Archive for June, 2012|Monthly archive page

Quote of the Day

Each generation imagines itself to be more intelligent than the one that went before it, and wiser than the one that comes after it.
–George Orwell

Liberalismo – El Estado, la peor desgracia de la humanidad

Por: Jorge Valín

Afirmar que el Estado, el Gobierno, cada uno de los políticos, burócratas y funcionarios son la peor calamidad del hombre libre puede parecer exagerado y atrevido. ¿Es que no es peor el terrorismo internacional, los tsunamis, terremotos o el hambre en el mundo?

En la tradición libertaria siempre se ha asociado el Estado con una organización criminal que ha negado de una forma u otra la libertad al hombre. El liberal no hace excepciones y juzga a todos por igual. Los males necesarios son una contradicción. Si el crimen es perjudicial para la propia existencia del hombre, en ninguna circunstancia se puede permitir. Da igual que el criminal sea un vulgar ratero, la mafia o el Estado. Para el liberal, la privación por medio de la fuerza de la propiedad privada a otro hombre, es robo. No es menos criminal el carterista que nos usurpa nuestro dinero mediante el hurto, que el Estado con la extorsión de los impuestos. Para el liberal, es tiranía prohibir o regular los estilos de vida de las personas, da igual que se produzca en un régimen abiertamente totalitario o en democracia. Ningún sistema político es un fin, sino un medio y si éste niega cualquier grado de libertad no criminal al individuo, ha de ser combatido hasta que perezca.

Las grandes desgracias globales que nos asolan, las podemos separar en: factores humanos contra el hombre y factores naturales contra éste. Tales amenazas sólo son factores puntuales que, aún causando mucho dolor o pérdidas materiales (como los terremotos, grandes inundaciones, sequías, etc.), pueden ser resarcidos mediante el esfuerzo y cooperación de la comunidad y mercado. Tal cooperación, además, no crea pérdidas netas en otros miembros. Ni mercado ni voluntarios sociales roban a unos como hace el Estado para dárselo a otros.

Sólo hay una excepción. Tal alteración se produce cuando el mal, no entendido en su vertiente moral sino ética, se legitima a él mismo perpetuándose en el tiempo. Entonces, la calamidad del hombre es constante. Sólo el imperio de la ley puede hacer que la justicia pierda su último fin llegando a contradecirse continuamente: el criminal se convierte en el que vela por nuestra seguridad física. El ladrón pasa a ser el que nos proporciona el bienestar material y el predicador y el tirano se convierten en los garantes de nuestra libertad.

El Estado nos promete seguridad, bienestar material y libertad, pero a la vez es el causante de innumerables muertes diarias en todo el mundo con sus guerras contra el terrorismo y sus tropas de pacificación. Nuestros supuestos defensores, la policía, se convierten en agresora fiscalizando a la gente honrada, multando al ciudadano por hechos no criminales, con inspecciones, registros y violando los estilos de vida de las personas. Es la hacienda pública, el supuesto encargado de distribuir la riqueza, el mayor ladrón nacional de cualquier país. Son los políticos y tecnócratas los principales asesinos de nuestras ambiciones y libertad con excusas técnicas y circunstanciales. Sus leyes de igualdad, salud, ecología, bienestar y socialistas no nos garantizan libertad individual alguna, sino que la destruyen.

El daño no sólo es inmenso, sino diario, continuo y creciente. Así como la cooperación voluntaria de la comunidad y mercado nos ayudan a luchar contra los desastres naturales y el crimen de los antisociales, nada nos puede hacer detener el gran monopolio de la violencia: el Estado, la peor calamidad del hombre que jamás ha existido. Sólo cuando la gente entienda la realidad que significa el Estado, las cosas podrán cambiar y entonces afirmaremos que los desastres puntuales son las peores amenazas del hombre libre.

Liberalismo – ¿Quién teme a la prosperidad?

Por: John Stossel

¿Debería preocuparnos que los habitantes de China, la India y otros países en vías de desarrollo se estén enriqueciendo? Si hacemos caso a la prensa y sus expertos, sí.

