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Liberalismo – La solución de la pobreza

La solución de la pobreza

Autor: Manuel F. Ayau Cordón

Todo el mundo cree tener la solución. Lo malo es que la fórmula suele ser la misma y no funciona: que el gobierno promulgue más leyes que resuelvan los problemas.

Su solución al problema de la pobreza depende de la teoría que usted sustenta sobre la producción de la riqueza. Por ejemplo, si usted es de los que creen que la riqueza nos llueve todos los días del cielo, pero que los ricos la interceptan y la mandan a Miami, entonces la solución es fácil: amarrar a los ricos y permitir que se derrame la riqueza entre todos los sectores pobres.

Si usted participa de la teoría marxista que atribuye la creación de la riqueza a “las fuerzas naturales productivas”, entonces, nuevamente es un problema de distribución porque de acuerdo con esa teoría la riqueza se produce automáticamente y lo que pasa es que los despiadados explotadores se apropian de ella. Nuevamente, la solución es fácil: amarrarlos y no permitir esa expropiación de lo que es de todos.

Si usted es de los que cree que la riqueza es tener tierra, la solución es fácil: una reforma agraria. El problema es que en ninguna parte funciona y si se da la tierra en propiedad a la gente pronto la abandonan por falta de recursos complementarios o la venden y regresa a un patrón de mercado. Pero después se puede hacer otra reforma agraria y después otra más…

Si usted es de los que creen que Dios creo la riqueza material, la solución es elusiva, porque si bien es fácil encontrar los árboles de manzanas y las verduras naturales, nos va a costar encontrar los árboles de televisores, de teléfonos, de automóviles y todas las demás cosas que constituyen la riqueza.

Si usted es de los que cree que la pobreza se soluciona usando acertadamente el poder público con las genialidades que se le ocurra al mandatario de turno según el lado de la cama que se levantó, entonces la solución es fácil: hay que encontrar cual es el lado de la cama que funciona bien, para evitar que se levante del lado equivocado.

Ahora, si usted es humilde y reconoce las limitaciones del ser humano, que no hay nadie omnisciente ni infalible en cuestiones económicas; que la información es imperfecta y costosa y tan vasta que nadie la puede tener toda; y se entera que todas las cosas son escasas (que hay que economizarlas); que la asignación de recursos es una cosa delicada que ocurre “al margen” y no en promedios; que la macro es bonita pero no produce nada y no hay que hacerle caso; entonces estará acercándose a la sabiduría que reconoce que la solución es fácil: abstenerse de dirigir a los demás y, sobre todo, no estorbar la producción de riqueza con genialidades. Eso traerá una economía libre, respetuosa y productiva, sin que usted la tenga que entender. Es la más fácil solución y la única que ha funcionado. El problema es que cuesta ser humilde y, para colmo, el mérito del éxito no se le puede adjudicar a nadie, más que a Dios que puso a la humanidad desnuda en el mundo, pero nos dio suficiente inteligencia para proveernos de ropa. No nos dio comida ni casa ni automóviles ni penicilina ni computadoras, pero según el casete que en aquella ocasión grabó Tucurú, Dios le dijo a los humanos: “allí tenéis el mundo, el sol, el agua, los minerales y otros recursos; utilizadlos con libertad y responsabilidad individual y resolverás el problema de la pobreza. Delegad al gobierno que os dirija y os encontrarás en la lista de países subdesarrollados recibiendo limosna de entidades internacionales y dirigidos por las ONGs para poder seguir viviendo pobres. ¡Suerte!“

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Liberalismo – Después del Socialismo

Después del Socialismo

Autor: Virginia Postrel

Hoy, los restos del socialismo duro existen en los muy pocos países con regímenes deliberadamente socialistas, de los cuales Corea del Norte es el ejemplo más puro, y en algunas industrias entre los países no socialistas. Pero algunos restos quedan.

El socialismo duro desapareció tan rápidamente, como política y como ideal, que hemos olvidado cuán absolutamente comunes solían ser sus supuestos. Esa es una razón por la cual podemos debatir seriamente si la situación actual representa un “socialismo reptante”, término que data de la década de 1950, cuando el socialismo realmente estaba avanzando.

La otra clase de “socialismo” podría llamarse más apropiadamente “social democracia”, o Estado redistributivo. Este es el modelo sueco, que utiliza la redistribución masiva mediante la recaudación de impuestos y subsidios para reorganizar los resultados económicos. El objetivo es el mismo del socialismo duro – una asignación más justa de los recursos – y la ideología impulsora es el igualitarismo económico.

La forma “social demócrata” de socialismo es difícil de mantener porque entra en choque con la presión política de la democracia – que reemplaza a las cuestiones abstractas como la “justicia” con los cálculos prácticos de la política de grupos de interés – y la presión económica de los mercados abiertos. Las democracias occidentales, Suecia incluida, no han estado dispuestas a sacrificar su libertad política o su prosperidad general para mantener el siempre creciente socialismo. Por ejemplo, no han impedido que su pueblo se vaya del país o incluso, en la mayoría de los casos, que envíen su dinero al exterior. Esa libertad ha mantenido la legitimidad política de las social democracias, pero minó su capacidad de seguir siendo socialistas.

No estamos experimentando un “socialismo reptante”. Ese no es el desafío que enfrentamos. Si uno está acostumbrado a luchar contra el socialismo, y en consecuencia ha desarrollado sus argumentos, tácticas, y alianzas, resulta tentador definir a cualquier forma de redistribución o regulación como socialismo reptante y por lo tanto declarar que la expansión de cualquier y todos los programas del gobierno es socialismo. Pero esa definición purgadora lleva a una confusión política y económica: destruye la capacidad de detectar amenazas tempranamente, de formar alianzas y percibir enemigos, y de afilar argumentos.

