inocencia respecto al mundo socialista” ya que adhería a esa postura, experiencias que, en esa instancia, no fueron suficientes para abandonar el intento por implantar un socialismo distinto al de las masacres de Stalin, de ahí que al comienzo apoyó el experimento cubano, idea que a poco andar abandonó para abrazar la causa liberal.

Esto me recuerda el tránsito intelectual de mi amigo Eudocio Ravines (finalmente asesinado en México) que en su juventud fue Premio Lenin y Premio Mao y organizó el comunismo en España y en Chile (con especial encargo del Kremlin de infiltrar la Iglesia católica), quien, al principio —antes de escribir La gran estafa y miles de columnas a favor de la sociedad abierta— pensaba que el problema era Stalin y tardó en darse cuenta que la raíz del mal radica en el sistema socialista.

Plinio Apuleyo Mendoza afirma en el libro que venimos comentando que “Los latinoamericanos de nuestra generación tuvieron de jóvenes una versión seráfica del socialismo, que la realidad se ha encargado de corregir severamente. Las desesperadas circunstancias políticas de América Latina, sus generales en el poder, presos y exiliados en todas partes, avivaban nuestras simpatías por el mundo socialista, que conocíamos solo de modo subliminal a través de toda la mitología revolucionaria […] una gran decepción similar a la que tuve de niño cuando supe que los juguetes de Navidad no los traía el Niño Jesús”.

Se preguntaba este autor “cómo y por qué la Alemania capitalista [Occidental] que hemos visto en Heidelberg y en Frankfurt, parece reluciente como una moneda recién acuñada, con edificios recién construidos, vitrinas resplandecientes, bellos parques, cafés repletos de gente, música y muchachas resplandecientes por todos lados mientras que la Alemania socialista, la nuestra, al fin y al cabo, parece negra y lúgubre como una cárcel”.

Respecto a su relación con Gabriel García Márquez debe destacarse que prácticamente convivió con él en Barcelona, París, Caracas, Bogotá y La Habana durante muchos años y es el padrino del hijo mayor del premio Nobel. Subraya Plinio al referirse a la experiencias apuntadas y sus divergencias de fondo con el régimen totalitario del castrismo que “Desde luego es lo que pienso yo: no García Márquez. El, hoy en día, pone a Cuba fuera de la cesta”. Algo increíble en verdad, incluso el célebre caso Padilla que tanto conmovió a otros escritores, no modificó la postura de García Márquez quien siguió manteniendo hasta su muerte una relación estrecha con el asesino de la isla-cárcel.

Es bueno recordar que Cuba, antes del advenimiento de Castro, a pesar de los inaceptables crímenes y barrabasadas de Batista, arrastraba ventajas anteriores como la nación de mayor ingreso per cápita en Latinoamérica, notables industrias del azúcar, refinerías de petróleo, cerveceras, plantas de minerales, destilerías de alcohol, licores de prestigio internacional; tenía televisores, radios y refrigeradores en relación a la población igual que en EE.UU., líneas férreas de gran confort y extensión, hospitales, universidades, teatros y periódicos de gran nivel, asociaciones científicas y culturales de renombre, fábricas de acero, alimentos, turbinas, porcelanas y textiles. En realidad no es necesario extenderse en estos temas y las masacres morales y físicas del socialismo cubano contra propios (“gusanos contrarrevolucionarios”) y extraños (“imperialistas mal paridos”), puesto que ya lo han hecho con gran solvencia, entre muchos otros, personalidades como Carlos Alberto Montaner, Huber Matos y Armando Valladares.

A veces —según la magnitud y publicidad del caso— resulta difícil separar la condición profesional de la conducta personal. Otras veces esa dificultad se esfuma puesto que los hechos y dichos privados no trascienden más de lo prudente. En el caso de García Márquez surge la dificultad debido precisamente a que ha exhibido una y otra vez lo que a nuestro juicio es su aspecto oscuro al hacer gala de su vinculación con el origen y la fuente de un sistema oprobioso y criminal.

De todos modos he disfrutado uno de sus libros (Noticias de un secuestro) y varios de sus cuentos que si bien no me parece que estén a la altura de los de un Giovanni Papini, algunos de ellos son estupendos e imposibles de dejar una vez que se comenzaron a leer como “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, que paradójicamente no está incluido en la muy difundida edición de bolsillo titulada Todos los cuentos, colección en la que en el Prólogo a “Doce cuentos peregrinos” nos da una pista de su tremenda auto-exigencia como escritor: “nunca he vuelto a leer ninguno de mis libros por temor a arrepentirme”. Seguramente esto es por lo dicho por Borges al citarlo a Alfonso Reyes: “como no hay tal cosa como un texto perfecto, si uno no publica se pasa la vida corrigiendo borradores”.

Concluye Plinio su libro afirmando que “mi filosofía política es liberal y no marxista como en los tiempos de mi juventud; he dejado de ser un hombre de izquierda y pienso que el delito contrarrevolucionario tan severamente castigado en Cuba equivale a un delito de opinión propio de un régimen totalitario. Creo que el balance de la revolución cubana es catastrófico”. Opiniones que le visto ratificar con solvencia al autor cada vez que nos hemos encontrado en congresos en los que participamos como oradores.

Es que el liberalismo significa respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. La vida se torna insoportable si cada uno pretende imponer su visión de las cosas al prójimo. Cada uno debe poder encaminarse por donde estime pertinente siempre y cuando no lesione derechos de terceros y debe asumir las consecuencias de sus hechos. En esto consiste la tolerancia que mejor expresada es respeto puesto que tolerancia puede interpretarse con cierto tufillo inquisitorial en el sentido de que se “tolera”, es decir, se “perdona” el error ajeno. El conocimiento es siempre de carácter provisional sujeto a refutaciones, de allí la importancia de los debates abiertos.

Lo interesante y productivo de la sociedad libre es que la asignación de los siempre escasos recursos se hace conforme a las votaciones diarias de los consumidores según sean sus necesidades, y las diferencias resultantes permiten maximizar las tasas de capitalización que, a su turno, elevan salarios e ingresos en términos reales.

Nada más peligroso que los megalómanos que pretenden fabricar el “hombre nuevo” a la fuerza, quienes concentran ignorancia al entrometerse en la vida y las haciendas ajenas en lugar de percatarse de que el conocimiento está disperso y es fragmentado entre millones de actores que expresan sus necesidades a través de arreglos contractuales libres y voluntarios en un contexto donde se respeta el derecho de propiedad.

Es de esperar que el magnífico libro de Plinio contribuya a reafirmar la desilusión de tantos que han cifrado sus esperanzas en la prepotencia de la fuerza y que, en todo caso, retomen la tradición de quienes se sentaron a la izquierda del rey en la Asamblea Constituyente en la Francia revolucionaria para oponerse a los abusos del poder y no para engrosarlos.

De todos modos, las ventas de García Márquez (cincuenta millones de ejemplares solo de Cien años de soledad) son un buen síntoma ya que, si bien, como escribe Daniel Pennac, “el verbo leer no resiste el imperativo” hoy, a diferencia de antaño, la buena lectura en gran medida se sustituye por aparatos electrónicos de imagen y audio de golpeteos ruidosos, “estupidez, vulgaridad y violencia”.