No lo dicen así, claro; lo dicen, por ejemplo, así:

A medida que el desarrollo se extiende vertiginosamente por los países antaño miserables y saca a miles de millones de personas de la pobreza, la demanda de alimentos, minerales y combustibles se pone al rojo vivo y los proveedores luchan a brazo partido por satisfacerla. Los precios han entrado en esa espiral, y los americanos se ven inmersos en una puja frenética con compradores extranjeros por productos tan diversos como la lecha y la gasolina.

Sí, China está creciendo a marchas forzadas – un 10% el año pasado –, y está construyendo fábricas frenéticamente para producir a gran escala esos productos baratos que a los americanos nos encanta comprar. Pero, claro, para cumplir su cometido los productores chinos tienen que comprar combustible, acero y un largo etcétera de materias primas. Y como cada vez hay más demanda, los precios suben. También los de los alimentos, pues cada vez hay más chinos (e indios, e…) que comen más y mejor.

Así las cosas, nos dicen los medios, deberíamos preocuparnos por que los pobres estén dejando de serlo.

Pues no, mire usted por dónde. El mundo sería un lugar mucho más triste si el éxito económico de uno dependiera del fracaso de otro, ¿no cree?

Mucha más gente comprendería esto si leyera el imprescindible libro de Henry Hazlitt La economía en una lección, donde se dice, por ejemplo, lo que sigue: “El arte de la economía consiste en atender no sólo a lo inmediato, también a los efectos a más largo plazo de cualquier actividad o medida política”.

Ciertamente, a corto plazo la pujanza de China y la India empuja los precios al alza. Pero eso es sólo el principio de la historia; y es que un mayor número de demandantes y unos precios elevados generan, también, nuevas oportunidades para los empresarios y los emprendedores.

Pensemos, por ejemplo, en el petróleo. Cuando su precio sube, los empresarios y los innovadores tienen un poderoso incentivo para: 1) buscar más petróleo, 2) buscar maneras más eficientes de obtenerlo, 3) buscar alternativas al oro negro.

Nadie puede prever qué se les ocurrirá, pero eso no tiene la menor importancia. Por otro lado, los pronósticos que vaticinan el fin del progreso son tan antiguos como el progreso mismo, así que no hay razón para pensar que esta vez sí acertarán.

Nuestros líderes hablan y no paran de “proteger” a los trabajadores y las industrias, de crear industrias “verdes”, de poner en marcha planes para el reciclaje de la mano de obra. Así, por ejemplo, Hillary Clinton ha prometido que concederá apoyo estatal al desarrollo de nuevas tecnologías y medicinas que permitan salvar vidas. Y los medios les compran todas esas mercancías porque, al parecer, creen que, a menos que nuestros preclaros líderes se saquen de la manga tal o cual estímulo, nadie va a dedicarse a producir.

¡Qué majadería!

Si el Estado no anduviera metiéndose donde no le llaman, imponiendo asfixiantes regulaciones e impuestos de todo tipo para financiar sus planes utópicos, el mercado aportaría los bienes que se necesitaran. Siempre me ha gustado esta frase de Henry David Thoreau: “Para respaldar a las empresas, este Gobierno no ha hecho nada mejor que quitarse de en medio”.

El economista de la George Mason University Alexander Tabarrok tiene otra manera de mostrar los beneficios que se derivan de la extensión de la prosperidad. Cuanto más grande es el mercado – escribió hace unos meses en Forbes –, más interés tienen las grandes compañías en fabricar productos que requieren de elevadas inversiones en I+D, como los medicamentos. Así que, a medida que haya más chinos e indios capaces de comprar más cosas, las empresas de todo el mundo se irán decidiendo a fabricar productos que antes no eran rentables. El resultado de todo ello será que tendremos a nuestra disposición productos que mejorarán nuestra calidad de vida.

Dice más Tabarrok. Atiendan:

Sorprendentemente, en el mundo sólo hay unos seis millones de científicos e ingenieros, y cerca de la cuarta parte reside en Estados Unidos. Pobreza quiere decir que millones de potenciales eminencias científicas se pasan la vida tratando de sobrevivir en vez de acometiendo proyectos de relevancia para la Humanidad. Si el mundo fuera tan rico como Estados Unidos y dedicase la misma cantidad de gente a la I + D, el número de científicos sería cinco veces superior al actual.

O sea, que cuanto más ricos haya, mucho mejor. ¿Oído cocina?

Liberalismo – Pánico, recalentamiento y consecuencias

Por: Dennis T. Avery

Confrontamos una crisis de alimentos por la creciente utilización de las cosechas para producir biocombustibles. Además, miles de agricultores en Estados Unidos están retirando sus tierras de los programas de conservación del gobierno. La escasez de granos aumenta, pero se disparan sus precios y quienes crían cerdos los están matando porque resulta antieconómica su alimentación.

Los países asiáticos están prohibiendo la exportación de arroz para poder garantizar el consumo de su gente, debido a que muchos de los productores de arroz se han cambiado para maíz, vendiéndolo a quienes lo utilizan en la producción de etanol.

Todo esto se debe al pánico del recalentamiento global que ha hecho que la gente crea que conviene más quemar los comestibles para producir energía, en lugar de que la gente y el ganado se alimente con ellos.

Desde hace más de dos años, los economistas han estado prediciendo las terribles consecuencias de las regulaciones y subsidios a los biocombustibles que dan la espalda a la creciente demanda de alimentos en los países en desarrollo y al aumento de la población mundial.

En un acre (4.047 metros cuadrados) de terrenos agrícolas se logra producir apenas 50 galones (189 litros) de biocombustibles al año. Pero en Estados Unidos se consumen 134 mil millones de galones de gasolina anualmente. El masivo traspaso de la producción de alimentos a la ineficiente producción de biocombustibles es una tragedia tanto nacional como mundial. La inmensa cantidad de terrenos requerida para la producción de biocombustibles ha hecho que el desastre no se haga esperar.

En los últimos dos años, el precio de una fanega de maíz se ha disparado de 1,86 dólares a 6 dólares. Así constatamos los verdaderos resultados de políticas en contra de la utilización del carbón, la exploración de nuevos campos petroleros y lo costoso y complicado que es obtener permisos para una nueva planta nuclear. El resultado es hambre, necesidad y la destrucción de los recursos naturales del planeta.

El calentamiento terrestre desde 1940 ha sido de 0,2 grados centígrados y no ha habido calentamiento algunos durante los últimos 10 años. Por el contrario, la temperatura bajó en 2007, aunque el año pasado aumentó el dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. ¿Tendremos que pasar hambre y necesidad para satisfacer a los alarmistas?

Liberalismo – Como profetas, los ecologistas no tienen precio

Por: Walter E. Williams

En 1969, durante la celebración del primer Día de la Tierra, el ecologista Nigel Calder se despachó con lo que sigue: “La amenaza de una nueva Edad de Hielo ha de figurar junto a la guerra nuclear como una de las fuentes probables de miseria y muerte a gran escala”. El mismo año, C. C. Wallen, de la Organización Meteorológica Mundial, declaró: “El enfriamiento registrado desde 1940 es de tal alcance y consistencia que en breve no podrá ser corregido”.

En el célebre 1968, el profesor Paul Ehrlich, héroe y mentor del vicepresidente Gore, predijo que EE.UU. padecería una gravísima hambruna. “En los 70 –afirmó–, centenares de millones de personas morirán de hambre”. De acuerdo con los vaticinios de Ehrlich, 65 millones de americanos perecerían de inanición entre 1980 y 1989, y para 1999 la población de EE.UU. habría descendido hasta los 22,6 millones. Con todo, sus predicciones para la tierra de John Bull eran aún más lúgubres: “Si fuera aficionado al juego, apostaría a que Inglaterra no existirá en el año 2000”.