 

2) El karma de la baja productividad en América LatinaAutor: Manuel HindsLa fuente primordial de riqueza es el conocimiento, que, cuando aplicado a la producción, potencia a los trabajadores para que produzcan un alto valor agregado por sus salarios —es decir, para que tengan una alta productividad. Esto, a su vez, permite que las empresas paguen salarios altos y aún así sean rentables y acumulen capital. La revista británica The Economist publicó hace poco un artículo sobre el estancamiento de la productividad en Brasil con una gráfica similar a la adjunta. El problema, sin embargo, no sólo es de Brasil. Es de América Latina entera.nada

Como se ve en la gráfica, América Latina tiene dos problemas con la productividad. Uno, es que es baja con relación a la de los países desarrollados. El otro es que, con la modesta excepción de Chile, no ha estado aumentando en los últimos treinta años. Digo modesta porque, aunque claramente distinguible, no se compara con el crecimiento de la productividad de Corea (mostrado en la gráfica), Singapur y Hong Kong (no mostrados) que fueron los únicos países que salieron del subdesarrollo en los últimos cien años. En realidad Chile ha logrado empatar con México en el primer lugar de la región latinoamericana, pero eso representa apenas el 56 por ciento de la productividad de Corea y el 32 por ciento de la de EE.UU.

Mucha gente se sorprenderá por tres cosas más mostradas en la gráfica. Una es que la productividad de Rusia es casi igual a la de Chile y México (apenas un poco arriba de la de Costa Rica, que no se muestra). El comunismo dejó a Rusia bien armada pero bastante subdesarrollada.

Otra es que Brasil tiene apenas la mitad de la productividad de México, y apenas ha crecido en los últimos treinta años. Lo que es inexplicable es que, como resultado de un boom en productos primarios, tanta gente haya creído hace unos años que estaba a punto de convertirse en el motor de la economía mundial.

La tercera sorpresa es que la productividad de China es tan baja como la de Brasil. Sin embargo, está creciendo rápidamente y promete dejar atrás a América Latina en algunos años si ésta no despierta de su largo letargo —que The Economist, refiriéndose a Brasil, llamó “la siestecita de cincuenta años”.

En realidad la siestecita no es de cincuenta años. Por dos siglos hemos sido la región que está a punto de desarrollarse. Pero no lo hemos hecho porque todavía no entendemos que la base del desarrollo es la productividad, y que ésta está basada en el conocimiento. En vez de entender esto, seguimos creyendo que la riqueza no requiere trabajo ni estudio sino sólo un milagro que haga que todos seamos ricos sin tener que trabajar.

Es la misma razón por la cual Latinoamérica no ha podido salir de la primitiva etapa de los caudillos que ha dominado su política desde la independencia. La idea es que un caudillo vendrá que hará que nos desarrollemos sin tener que trabajar. Hemos probado a cientos de ellos que nos han estafado al entregar dictaduras en vez de las riquezas que han prometido, desde Juan Manuel de Rosas y el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia hace doscientos años en Argentina y Paraguay, a Anastasio Somoza, Juan Domingo Perón, Fidel Castro, Hugo Chávez, los Kirchner, Evo Morales, Daniel Ortega y similares en nuestros días, y todavía creemos que el siguiente aspirante a caudillo de verdad nos dará esa riqueza sin tener que educarnos y producir un alto valor agregado.

Nuestro karma es que vamos a tener que pasar de malos a peores caudillos hasta que aprendamos cuales son las verdaderas causas del desarrollo y dejemos a los caudillos en el ridículo en donde debieron estar siempre.

 

3) Arqueología del 1 de mayoAutor: Cristina López G.Cada 1 de mayo, muchos países alrededor del mundo celebran al trabajador, motor de la creación de riqueza y la economía. La fecha no fue escogida de manera arbitraria o porque era la única que habían dejado libre en su celo por conmemorarlo todo los burócratas internacionales: el primero de mayo es también aniversario de los hechos que tuvieron como consecuencia en 1886 la masacre de Haymarket, en Chicago, EE.UU. De las protestas de Haymarket no solo heredamos la fecha, sino también la jornada laboral de 8 horas. La masacre de Haymarket, paradójicamente, no fue producto del enfrentamiento entre patrones y obreros que muchos oportunistas usan en sus discursos actuales, sino del abuso del poder policial y judicial.En el contexto de la expansión industrial estadounidense luego de la depresión económica que siguió a la Guerra Civil, Chicago se volvió un importante epicentro de la industria. La sobrecarga de horas semanales y abusos a muchos inmigrantes incentivaron a varios grupos de trabajadores a organizarse con el fin de exigir jornadas de 8 horas. La iniciativa unió a varias organizaciones de ideologías diversas: desde anarquistas a socialistas se asociaron con el grupo, un tanto más conservador, de los Knights of Labor. Varios sindicatos alrededor de EE.UU. acordaron llevar a cabo una huelga general el 1 de mayo de 1886 para exigir jornadas de 8 horas. La protesta aglutinó a decenas de miles de trabajadores en Chicago y se extendió unos días más.

No había habido indicios de violencia hasta que el 3 de mayo, a las afueras de una fábrica, hubo un enfrentamiento entre huelguistas y trabajadores no alineados con la huelga. La policía intervino de manera violenta en defensa de los trabajadores no alineados, matando a dos huelguistas. En reacción, se organizó para el 4 de mayo una manifestación en la plaza de Haymarket, donde a la fecha, un monumento conmemora los hechos. Cerca del cierre de la manifestación —que, si bien fue pacífica, se dice que los discursos no lo fueron— apareció la policía, interrumpiendo uno de los discursos y ordenando a los manifestantes que abandonaran el lugar.

Debido a versiones contradictorias en diferentes fuentes históricas y académicas, no se sabe con certeza la cronología de las primeras acciones que resultaron en la masacre, pero lo que sí es certero es que una bomba casera explotó matando a varios policías. La reacción policial fue inmediata, disparando contra los manifestantes y terminando con la vida de cuatro de ellos. El movimiento de los trabajadores se llevó la peor parte, pues abusando totalmente de su poder, la policía y el aparato judicial procesaron a seis miembros del movimiento, acusándoles de ser los autores del atentado, a pesar de que no podían probar quién había lanzado la bomba o planeado los hechos.

Como resultado, dos de los acusados fueron condenados a cadena perpetua y el resto, a muerte. Entre ellos se encontraba uno de los principales líderes del movimiento, el anarquista August Spies. Antes de ser colgado públicamente, se dice que gritó:

“El día vendrá en que nuestro silencio será mucho más poderoso que las voces que ahora estrangulan”. Spies no se equivocó. El 1 de mayo que conmemora temas de tanta importancia para los trabajadores alrededor del mundo, antes que cualquier cosa, celebra a los “mártires de Haymarket”. Y habiendo pasado un siglo y algo más, fuerzas estatales en lugares tan distantes entre sí como Ucrania o Venezuela, continúan coartando derechos individuales y aplastando vidas impunemente. ¿Callaremos hasta esperar que sean los silencios de las víctimas los que griten?