En 1972 el Club de Roma evacuó un informe en el que alertaba de que el oro se agotaría en 1981, el mercurio y la plata en 1985, el estaño en 1987 y el petróleo, el cobre, el plomo y el gas natural en 1992. Previamente, Gordon Taylor había afirmado, en The Doomsday Book (1970), que, si nadie se lo impedía, los americanos consumirían todos los recursos del planeta allá por el año 2000. También de 1970 data la siguiente profecía del biólogo de Harvard George Wald: “La civilización tocará a su fin en quince o treinta años, a menos que actúe de inmediato para resolver los problemas que tiene planteados la Humanidad”; y este augurio del senador Gaylord Nelson: “[Para 1995,] entre el 75 y el 85% de las especies animales se habrán extinguido”.

En la imagen, una refinería de petróleo situada en California. Los catastrofistas se equivocaron ayer y anteayer. En 1885 el Servicio Geológico de EE.UU. anunció que había “pocas posibilidades, o ninguna” de que hubiera petróleo en California; pocos años después dijo lo mismo de Kansas y Texas. En 1939, el Departamento de Interior anunció que las reservas americanas de petróleo durarían sólo 13 años más. En 1949, el secretario de Interior dijo que el desabastecimiento americano de petróleo estaba al caer. En 1974, el Servicio Geológico (volvemos a vérnoslas con este organismo) aseguró que EE.UU. sólo tenía gas natural para 10 años; el caso es que la American Gas Association dice que hay gas para los próximos 1.000 ó 2.500 años).

En 1970, los verdes vaticinaban un enfriamiento del planeta (antropogénico, claro), el advenimiento de una nueva Edad de Hielo y la muerte por inanición de millones de americanos. ¿Qué tipo de medidas debió haber tomado el Gobierno para evitar ese desastre que jamás se produjo? En 1968, Ehrlich predijo que Inglaterra no existiría en el año 2000. ¿Qué debió hacer el Parlamento británico para prevenir semejante calamidad, que finalmente no tuvo lugar? En 1939 el Departamento de Interior advirtió de que EE.UU. sólo tenía petróleo para otros 13 años. ¿Qué tendría que haber hecho el presidente Roosevelt para prevenir lo que no vino? Y ahora, permítanme una última pregunta: ¿qué nos hace pensar que el alarmismo ecologista es más digno de crédito ahora que ha cambiado el enfriamiento por el calentamiento global?

El vapor de agua es el responsable de más del 95% del efecto invernadero, sin el cual la temperatura media de la Tierra podría ser de –17ºC. La mayor parte del cambio climático es producto de las excentricidades orbitales del planeta y de la actividad registrada en el Sol. Por otro lado, los pantanos naturales emiten cada año más gases de efecto invernadero que todas las fuentes de origen humano juntas.

Liberalismo – Los cantos de sirena del Estado

Por:Robert Higgs

El Estado es la más destructiva institución concebida por los humanos, un incendio que puede ser controlado por muy poco tiempo, antes que se propaguen las llamas por todas partes. Lo que promueve el crecimiento del Estado debilita la defensa de los individuos y nada promueve más el crecimiento del Estado que una emergencia nacional.

La actividad fundamental del Estado es el robo, aunque le dan otro nombre –impuestos-, bajo la excusa de que se trata de una obligación, inclusive moral.

Todos los gobiernos son oligarquías, ya que apenas un pequeño grupo de personas toman las riendas y deciden cómo usar el poder. Detrás de ellos, un grupo más grande constituye la coalición que los apoya. Ese otro grupo goza de privilegios legales, subsidios, cargos, concesiones exclusivas, licencias y transferencias de riqueza, a costa de las masas. Así utilizan la fuerza, incluyendo la policía y el ejército, para explotar a los demás, obligándolos a respetar las leyes que imponen.

Los rituales democráticos, tales como las elecciones, disfrazan el expolio y le hacen creer a las masas que el gobierno las está beneficiando. Pero, ¿algo que no se logra sin hacer uso de la violencia puede realmente ser de beneficio para todos?

A pesar del encanto ideológico que los altos funcionarios y los intelectuales estatistas utilizan para desplumar a la gente, a veces la gente se resiste y apoya a políticos que prometen aligerar las cargas, evaden impuestos y regulaciones, operan en la economía informal, violan las prohibiciones o emigran.

Esa reacción de la gente establece un cierto límite y la política puede verse como la pelea para arrimar ese lindero, en una u otra dirección. Mientras que las “emergencias nacionales” ayudan a la clase política a debilitar a quienes se oponen a la expansión del gobierno.

Casi cualquier guerra sirve el objetivo político porque une a la gente, al menos en el corto plazo, en apoyo a la bandera. Y como el gobierno siempre entona cantos de sirenas, esa constante propaganda cala, especialmente cuando se logra asustar a la gente y se utiliza a los medios de comunicación para lograrlo.

La llamada “guerra contra el terrorismo” ha disparado el crecimiento de ciertas industrias en Estados Unidos. Entre 1999 y 2006, el número de empresas contratistas del Departamento de Seguridad Nacional se disparó de nueve a 33.890 compañías. Y lo menos que los buitres quieren es que disminuya el miedo, lo cual terminaría con sus negocios que dependen totalmente del dinero proveniente de los impuestos.

¿Qué chance tiene la paz cuando tantos oportunistas dependen de la “guerra contra el terrorismo” para su éxito financiero? Para el Congreso, el Departamento de Seguridad Nacional se ha convertido en la principal fuente de prebendas políticas y de coimas. Todos están felices, con excepción del ciudadano común y corriente, a quien le meten la mano en el bolsillo y le coartan su libertad.

Un Estado pacífico es una virtual imposibilidad. Cuando no pelea con extranjeros, pelea con su propia gente, para mantenerla bajo control. Nunca gozaremos de una paz duradera mientras nuestra lealtad sea a un rey, que en nuestro caso es ese conglomerado de explotadores institucionalizados que llamamos Estado.

Liberalismo – El Estado benefactor corrompe

Por: Tibor R. Machan

Los mayores receptores de ayuda gubernamental no son las madres solteras ni la gente muy pobre, sino grandes empresas con buenos contactos políticos que reciben subsidios, protección de la competencia extranjera y las rescatan si hacen malos negocios. Todo eso es ilegítimo e injusto.

En 1970 publiqué “Justicia y el Estado benefactor”, un ensayo demostrando que el Estado benefactor destruye la necesaria conexión entre causa y efecto, promoviendo la injusticia. La gente que se gana la vida no se queda con el dinero que gana con su esfuerzo, mientras que aquellos que no lo hacen tienen al gobierno saqueando a los demás para beneficiarlos.

Claro que se puede ayudar a los demás sin injusticias, cuando otros contribuyen voluntariamente para ayudar a quienes lo necesitan, a menudo por poco tiempo. Esa generosidad, caridad y filantropía es frecuente y apropiada entre los seres humanos. Lo que no es eficiente ni apropiado es la extorsión de dinero por parte de políticos y burócratas para financiar empresas fracasadas y a gente que se acostumbra a vivir de la caridad gubernamental.

Otro resultado del Estado benefactor es que promueve la corrupción de la responsabilidad individual. A millones se les dice que pueden actuar irresponsablemente, no practicar la virtud ni la moral ni la prudencia porque otros pagarán por sus errores. Es humano dar ayuda temporal a quien se equivoca, pero eso no es lo mismo que fomentar que cientos de miles vivan indefinidamente del esfuerzo de quienes trabajan y son responsables.

Parte de la tragedia es que a millones de niños se les está inculcando que ellos no son responsables de su propio futuro y que los funcionarios y políticos estarán siempre a su lado para que cuenten con lo necesario.

Claro que el Estado benefactor nada tiene que ver con generosidad, compasión ni caridad porque se fundamenta en redistribuir lo que pertenece a otros. El Estado benefactor tiene más bien que ver con utilizar la fuerza para transferir la propiedad perteneciente a ciertos ciudadanos para ser redistribuida por quienes buscan conseguir apoyo político de determinados grupos en las próximas elecciones.