 

4) Sobre la supuesta superioridad moral del socialismoAutor: Hana FischerLos defensores del socialismo suelen presentarlo bajo un ropaje moral. Su argumentación primordial es la siguiente: La superioridad del socialismo frente al liberalismo reside, en que bajo ese sistema se castiga “la persecución del lucro”. Es decir, oponen la “generosidad desinteresada” —que supuestamente caracterizaría al colectivismo— a lo que ellos denominan peyorativamente el “egoísmo” de los agentes privados, cuando cada uno puede perseguir sus propios fines en un ámbito de libertad.Los socialistas se ven forzados a recurrir a ese tipo de premisas, ya que la evidencia histórica es contundente al mostrar la supremacía del liberalismo en todos los planos. En el económico, la competencia en mercados libres es la razón por la cual los productos y servicios son cada vez más novedosos, baratos y de calidad. Desde el punto de vista humano, basta con comparar la atención recibida en un shopping con el trato recibido en cualquier oficina pública. Esa diferencia es muy relevante, ya que uno de los rasgos más característicos del socialismo es la proliferación exorbitante de los trámites que el ciudadano medio se ve obligado a realizar. En consecuencia, la desconsideración en las relaciones interpersonales es la realidad cotidiana a la que se ve sometido Juan Pueblo. Ergo, esa sociedad paulatinamente se va deshumanizando.

Si lo observamos desde el ángulo político, el rasgo definitorio del socialismo es la violencia. Es decir, el uso de la fuerza, ya sea física o legal. ¿Por qué ocurre eso? Porque ese sistema pretende modificar la naturaleza propia del hombre. Es por esa razón que continuamente se refieren al “Hombre Nuevo”, que supuestamente sería lo más parecido a un ángel que existe. Pero como es obvio, trasmutar bajo coacción a un sujeto en un ser celestial, requiere de tratamientos brutales. El film “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick, es un buen ejemplo de lo que significaría en los hechos ese intento.

Los socialistas suelen denominar “egoísmo”, lo que en rigor es la búsqueda de mejorar nuestra propia condición y la de nuestras familias. Y eso se puede lograr de dos modos opuestos: mediante el trabajo persistente y honesto; o, viviendo a costa de otras personas.

El liberalismo toma al ser humano tal como es. Tiene en cuenta de que el hombre solo se mueve cuando considera que va a obtener algo bueno de ello. Desde esa óptica, el “lucro” es la retribución por nuestros esfuerzos cuando han sido bien empleados. Por lo tanto “lucra” el empresario, pero también el empleado cuando recibe su sueldo. Es tan injusto —y por tanto inmoral— retener los haberes generados por un asalariado, como pretender quitarle al emprendedor los frutos de sus desvelos.

En cambio, cuando el camino para prosperar en base al esfuerzo personal está vedado por barreras legales, entonces, ese sano impulso se encauza tortuosamente. Condenar el “lucro” en la actividad empresarial significa entronar las prácticas inmorales. Eso es así porque en vez de enriquecernos sirviendo a nuestra comunidad con servicios o bienes que ellos aprecian, se procura conquistar el poder político para expoliar al resto de la población.

La verdad es que los gobernantes socialistas destruyen a sus países, mientras proclaman a los cuatro vientos que son movidos por las más nobles intenciones. Veamos un par de ejemplos que prueban lo que estamos afirmando:

Los hermanos Castro desde hace más de cincuenta años que gobiernan en forma ininterrumpida a Cuba. Cuando se apoderaron del poder en 1959, la “Perla del Caribe” ostentaba el título de ser la mayor exportadora mundial de azúcar de caña. Producía 5,409,600 toneladas anuales. Actualmente produce alrededor de 1,400,000, razón por la cual, debe importar azúcar. En 1959 producía el 80% de los alimentos que consumía, y era el principal abastecedor de vegetales de EE.UU. Hoy en día debe comprar en el exterior el 84% de los bienes básicos que necesita. En 1886 se abolió la esclavitud en Cuba. En el presente, los hermanos Castro consideran a los cubanos como mano de obra esclava. Eso queda demostrado al comprobar, que el Estado es prácticamente el único empleador, quien fija los salarios a su arbitrio. Las pocas empresas extranjeras que operan en la isla no les pagan directamente a sus empleados, sino que le dan el dinero de los sueldos al gobierno. Éste retiene la mayor parte y sólo entrega a los trabajadores una parte muy pequeña. Otro tanto sucede con los médicos que los Castro mandan a trabajar fuera de fronteras.

Por su parte Hugo Chávez obtuvo el gobierno de Venezuela en 1999. En consecuencia, lo que hoy se denomina “chavismo” gobierna desde hace quince años. En tan poco tiempo el daño producido a esa nación ha sido mayúsculo. Llevó a cotas escandalosas los problemas de antaño, como por ejemplo la inseguridad o la corrupción. Y, simultáneamente, arruinó lo que marchaba bien. Concretamente, a la producción petrolera. En la década de 1990, Petróleos de Venezuela (PDVSA) y sus socios extranjeros bombeaban alrededor de tres millones de barriles diarios de petróleo de los yacimientos venezolanos. Dentro de la OPEP, era el tercer mayor exportador. El proyecto de PDVSA era aumentar paulatinamente su producción a unos ocho millones de barriles diarios, lo que habría ubicado a Venezuela a la par de los gigantes exportadores de crudo, o sea Rusia y Arabia Saudita. Hoy su producción se sitúa en unos 2.4 millones de barriles diarios .O sea, produce 25% menos que cuando Chávez asumió el poder. En 1999 Venezuela exportaba gasolina; actualmente debe importarla de EE.UU.

Lo más cínico de todo es, que mientras estos personajes condenan el “lucro”, ellos, sus familiares y acólitos se enriquecen en forma impúdica. A Fidel Castro la revista Forbes —que anualmente publica la lista de los gobernantes más ricos del planeta— lo ubica en séptimo lugar con una fortuna estimada de 900 millones de dólares. Con respecto a los chavistas más destacados, sus mansiones en EE.UU. no le envidian nada a la que poseen las estrellas de Hollywood.

En síntesis, creemos que no es exagerado el sostener que el socialismo es un productor de miseria, considerándolo tanto desde el punto de vista material como en el espiritual.

 

5) ¿Votar por Santos?Autor: Jesús Vallejo Mejía

 Dadme lo que quiero, dádmelo con libertad y no molestaré más”

Hace años vi una excelente película de terror de Stephen King, titulada “La Tormenta del Siglo”. Trata acerca de una serie de crímenes que se presentan en una pequeña comunidad isleña al nordeste de los Estados Unidos. El criminal, después de atemorizar a sus habitantes, los intimida con esta exigencia que aparece pintada en las paredes. Después, hace más explícitas sus demandas y pone a la comunidad en vilo. Lo demás es la historia que no quiero contar para no dañarles a los lectores el disfrute de una obra que amerita disfrutarse.

Muchas veces ha venido a mi memoria el recuerdo de esta película, a propósito sobre todo de las negociaciones que se adelantan con las Farc en La Habana, que exhiben un nítido cariz extorsivo. En efecto, los capos de una de las más peligrosas organizaciones narcoteroristas que operan en el mundo, parecen decirnos a los colombianos a través de Santos y sus delegados que estarían dispuestos a cesar sus depredaciones de todo género si les damos lo que quieren.

¿Qué es lo que quieren?

Lo han dicho a los cuatro vientos: impunidad para sus crímenes, elegibilidad para sus candidatos, asamblea constituyente hecha a su medida, cambios drásticos en los diferentes aspectos del régimen institucional, medios de prensa proveídos por el Estado, desmonte de las fuerzas militares, régimen electoral que los favorezca, etc., etc.

Pero, a decir verdad, los capos no son tan generosos como el oscuro personaje de la película de marras, que ofrece no molestar más a sus víctimas si le dan lo que les pide, dado que las Farc hacen sus exigencias, no para irse, sino para quedarse acá en posición privilegiada que de hecho les garantice la toma del poder en el corto plazo.