¿Por qué tanta gente se endeuda más de lo que va a poder pagar? ¿Por qué se inician empresas con insuficiente capital? En parte, quizás, porque la educación pública enseña que no hay que preocuparse mucho por el futuro, ya que siempre tendremos a un gobierno benefactor que nos protegerá.

Así, además de corruptor, el Estado benefactor promueve creencias falsas sobre lo que se requiere para alcanzar el éxito en el ámbito personal y familiar, en los negocios y como país.

Liberalismo – Legalicemos todas las drogas

Por:John Stossel

Para mi sorpresa, el otro día di con mi cara bonita en la página de cotilleos del New York Post; sobre un pie de foto que decía: “John Stossel, de la cadena ABC, quiere que el Gobierno deje de interferir en el derecho de la gente a colocarse (…) La concurrencia guardó silencio ante su llamamiento a la legalización de las drogas duras”.

Todo esto está relacionado con mi asistencia a un acto organizado por el Marijuana Policy Project para celebrar la aprobación, por parte del Legislativo del estado de Nueva York, de una ley –que aún no ha recibido el visto bueno del Senado local– por la que se autoriza el uso de la marihuana con fines terapéuticos. Cuando me dirigí a los allí presentes, dije que resultaba patético que se considerara digno de celebración el hecho de que una propuesta de este tipo haya conseguido llegar al Senado. Claro que el uso terapéutico de la marihuana debería ser legal. De hecho, para los adultos todo debería ser legal.

Luego de incontables años de informar sobre ella, estoy convencido de que la guerra contra las drogas es más perjudicial que cualquier sustancia estupefaciente.

Los adultos deberían ser dueños de sus propios cuerpos, así que no es intelectualmente honesto abogar por que “sólo la marihuana” sea legal, y sólo para fines terapéuticos. Deberían ser legales todas las drogas.

“¿Cómo puede usted decir una estupidez como ésa?”, me preguntó una vez mi ayudante. Y añadió: “Los efectos de la heroína y la cocaína no tienen vuelta atrás. En cuanto al crack, basta que lo pruebes una sola vez para que te quedes enganchado. La legalización de las drogas haría que creciera el número de drogadictos, lo que a su vez se traduciría en un aumento de la violencia, de la pobreza, del número de niños nacidos fuera del matrimonio, etcétera”.

Los argumentos de mi ayudante son los típicos de los que libran la referida guerra contra las drogas, y puede que la mayoría de los estadounidenses esté de acuerdo con ellos. Si así fuera, la mayoría de los americanos estaría equivocada.

– Mito No.1: Los efectos de la heroína y la cocaína no tienen vuelta atrás

En la década de los 80 la prensa decía que los crack-babies [hijos de madres adictas al crack] sufrían “daños irreparables”. La revista Rolling Stone se basó en un estudio realizado sobre sólo 23 criaturas para sostener que los crack-babies eran como los “autómatas” y no reaccionaban ante las muestras de cariño.

Eso no es verdad. Así de simple. No hay una sola prueba de que los crack-babies se desenvuelvan peor que los demás niños.

– Mito No. 2: Si pruebas el crack una sola vez, ya estás enganchado

Echemos un vistazo a los datos de este estudio de 2003. Si bien el 15% de los adultos jóvenes había consumido crack alguna vez, en el mes previo a la consulta sólo lo había hecho un 2%. Si el crack es tan adictivo, ¿por qué la mayor parte de quienes lo han probado no lo consume habitualmente?

Hubo un tiempo en que solía decirse que era prácticamente imposible dejar la heroína, pero lo cierto es que el 85% de los soldados que la probaron en Vietnam dejaron de tomarla al volver a casa (en el primer año).

La gente es libre. Con el tiempo, la mayoría de los que consumen drogas se centran y las dejan. Por otra parte, la mayoría de los consumidores habituales lleva una vida perfectamente responsable, como ha escrito Jacob Sullum en el libro Saying Yes (Decir sí).

– Mito No. 3: Las drogas fomentan el crimen

No: es la guerra contra las drogas lo que provoca que haya crímenes.