Esto significa que la idea de las Farc no es convenir con el gobierno unas condiciones para entregar sus armas, desmovilizar sus efectivos, desmontar el negocio del narcotráfico, someterse a la justicia, indemnizar a sus miles de víctimas e incorporarse a la vida política de acuerdo con las reglas de juego establecidas para todos los actores de la misma, sino hacer valer unas exigencias que les den posición privilegiada para continuar con el empeño de imponernos a los colombianos un régimen totalitario liberticida y destructor de la riqueza colectiva, similar al que rige en Cuba y, de hecho, en Venezuela.

Por consiguiente, así les demos lo que piden por ahora, las Farc seguirán molestándonos hasta que, con la ayuda del Foro de San Pablo, logren quedarse con el santo y la limosna. El acuerdo al que se llegue con sus negociadores será apenas un paso adelante en su propósito de toma del poder a través de la combinación de las formas de lucha que recomienda la doctrina marxista-leninista que profesan.

Santos, con el simplismo de teleprónter que maneja, no sabe uno si por candor o por malicia, así lo ha reconocido al afirmar que debemos prepararnos para pasar del conflicto armado al conflicto social, sin percatarse de que con los comunistas el segundo no excluye el primero.

Se sigue de ahí que muy probablemente lo que se acuerde con las Farc no traerá la paz, sino un conflicto explícito, el social que admite Santos que se generará, y otro embozado o clandestino, promovido por cuadros ocultos de las Farc que ya existen, el PCC, apoyado en las armas y los dineros que no entreguen.

El país tiene todo el derecho de desconfiar de este proceso, pues las Farc no han generado credibilidad ni respetabilidad, y este es el momento en que nadie sabe que estarían dispuestas a entregar a cambio de que les demos lo que piden.

Y también el país tiene todo el derecho de desconfiar de Santos, que ha perdido igualmente toda credibilidad y toda respetabilidad, con lo que ha descendido al mismo nivel de su contraparte.

El viernes pasado, Hassan Nassar entrevistó en su programa de Cablenoticias a Álvaro Leyva Durán. Lo que ahí dijo Leyva es preocupante a más no poder, pues, si no lo interpreto mal, afirma que el acuerdo ya está cocinado sobre dos bases: a) otorgarle plenos poderes a Santos con algo así como una ley habilitante de las que han permitido que en Venezuela se instaure la dictadura; b) convocar el famoso congresito con un 40% de participación de las Farc, lo que equivaldría de hecho a la asamblea constituyente que han exigido una y otra vez.

De ser así las cosas, no es osado pensar que se nos avecina la tormenta del siglo, tan espeluznante o más que la de la terrorífica película de Stephen King.

 

6) El falaz ataque a las “fallas de mercado”Autor: Cachanosky y Nicole Leclercq“Según una leyenda antigua, a un emperador romano se le consultó Juzgar un concurso de canto entre dos participantes. Luego de escuchar al primer participante, el emperador concedió el premio al segundo asumiendo que el segundo no podía ser peor que el primero. Por supuesto, esta presunción podría haber estado mal; el segundo cantante podría haber sido peor. La teoría de las fallas de mercado cometió el mismo error que el emperador. Demostrar que la economía de mercado había fracasado en satisfacer los ideales de un equilibrio competitivo general era una cosa, pero afirmar alegremente que la acción estatal podría corregir sin costos la falla era otra cosa muy distinta”.— Peter Boettke

 

El debate de ideas acerca de cuál es la mejor vía para que un país crezca y se desarrolle es muy amplio. Desde el comunismo más extremo hasta posturas anarco-capitalistas, pasando por diversas tonalidades de grises en el medio, buscan el mismo fin: desarrollo, crecimiento y progreso. Estas diferentes posturas se basan en diversas teorías, las cuales muchas veces contienen supuestos que en la práctica se enfrentan a ciertas restricciones o limitaciones. Sin embargo, conforman un marco de interpretación de los hechos y determinan las políticas que se llevan a cabo en una sociedad.

En este sentido, suele suceder a la hora de analizar la efectividad de las teorías, que los intelectuales de izquierda, en su mayoría, cometan una falacia común al evaluar las “fallas” de mercado. Es cierto que el mercado no es perfecto, en otras palabras, podría decirse que hay “fallas”. Sin embargo, el asumir que estas “fallas” de mercado serán bien suplidas por decisiones arbitrarias en manos de un gobierno es asumir el actuar de un gobierno ideal, el cual no se equivoca.

¿En qué consiste el error concretamente? En que no tiene sentido comparar “fallas de mercado” con un “ideal del Estado”; en todo caso, lo que habría que hacer es comparar “fallas de mercado” contra “fallas del Estado”. De lo contrario, la comparación es injusta. O bien, habría que comparar un “ideal de mercado” con un “ideal del Estado”. Aquí también la comparación sería más justa.

Podríamos resumir en el siguiente cuadro los distintos cruces que se pueden observar remarcando cuales comparaciones son absurdas y cuales válidas:

nada

 

Es muy común, en las críticas de los intelectuales de izquierda, tomar el primer camino que se observa en el cuadro. De esta manera, inconscientemente, se le otorga un supuesto de Ideal al Estado y la comparación deja de ser válida. Lo único que se logra con esta falacia es asumir que las fallas de mercado son peores que las fallas del Estado, pero ¿y si las fallas del Estado son aún peor?

Todas estas dificultades que hay que superar para alcanzar la mayor proximidad posible a las condiciones del mercado ideal han dado lugar al diseño de instrumentos que la teoría y la práctica de la economía han ido habilitando con mejores o peores resultados. Sin embargo, una economía funciona mejor cuando hay libertad, previsibilidad y confianza en la forma en que se hace la política económica. Esto se consigue mejor cuanto menos se dependa de decisiones personales o arbitrarias, como suele suceder cuando se está en manos de funcionarios públicos circunstanciales. En resumidas cuentas, la calidad institucional debe funcionar correctamente.

La creencia en un estado ideal muchas veces ha desembocado en regímenes totalitarios en donde se suponía que la opinión de un reducido grupo de iluminados podían sustituir las preferencias de las personas en las opciones del consumo. Los casos clásicos fueron los de los países comunistas del este europeo en los que, como no podía ser de otra manera, el sistema económico y detrás de él el social y el político explosionaron en uno de los más espectaculares fracasos que registra la historia contemporánea.

Por ello, en primera instancia, se debería equiparar el nivel y discutir en los niveles válidos para evitar críticas falaces. Sin embargo, a la hora de debatir los caminos válidos surge un segundo dilema: ¿Cuándo discutir fallas y cuando discutir ideales? ¿Estos segundos tienen sentido?

Los modelos teóricos marcan el norte o rumbo a seguir, el ideal a alcanzar en la práctica. Son indispensables en cuanto proporcionan el marco de interpretación de los hechos y plantean soluciones con el mayor grado de eficiencia posible, aun así cuando puestos en práctica estos se encuentren llenos de restricciones que condicionan y modifican sus supuestos o resulten no ser políticamente viables. Las ideas determinan una serie de elecciones de diversas políticas económicas y públicas que se aplican en una sociedad. Determinan que tipo de políticas son viables y cuales no en determinados contextos. Por esta razón no se debe subestimar su importancia. De alguna forma son las grandes abstracciones que se encuentran por encima de las elecciones cotidianas.

Por otro lado, el poder de las ideas que determinan marcos de interpretación, de valores sociales y de las políticas que se llevan a cabo. Generalmente a partir de crisis o conflictos socioeconómicos se derriban modelos establecidos, se cuestionan y entran otros en juegos. Así, políticas que bajo ciertos modelos de pensamiento, en determinados contextos son consideradas totalmente inviables, inmorales o impensables de ser aplicadas en otros contextos resultan ser lo contrario.

Como se mencionó, estas teorías inviables en el presente pueden volverse más plausibles con el correr de los tiempos. Martín Krause, analizando el teorema del votante medio, explica que durante épocas normales o estables, la demanda de ideas suele ser más bien baja y por lo tanto son mayormente aceptadas aquellas que se encuentran dentro de los parámetros medios, siendo de la misma forma solo aceptadas como viables aquellas políticas que se encuentran dentro de los parámetros medios. Como se dijo anteriormente, los modelos teóricos presentan ideales a alcanzar. Sin embargo suele suceder, que puestos en práctica, surjan restricciones o contradicciones que llevan a modificar o adaptar dichos ideales a los hechos reales. Es decir, de alguna forma los extremos se corren hacia los medios. No obstante, en momentos de crisis, donde las estructuras previas entran en cuestionamiento y se rompe con los paradigmas establecidos, la demanda de ideas aumenta y las ideas que se encuentran por fuera de los parámetros medios aceptados vuelven a jugar un rol fundamental funcionando como polos de atracción de los parámetros medios hacia los extremos. Así, ideas que dentro del contexto previo se encontraban por fuera de los parámetros aceptados y políticas que parecían impensables de ser aplicadas, dentro de este nuevo panorama pasan a ser viables.

En conclusión, el enfoque de “fallas de mercado” se encuentra acompañado de una crítica falaz que consiste en compararlo con un Estado ideal, el cual no existe en la realidad, como tampoco existe un mercado totalmente ideal. Debe realizarse las comparaciones en los niveles correspondientes: “fallas vs fallas” o “ideales vs ideales”. Tampoco es válida la crítica de que las teorías abstractas son inútiles, ya que teorías que hoy pueden ser inviables, el día de mañana pueden dejar de serlo, como demuestra el teorema del votante medio. Es indispensable si se apunta a que una economía crezca y se desarrolle en el largo plazo que académicos continúen elaborando teorías que marquen el rumbo y norte a alcanzar.

 

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GGC – Magazin Enero 31 / 2014

Correo del Orinoco

 

Edición de Enero 30 /2014

 

El Grupo Gran-Colombia (GGC) es una organización sin fines de lucro, absolutamente independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental, cuyo desafío fundamental es encontrar y usar los medios necesarios para lograr una progresiva evolución hacia una sociedad libre, formada por ciudadanos ilustrados y responsables, que acierten a protegerse, mediante un esfuerzo común, contra el miedo, la necesidad y la opresión, sea interna o externa.

 

 

En esta edición:

1)      Uribe y la renovación política de América Latina – Xavier Reyes Matheus

2)      El mito del “capitalismo salvaje” – Hernán Bonilla

3)      La democracia está enferma de la tiranía de la mayoría – Víctor Pavón

4)      Roberto ‘El Vago’ y la caída del Estado del Bienestar danés – Diego Sánchez De La Cruz

5)      Los demócratas de América Latina han perdido la batalla de las ideas frente a la izquierda populista y “bolivariana” – Ricardo Angoso

 

1.      Uribe y la renovación política de América Latina

Autor: Xavier Reyes Matheus

La existencia de una derecha en América Latina es cosa que difícilmente puede probarse desde el análisis político. Todos aquellos países son repúblicas y sus constituciones reconocen el principio de la soberanía popular: no ha sido más que en Cuba donde se ha producido una sucesión dinástica sin aprobación de las urnas. La separación de la Iglesia y el Estado es uno de los fundamentos del ideario republicano; pero si juzgamos por las demostraciones de fe o de beatería, habrá que reconocer que ningún gobernante de los últimos tiempos ha superado al Chávez predicador que aparecía ante las cámaras armado de una cruz; el mismo que decidió, post mortem, la elección del papa Francisco, y que proclamó a Cristo piedra angular del “socialismo del siglo XXI” (como que no era cuestión, para el marxismo-leninismo latinoamericano, de traicionar su conocido compadreo con los narcóticos despreciando las ventajas del opio del pueblo).

Los partidos socialcristianos, que aún ocupan en el imaginario de la región el espacio de la supuesta derecha, tienen muy poco de minarquistas y en cambio suelen ser los campeones de las políticas redistributivas y de los subsidios. Un paternalismo, por cierto, compartido allá por todas las ideologías nacionalistas de signo conservador, que han sido siempre las teóricas del mestizaje y del criollismo para defender el tesoro espiritual de América frente a la corrupción del hombre europeo y al grosero materialismo del norteamericano; de modo que apenas se diferencian de los guevaristas si las juzgamos por su exaltación del cacique precolombino como pater patriae, y por su ojeriza hacia los yanquis. Tampoco es cierto que la derecha sea la tendencia de las oligarquías letradas, según demuestra la abrumadora mayoría de izquierdistas entre los escritores latinoamericanos educados en Europa y en los Estados Unidos. Y si medimos por los temas de la izquierda posmo que hoy sirven en otros lados para definir la postura política –aborto, matrimonio gay–, parece que en América Latina se trata aún de cuestiones que se viven muy al margen del Estado.

La derecha es en Latinoamérica algo que existe sólo para la izquierda (porque en cambio ésta mantiene intactas sus señas de identidad, y, a diferencia de los pálidos socialistas de Europa, sigue hablando incombustiblemente en la jerga de Trotski y de Gramsci). Por supuesto, si a alguno de esos socialistas se le pide caracterizar a un militante de lo que llama la derecha, obviará los principios políticos y se limitará a hacer un retrato robot: alguien arrogante, insensible, con alma de negrero, que tiene espasmos de gozo frente al dolor de los pobres y una voracidad de riquezas sin límites. Más o menos esto último es lo que viene a significar, según ellos, eso de ser “neoliberales”, que usan por cierto como sinónimo perfectamente intercambiable por “fascistas”: Mussolini, como se sabe, era un gran neoliberal; y además queda establecido que ante cualquier propuesta de reducir el Estado del Bienestar hay que maliciar la intención inequívoca y calculada de producir un exterminio en masa.

De modo, pues, que no sólo resulta que es derecha todo lo que queda fuera del socialismo, sino que el término es, en realidad, una mera elipsis por extrema derecha. Por el contrario, se entiende que la izquierda es democrática por las buenas o por las malas, como demuestra el hermanamiento sin fisuras del Uruguay de Mujica o del Chile de Bachelet con la Venezuela de Maduro. Aquellas fronteras en las que uno distinguía muy bien las diferencias entre el totalitarismo cubano y un partido socialdemócrata como Acción Democrática o incluso como el PRI parecen hoy secundarias, por más que Axel Kicillof insista en hacer profesión de un keynesianismo… al estilo de La Cámpora.