Son muy pocos los consumidores que atacan o roban a la gente porque están puestos. La mayoría de los delitos se producen porque las drogas son ilegales y sólo pueden conseguirse en el mercado negro. Los traficantes se arman y forman bandas porque no pueden pedir a la policía que proteja sus vidas y propiedades. Asimismo, hay consumidores que roban para poder pagar los altos precios que se piden en el mercado negro.

El Gobierno dice que la heroína, la cocaína y la nicotina son prácticamente igual de adictivas, y cerca de la mitad de quienes consumen coca y tabaco afirman que el mono de nicotina es, por lo menos, igual de fuerte que el de cocaína. Ahora bien, nadie va por ahí atracando estancos para fumarse un Marlboro.

La Ley Seca creó a Al Capone y las organizaciones mafiosas. Los efectos de la prohibición de las drogas son todavía peores: está sumiendo en la corrupción a países enteros y financiando el terrorismo.

“Stossel admitió que su propia hija, de 22 años, no cree que [la legalización] sea una buena idea”, decía el New York Post. Bueno, lo que dijo mi hija es que la legalización de la cocaína daría pie, probablemente, a un mayor uso –y abuso– de dicha sustancia.

Yo no estoy tan seguro. Lo que está claro es que la prohibición de las drogas no ha impedido a los jóvenes acercarse a ellas. Y si ni siquiera hemos conseguido erradicarlas de las cárceles, ¿cómo podemos esperar que desaparezcan del país entero?

Con todo, asumamos que mi hija está en lo cierto, que la legalización llevaría a que se experimentara más con las drogas y hubiera más adictos. Pues aun así seguiría diciendo: lo mejor es legalizarlas.

Si las drogas perjudican a muchos, el mercado negro perjudica a muchos más. Pero lo más importante de todo es esto: en un país libre, los adultos deben tener derecho a perjudicarse a sí mismos.

Liberalismo – ¿Quo vadis, Occidente?

Por: Phyllis Chesler

Llevo años manteniendo que la guerra más importante y candente es la de las ideas y la propaganda. El mundo árabe-musulmán tiene una visión estratégica, es astuto, inteligente, y cuando se tercia miente sin vergüenza (recuerde el caso Al Dura, o el de la supuesta matanza de Yenín). Por su parte, el políticamente correcto mundo occidental no sólo se traga todas las mentiras que le echen, sino que prácticamente les otorga el tratamiento de verdades reveladas.

Vemos algunos ejemplos de cómo Occidente contribuye, activa y demencialmente, a difundir mentiras que sólo pueden perjudicarle.

“La BBC defiende la decapitación de musulmanes”, hemos leído en alguna parte. “Los jefes de la BBC han defendido la espeluznante decapitación de un musulmán a manos de un cristiano fanático en una nueva serie –hemos seguido leyendo–. La escena de la decapitación aparece en un episodio relacionado con (…) las Cruzadas”.

¿Pero qué clase de gente crea estos programas? ¿Se les han fundido los cables o qué? Y, ya puestos a hacer preguntas, ¿son cristianos o musulmanes los que andan cortando cabezas en la actualidad? ¿Son o no son musulmanes los que persiguen y fuerzan a abandonar sus hogares a aquellos infieles (judíos, cristianos, hindúes, bahais, etcétera) que viven en territorios supuestamente islámicos? ¿Por qué es tan frecuente que se cargue contra la realidad histórica y contemporánea, incluso en los dominios de la ficción?

El otro día el Gobierno británico concedió una subvención por valor de 70.000 dólares a una web islámica: Muslim Youth, que celebra los atentados suicidas y las decapitaciones de Daniel Pearl y Ken Bigley. A esto se dedica el Gabinete Brown cuando apenas faltan unas semanas para el tercer aniversario de los atentados islamistas de Londres.