Pero lo cierto es que, a pesar de la saña hitleriana y de la codicia depredadora que se les atribuye, las formaciones más alejadas del socialismo en América Latina suelen inclinarse por una política basada en la gestión y la eficiencia administrativa, sin presentar muchas más credenciales ideológicas. Como es de suponerse, este rasgo aboca naturalmente a esos partidos al ámbito municipal y descentralizado, y les reserva los progresos de la modernización urbana y de la gentrificación en reductos de aliento primermundista y con fuerte presencia de la clase media. El problema, para la imposición de esa tecnocracia proyectada al futuro y a las transformaciones que quisieran lograrse, es que la construcción política del continente se halla aún incompleta en aspectos fundamentales, sin los cuales resulta imposible el imperio de la ley y la realización de la ciudadanía. La resolución de esas cuentas pendientes no puede acometerse con los limitados recursos y los planteamientos inmediatistas de gestores locales, sino que reclama la convocatoria de las fuerzas del Estado en torno a un proyecto nacional (algo que no supo articular, por ejemplo, un Sebastián Piñera).

Como demuestra el dato de que más del 30 por ciento de los homicidios del mundo se cometen en América Latina, la seguridad y la erradicación de la violencia son seguramente los temas más perentorios para sustraer aquellos países a la condición de Estados fallidos. Álvaro Uribe no se ha avergonzado, por tanto, de llevar al primer plano un motivo capaz de renovar el sentido de la derecha con la sola fuerza de la coherencia ética: el castigo ejemplar del crimen. Chávez no tuvo empacho en decretar indulgencia plenaria para cualquier delincuente que se pusiera bajo la bandera de la revolución, proclamando la edad de oro del pistolerismo. Defender lo contrario no ha sido para Uribe tarea fácil, porque tiene que luchar con los que creen que toda autoridad es autoritaria, con el antiamericanismo nacido del eterno complejo de inferioridad hispano y con los oportunistas que quieren tener contento al chavismo mientras esperan su tajada de petrodólares. Pero el uribismo representa en Colombia una causa que haría muy bien en encontrar eco e inspiración en otras naciones del subcontinente: la del orden en justicia, que es también, y contra toda alharaca de falso buenismo, la causa de la libertad.

 

2.             El mito del “capitalismo salvaje”

Autor: Hernán Bonilla

Es frecuente que ideas equivocadas sobre la historia o sobre el funcionamiento de la sociedad o la economía pasen a formar parte de la cultura, en tanto saberes comunes compartidos, a pesar de ser refutadas mil veces. Verbigracia, que la revolución industrial empeoró el nivel de vida de la gente común cuando en realidad fue el mayor salto hacia adelante en la historia universal, o que el capitalismo es intrínsecamente perverso cuando es el único sistema económico compatible con la dignidad del ser humano.

Vamos a concentrarnos en esta segunda idea, que es uno de los clichés favoritos de los anticapitalistas de izquierda y de derecha. Insulsos intelectuales, autoridades religiosas, jefes de estado, escritores, opinólogos profesionales, entre muchos otros, suelen repetir en cansino sonsonete que el capitalismo y la globalización son los responsables de haber abierto la caja de Pandora y liberado todos los males del mundo.

En primer lugar esta falacia ignora que gracias al libre mercado la humanidad salió de su primitivo estado de pobreza generalizada y ha logrado ir reduciéndola a lo largo de la historia. Lo excepcional en la historia humana mirada en el largo plazo son los últimos dos siglos largos de crecimiento de la riqueza. El “estado natural” del “buen salvaje”, tantas veces ensalzado, era la miseria, la violencia y el sálvese quien pueda, mientras que la cooperación libre y voluntaria (en breve, el mercado) es lo que ha permitido el desarrollo económico y social.

En segundo lugar, son los países con mayor libertad económica los que tienen los mejores indicadores sociales, menores niveles de pobreza, etc., como lo demuestran año a año los informes que elaboran institutos como la Heritage Foundation o el Fraser Institute.

En tercer lugar, hoy predomina un capitalismo que poco tiene que ver con el capitalismo liberal si uno mira las cifras de porcentaje de la economía que ocupa el Estado o la situación del comercio internacional, por ejemplo. De hecho, el libre comercio es excepcional en el mundo actual y no la regla y por eso son tan difíciles las negociaciones en la OMC o entre bloques regionales. En un mundo en el que sólo el 3% de las personas son inmigrantes de primera generación y únicamente la quinta parte del producto se destina a las exportaciones ¿podemos hablar de globalización desenfrenada?

En cuarto lugar, ningún autor liberal jamás defendió lo que caricaturescamente se llama “capitalismo salvaje” como ninguno defendió el estropajo del “neoliberalismo”. El capitalismo necesita para funcionar de sólidas instituciones identificadas con un Estado de Derecho garantista, por tanto nada más lejano a la “ley de la selva” que sí prima en el “estado natural” rousseauniano o en los países comunistas. Allí es dónde se ve lo peor del egoísmo y la codicia humana.

Por lo tanto, el discurso vacío y populista que critica al “capitalismo salvaje” es un completo absurdo porque no existe y porque nadie lo defiende. Y justamente por eso es un recurso dialéctico ramplón y deshonesto. Sería más productivo buscar los medios de mejorar el funcionamiento de la democracia y la economía de mercado, fortaleciendo las instituciones, la separación de poderes y la igualdad de oportunidades. Ese es el desafío que merece nuestro mejor esfuerzo.

 

3.             La democracia está enferma de la tiranía de la mayoría

Autor:  Víctor Pavón

Luego de escuchar en estos días a los dirigentes oficialistas de Argentina defendiendo con arrogancia sus ideas y propuestas, solo cabe la desazón por tanto desconocimiento sobre el tratamiento que le dan al proceso económico y social.

Muchos liberales o libertarios como hoy se los reconoce, creyeron que con la caída del muro socialista de Berlín se venía una época diferente. Lo de la ex Unión Soviética es imposible que se repita, decían algunos con seguridad. Fue un error. La fuerza de las ideas está ahí. Se encuentran dormidas para despertar en los lugares y épocas que les convenga, sin interesar si fracasaron en el pasado. Esas ideas adoptadas en menor o en mayor grado solo esperan su mejor caldo de cultivo, como las mentiras de los políticos que dicen a sus pueblos que les sacarán de la pobreza y les darán empleos sin tener que trabajar.

Lo que hoy pasa en Argentina es un ejemplo del avance de las ideas colectivistas. País prodigo por su naturaleza, su gente está siendo hostigada por ideas que llamamos básicamente estatistas, para no tener que decir socialistas o directamente comunistas. De esta manera se ha puesto en marcha lo que Alexis de Tocqueville en su Democracia en América (1835) advertía con meridiana claridad acerca de la tiranía de la mayoría.

Es esta tiranía el problema de nuestro tiempo. Sea Argentina, mi país —Paraguay— o EE.UU. u otros, las democracias se han degenerado para hacer valer únicamente el principio del número, la sobrevaloración de quien tiene más votos, sin interesar el medio para conseguirlo, ya sea comprando, regalando dádivas o consiguiendo el nombramiento en el sector público sin concurso ni mérito alguno.

Si al respecto hay una tarea a la que debemos acometer cuanto antes es aquella referida a cómo salvar la libertad en los tiempos de democracia. Esta forma de hacer democracia nos ha hecho creer que el grupo o la sociedad misma están por encima del individuo, lo que de suyo es un grave error y sus consecuencias las estamos padeciendo.

La “soberanía del pueblo” que desplazó a las monarquías no puede convertirse en un atajo para destruir lo más preciado de la civilización, el ansia constante de cada quien de buscar su propia felicidad en un entorno social de cooperación libre. Hoy se han vuelto sombríos los rasgos de esta sociedad democrática, está enfermándose, y solo se podrán curar sus síntomas con las mismas herramientas que la misma democracia contiene: gobierno limitado, división de los poderes, descentralización y una educación que promueva los valores morales de la libertad, la propiedad, la cooperación voluntaria, el respeto y la tolerancia.

Si no fuera así, la arbitrariedad y las contradicciones en la que va cayendo la democracia irán avanzando hasta que algunos se hagan del control total de la economía. Esto sólo puede terminar tal como la historia lo prueba en la búsqueda de un líder aglutinante, buen orador y vendedor de esperanzas que vendrá a poner orden para sacar por medio de la coerción de los impuestos y con las expropiaciones de bienes al que tiene más para darle al que no tiene, propiciar el odio y el resentimiento contra la empresa y la riqueza, poner en entredicho la justicia para hacerla “social” o lo que es lo mismo, el advenimiento de una nueva clase de dictador igualmente peligroso a aquellos conocidos en el pasado, como ya está empezando a suceder.

 

4.             Roberto ‘El Vago’ y la caída del Estado del Bienestar danés

Autor: Diego Sánchez De La Cruz

Carina es una mujer danesa de 38 años de edad. Reside en Copenhague, la capital del país nórdico. Su involuntario salto a las páginas de actualidad económica llegó en 2011, cuando un especial de televisión la presentó como ejemplo de los excesos asistenciales del “Estado del Bienestar” nórdico.

Por aquel entonces, diferentes organizaciones sociales llevaban meses alertando de un aumento de la pobreza en Dinamarca. Preocupado, la diputada socialista Azlem Cekic quiso explicar este problema a través de un programa de televisión en el que contó con Carina como invitada.

El experimento arrojó un resultado inesperado cuando se comprobó que la protagonista de este curioso episodio televisivo recibía subsidios por valor de 2.100 euros mensuales. De hecho, Carina explicó ante las cámaras de televisión que había recibido este tipo de fondos públicos desde que tenía 16 años de edad.

Este episodio levantó un notable revuelo en Dinamarca, reabriendo el debate sobre el alcance del “Estado del Bienestar”. Ejemplos como el de Carina empezaron a colarse en las páginas de los diarios. El caso más llamativo es, sin duda, el de Roberto El Vago, un hombre de 45 años de edad que, según confesó en televisión, había vivido íntegramente del dinero de los contribuyentes desde el año 2001.

Robert Nielsen confesó sin tapujos que no tenía intención alguna de regresar al mercado laboral. De hecho, afirmó sentirse “orgulloso de vivir en un país en el que el Estado está dispuesto a apoyar mi vida”. Sus escandalosas declaraciones han sido un jarro de agua fría para quienes querían evitar futuros debates sobre el paradigma asistencial del “Estado del Bienestar” danés.

¿Cambio de tendencia?

Numerosas figuras públicas han criticado estos excesos desde hace años. Uno de los casos más conocidos es el de Lars Seier Christensen, co-fundador y consejero delegado de Saxo Bank. En un discurso pronunciado en Londres, el banquero danés criticó que “en un país de 5,6 millones de habitantes, más de dos millones de personas viven de subsidios”.

Christensen también denunció el enorme tamaño de la burocracia estatal (más de 800.000 personas). Además, el financiero denunció que “apenas tres de los veintitrés Ministros del actual gobierno tienen experiencia en el mercado de trabajo”. Esto le llevó a cuestionar el criterio electoral de los votantes daneses, señalando que “eligiendo a este tipo de líderes parece que los daneses no valoran la experiencia en el ámbito profesional y de los negocios”.

Otro crítico del asistencialismo estatal danés es el parlamentario Joachim Olsen, que hoy ejerce como diputado por la Alianza Liberal pero en la década pasada cosechó grandes éxitos deportivos como lanzador de peso, medalla olímpica incluida. Olsen ha afirmado que en Dinamarca “no hay verdadera pobreza”, y ha pedido una racionalización de los subsidios del “Estado del Bienestar”.

Los estudios publicados por la Universidad de Aalborg señalan que este tipo de afirmaciones tienen cada vez más aprobación entre los daneses. No en vano, las encuestas apuntan que el 30% de los ciudadanos está a favor de recortar el llamado “gasto social”.

Las encuestas de la Fundación BBVA apuntan a un ligero cambio de tendencia. Cierto es que un 48% se muestra “a favor de que las Administraciones asuman la responsabilidad principal a la hora de asegurar que todos los ciudadanos puedan gozar de un nivel de vida digno”. No obstante, la media europea es del 55%, con países como España e Italia en el entorno del 75%.

Por otro lado, cuando se pregunta a los daneses si la economía de mercado es el sistema más conveniente para el país, vemos que el 65% está de acuerdo, frente al 52% registrado en España. Además, cuestionando si la economía de mercado es la causa de las desigualdades sociales, encontramos que un 50% de los daneses está en desacuerdo con dicha afirmación, frente a la media europea del 44% o el 34% registrado en España.

El problema de la deuda privada

El ámbito inmobiliario y el sector financiero concentraron buena parte de las dudas sobre Dinamarca a comienzos de la Gran Recesión. No obstante, el país arrastra un enorme problema de endeudamiento privado, que alcanza más del 300% del ingreso disponible agregado, casi duplicando los niveles registrados en Suecia.

Como ha explicado Andreaas Hakansson, analista de BNP Paribas para la región escandinava, “Dinamarca tiene por delante un importante esfuerzo de desapalancamiento. No hacerlo maximizará la fragilidad económica en un entorno con tipos de interés más elevados”.

La Asociación Danesa de Bancos Hipotecarios también ha advertido de los problemas de endeudamiento que enfrenta el país. Según los datos que manejan estas entidades, “más de la mitad de los hogares no alcanza a amortizar los pagos de sus hipotecas”. Además, alrededor del 60% de los préstamos concedidos por el sector en 2013 simplemente sirven para cubrir el pago de intereses.

Los datos de productividad también son muy preocupantes. Entre 2000 y 2012, las horas trabajadas cayeron de media un 8%. Las 1,430 horas registradas en 2012 suponen casi un 25% menos que la media de los países de la OCDE. Mientras tanto, y a lo largo del mismo periodo, el coste laboral unitario sube un 30%, triplicando el aumento registrado en las economías de la OCDE.

Tímidas reformas

Recientemente, Dinamarca ha aprobado una rebaja del Impuesto de Sociedades, que pasará del 25% al 22%. También se ha acordado recortar el acceso a subsidios varios, con el ánimo de evitar abusos como los protagonizados por Carina o Roberto El Vago.

Los presupuestos para 2014 generaron importantes diferencias políticas. De hecho, el Ejecutivo socialdemócrata tuvo que apoyarse en las formaciones de centro-derecha para sacar adelante un acuerdo, ya que la coalición de partidos ecologistas y socialistas se ha colocado frontalmente frente a las nuevas medidas del gobierno de la Primera Ministra, Helle Thorning-Schmidt.

Desde el Ministerio de Finanzas se asegura que estas reformas son necesarias. “Ya somos la economía más débil de Escandinavia y no podemos seguir financiando el tipo de subsidios que muchos daneses han recibido desde su juventud. Vivimos en un mundo globalizado, y esto requiere modernizar el Estado del Bienestar si queremos que nos tomen en serio”, apuntó Bjarne Corydon el año pasado.