Sin duda, el Gobierno de Su Majestad considera que al conceder subvenciones de ese tipo está practicando la diplomacia y se está mostrando sensible. Pero resulta que los islamistas emigrados a Occidente y los regímenes fundamentalistas también saben hacer propaganda. Las tiranías del Tercer Mundo destinan sumas ingentes a difundir mentiras descomunales sobre Occidente. Así, en vez de dar cuenta de la persecución que padecen los cristianos en tierras del Islam, mienten que en Europa hay zonas prohibidas para los fieles de Alá.

En estos momentos se está juzgando en Londres a dos musulmanes partidarios de la “yihad violenta”. Habían planeado crear un Estado musulmán clandestino en el corazón de Escocia, para que pudieran vivir en él los musulmanes que se sientan “oprimidos”. Por cierto, estos sujetos tenían cintas de vídeo con decapitaciones de ciudadanos americanos en Irak. Lo mismo la BBC decide llevar su historia a la ficción y nos ofrece una de musulmanes decapitados por cristianos en Bagdad…

Los regímenes que atropellan de continuo los derechos humanos no paran de denunciar a los países democráticos y de exigirles que se reformen. En fechas recientes el Consejo de Derechos Humanos de la ONU abogó por la abolición de la monarquía británica. Son miembros de dicho organismo Estados como Arabia Saudí, Cuba o Sri Lanka. ¿Qué pasa, que no hay debate en el Consejo sobre la Casa de Saud?

Según el Telegraph, el organismo onusino de marras se mostró igualmente crítico con el trato dado por Londres a los inmigrantes procedentes del Sudán. ¿Pero no dijo ni pío sobre el genocidio árabe contra los sudaneses de raza negra? Pues claro que no. Faltaría más.

“Los representantes sirios acusaron al Reino Unido de discriminar a los musulmanes, e Irán denunció el historial británico en materia de discriminación sexual”, informó dicho rotativo. Verdaderamente, esto es de locos, sobre todo si se tiene en cuenta cómo se las gasta el régimen de los ayatolás con las mujeres en general y con las feministas en particular, o qué ha hecho históricamente el mundo islámico con los infieles.

¿Quo vadis, Occidente timorato?

Liberalismo – Jackson, la moral y el destino de los individuos

Por: Carlos Rodríguez Braun

El historiador Gabriel Jackson, un darling del pensamiento único, afirma en El País: “el mercado no se preocupa por el destino de los individuos”. Y añade: “el mercado, si no se regula, es completamente amoral… la competencia de mercado decide qué productos son los más atractivos para los consumidores… la crisis de las hipotecas basura…es un ejemplo perfecto de la amoralidad del mercado”.

Es característica de los enemigos de la libertad la negación de la responsabilidad individual. Así, los individuos no pueden preocuparse por su destino, porque son obviamente irresponsables. Entonces, “el mercado” es visto como una entidad separada de las personas, a la que se adjudican toda suerte de deficiencias, para no tener que confesar abiertamente la tesis fundamental: como la gente es idiota, alguien tiene que preocuparse por ella. No pueden ser libres (o sea, el mercado) y por tanto es la alternativa la que vale, y la alternativa de la libertad es la coacción. Quienes deben preocuparse por el destino de los individuos no pueden ser los individuos libres, con lo cual el protagonismo debe ser para quien encarna la coacción: el poder político y legislativo.

Para sostener una tesis tan paternalista, repito, hay que despreciar al individuo, que no es capaz de elegir lo que le resulta más atractivo consumir. Como en realidad no es libre, sus decisiones no pueden ser morales, porque la moral es siempre voluntaria. Eso es lo que quieren decir los enemigos de la libertad cuando dicen que el mercado –o sea, la gente libre, la única que puede tener y tiene sentido moral– es amoral.

Si la libertad es amoral, entonces su opuesto es quien está provisto de sentido moral. Y de ahí la conclusión de que el Estado es quien encarna la ética. Tan disparatada noción debe ser acolchada por la ficción de que todo contratiempo es derivado de la libertad. Así, cuando aparecen los problemas en unos regímenes bancarios regulados públicamente dentro unos sistemas monetarios monopólicos y públicos, la corrección política corre en busca del obvio culpable: el mercado, es decir, la libertad.