Desde la cartera de Economía se hacen afirmaciones similares. De hecho, este Ministerio ha publicado un informe que intenta determinar cuántos daneses viven como Carina o Roberto El Vago. Según el documento oficial, hablamos de al menos 250,000 personas, cifra que equivale a casi el 15% de la población empleada por el sector privado.

Una economía liberal (pese a todo)

El Índice 2014 de Libertad Económica pone de manifiesto que el país escandinavo es una de las diez economías más capitalistas del mundo. La calificación que brinda el estudio al área fiscal es muy baja, al hilo de aspectos como los mencionados anteriormente. No obstante, los resultados obtenidos en los demás campos evaluados es notable.

Así, Dinamarca recibe una valoración de entre 80 y 90 puntos en áreas como la protección de los derechos de propiedad, la ausencia de corrupción, la libertad empresarial, la flexibilidad laboral, la estabilidad monetaria, la apertura comercial, el marco para la inversión y la regulación financiera.

 

5.   Los demócratas de América Latina han perdido la batalla de las ideas frente a la izquierda populista y “bolivariana”

Autor: Ricardo Angoso

Agazapados, avergonzados, divididos y derrotados políticamente, los demócratas de todo el continente han perdido la batalla de las ideas y han sucumbido ante el avance de la izquierda marxista más revanchista y vengativa, tramposa y fulera. Una suerte de gran coalición formada por ex terroristas, guerrilleros guevaristas que no se arrepienten de sus crímenes y descarados comunistas reconvertidos en “bolivarianos”, junto con algunos oportunistas de la peor especie, se han hecho con el poder en América Latina y hoy rigen los destinos de este continente.

En muy poco tiempo, una vez que la izquierda se haga con el poder en Panamá y haya el traspaso de poderes en Chile, apenas quedarán en esta zona del mundo gobiernos de centro o derecha. ¿Y cómo ha sido posible este cambio, cómo la izquierda reconvertida en supuestamente democrática se ha hecho con las riendas de nuestra América? Muy sencillo: los demócratas del continente no han sido capaces de dar la batalla de las ideas y reivindicar como suyos los valores y principios esenciales de lo que conocemos como las sociedades abiertas, caracterizadas por el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales. Pero también sustentadas en una economía de libre mercado y en la existencia de potentes sociedades civiles desde donde se ejerce la crítica responsable, se garantizan los derechos a la libertad de información y expresión y el juego político se realiza a través de procesos democráticos libres y realmente competitivos.

Resulta bochornoso como la mayor parte de los líderes del continente han caído en la trampa de tolerar lo intolerable. Ya nadie condena las violaciones de los derechos humanos en Cuba y Venezuela. Se tolera a países como Nicaragua, donde el sistema democrático se ha desvirtuado completamente, y asistimos a una deriva totalitaria preocupante de la mano de ese tahúr que es el presidente de ese país, Daniel Ortega. La Organización de Estados Americanos (OEA) se ha convertido en un mero cascarón vacío sin contenidos, ni efectividad, ni capacidad de arbitrar el caos populista y el auge del autoritarismo que se padece en el continente.

Incluso en la pasada crisis hondureña, allá por el año 2009, en que el gobierno legítimo de Roberto Micheletti fue estigmatizado por los burócratas de Washington y la diplomacia chavista, se llegó al paroxismo de que quienes defendían la legalidad democrática y habían sacado de la escena política al castrocomunista Mel Zelaya, fueron castigados por la comunidad de naciones latinoamericanas y condenados al ostracismo más severo. Hasta la CNN y el torpe inquilino de la Casa Blanca, junto con los demócratas del “imperio”, se aliaron con los Zelaya y compañía.

Militares presos, terroristas en la calle. Mención aparte merecen los militares detenidos en Argentina, Colombia, Chile y Uruguay que, habiendo derrotado al comunismo que pretendían imponerles por la fuerzas las organizaciones terroristas financiadas por Cuba y también por la extinta Unión Soviética durante la Guerra Fría, ahora sufren el presidio, la condena al ostracismo y un lento pero inexorable exterminio debido a su avanzada edad. Más de dos centenares de estos presos políticos víctimas de la vendetta de la izquierda -que nunca perdona ni busca la reconciliación sino cuando está totalmente derrotada-, ya han fallecido en la Argentina y otros mil más se pudren en las mazmorras kirchneristas. Qué ignominia, Dios mío.

Los antiguos Montoneros, que sembraron las calles argentinas de terror y sangre, muerte y violencia indiscriminada, hoy ocupan  los despachos ministeriales y dictan sentencias, pero el juicio de la historia no se puede alterar: su proyecto político era convertir a la Argentina en una suerte de ergástula totalitaria al estilo de la isla-prisión de Cuba. Eran unos vulgares terroristas sin necesidad de buscar otros eufemismos para describirlos.

La paradoja es que mientras que aquellos que dieron la batalla contra la subversión, arriesgando sus vidas y las de sus familias, están en la cárcel, o ya muertos tras haber penado largas condenas, como fue el caso del general Jorge Rafael Videla, los antiguos terroristas, como  el líder montonero Mario Firmenich, están en la calle. E incluso gozan del respeto y la impunidad que les fue concedida en su momento.

Una situación parecida a la de los presos argentinos, se vive en Uruguay y Chile, donde otros militares cumplen largas condenas en aras de una falsa búsqueda de la justicia. Por ejemplo, y como prueba de cómo los demócratas han olvidado la historia y han aceptado las tergiversaciones de los marxistas, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, se negó a conceder el indulto a estos héroes de la patria que evitaron que el país cayera en la trampa comunista y que los terroristas llegaran al poder. Piñera prefirió jugar a hacer lo más políticamente correcto de una forma infame y cobarde y cedió  ante la vulgata marxista. Sin  embargo, todavía no ha movido ni un dedo para detener a los asesinos del político centrista Jaime Guzmán, asesinado en 1990, que no casualmente residen en Cuba y gozan de la hospitalidad del régimen de La Habana.  Como vemos, en esta América de nuestro tiempo la justicia es asimétrica.

La izquierda se reconvierte a través del Foro de Sao Paulo. El precio político de no haber dado la batalla de las ideas tendrá su coste en el largo plazo, volver al sentido común y a la democracia plena será un camino largo. Las instituciones políticas de Venezuela han sido destruidas, la democracia ya es meramente formal y se ha reducido a votar en unas elecciones fraudulentas cada x años, mientras la oposición democrática, a veces heroica, languidece. Maduro ha venido para quedarse por mucho tiempo, no será fácil apearle del poder.

Algo parecido ocurre en el Ecuador de Rafael Correa, que ya sueña con reelegirse mientras acaba con la libertad de prensa y ahoga la economía de mercado. Casos y situaciones parecidas se padecen también en Argentina, Bolivia y Nicaragua.

La antigua izquierda comunista, reconvertida ahora en supuestamente demócrata tras su puesta al día en la “factoría” del Foro de Sao Paulo, se apresta a dominar en casi todo el continente bajo nuevos ropajes, pero siempre con las mismas ideas y dispuestas para quedarse ad eternum en el poder. Han cambiado sus modos, porque ya pasaron los tiempos de la vía armada y cayó el Muro de Berlín, pero sus objetivos siguen siendo los mismos.

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