Debemos tener en mente qué es el socialismo, y por lo tanto qué no es. El socialismo, reptante o galopante, es un concepto ideológico con un sentido particular de qué es importante. Lo que distingue al socialismo es su atracción hacia la justicia económica. Declara que los mercados no asignan la riqueza y el poder justamente, y que los procesos políticos harían un mejor trabajo. El socialismo no es sencillamente pasar dinero de los indefensos a los poderosos – un objetivo tan antiguo como la política – sino allanar la distribución de ingreso y riqueza. El gasto desmedido no es socialismo. Los subsidios agrícolas no son socialismo. El “Bienestar Corporativo” no es socialismo. Estos programas no son de naturaleza ideológica. Son de grupos de interés en competencia.

Los mercados tienen muchas características. Sirven a, y expresan, la búsqueda individual de la felicidad. Difunden ideas. Fomentan el cambio en las formas en que la gente vive y trabaja, y en qué rasgos del carácter son valoradas. Disuelven y rearman categorías existentes, desde géneros artísticos a ocupaciones. Incentivan la constante búsqueda de mejoras, y sujetan las nuevas ideas a la prueba cruel e impasible. Los mercados evolucionan mediante ensayo y error, experimentación y retroalimentación. Están fuera del control de todos, y sus resultados son impredecibles. Es este dinamismo de los mercados – su naturaleza como procesos de final abierto, descentralizados de descubrimiento – lo que atrae la mayor oposición ideológica de hoy.

El desafío más fuerte de los mercados hoy, y de los ideales liberales en términos más generales, no es respecto a la justicia. Es respecto a la estabilidad y el control – no como elección en nuestras vidas como individuos, sino como política para la sociedad como un Todo. Es el argumento según el cual los mercados son disgregadores y caóticos, que hacen que el futuro sea impredecible, y que presentan demasiados valores diversos en lugar de “una mejor manera”. El desafío más importante de los mercados hoy no es la ideología del socialismo sino la ideología de la estabilidad (stasis), la noción de que la buena sociedad es aquella con inmovilidad, predicción y control. Por lo tanto, el rol del Estado, desde esta perspectiva, no es tanto reasignar la riqueza como redireccionar, dirigir, o poner fin a la impredecible evolución del mercado.

Los estáticos (stasists) oponen a los mercados porque la evolución descentralizada de los procesos de mercado crea no sólo cambio sino cambio de una clase particular. Al servir los diversos deseos de los individuos y al recompensar a los innovadores que encuentran las mejoras populares, los mercados constantemente perturban las nociones unitarias de cómo debería ser el futuro. Los mercados no construyen un puente al futuro – un camino del punto A al punto B a través de un abismo aterrador; constantemente agregan nodos y pasadizos en una red de muchos futuros diferentes. Los procesos de mercado hacen que sea imposible que la sociedad en su totalidad adhiera a un ideal estático – ya sea que ese ideal sea una manera tradicional de vida, el status quo, o la noción de un planificador de cuál es el mejor futuro.

El ataque estático a los mercados, sin importar de qué parte del antiguo espectro pueda provenir, aplica dos tácticas comunes que son muy diferentes a los viejos argumentos del socialismo. Primero, sostiene que no deberíamos dejar que las personas se arriesgaran con nuevas ideas que podrían tener consecuencias negativas.

El segundo ataque estático a los mercados tiene un potencial igualmente devastador. Es el argumento contra las externalidades, es decir los efectos secundarios negativos. La mayoría de nosotros ha estado dispuesta a aceptar el problema de las externalidades en áreas tales como la contaminación del aire y a buscar maneras de tratar la cuestión con una mínima disrupción de los procesos de mercado. Pero es bastante fácil declarar que toda acción de mercado tiene efectos secundarios potencialmente negativos. De hecho, vemos cada vez más el argumento de la externalidad apuntado no sólo hacia los productores, el objetivo tradicional, sino hacia los consumidores. Mi elección de qué películas mirar crea una contaminación cultural. Mi compra de envases convenientes produce deshechos ambientales. El color de mi casa o el frente del estacionamiento no les agradan a mis vecinos. Mi adquisición de bienes de consumo lleva a una “fiebre de lujo” que daña a todos. Estamos todos conectados en el mercado, y por lo tanto, desde esta perspectiva, nuestras acciones deben estar estrechamente reguladas para contener todos los deshechos.

Tiene mucha importancia que definamos a nuestro desafío central actual como opuesto al socialismo o protector del dinamismo. Si declaramos a “la izquierda” como nuestros enemigos y a “la derecha” como nuestros aliados, basados en presupuestos anti-socialistas, ignoraremos la emergente alianza izquierda-derecha contra los mercados. Nos perderemos la importancia simbólica y práctica de cuestiones de vanguardia como la biotecnología, la cultura popular, el comercio internacional, y el gobierno de Internet. Sacrificaremos áreas enteras de investigación e innovación para seguir amigos de personas que estarán de acuerdo con recortar impuestos sólo un poco, y sólo para familias con hijos. Perderemos la oportunidad de profundizar la apreciación de los procesos de mercado entre las personas que carecen del adecuado pedigrí político. Sacrificaremos el futuro de la libertad para preservar los hábitos del pasado.

Así que, sí, soy optimista respecto del socialismo reptante. Siempre debemos estar atentos, por supuesto, y aún tenemos muchos legados socialistas con los cuales lidiar – legados que pueden proveer poderosas herramientas a los partidarios del estancamiento. Pero el socialismo está muerto como ideal y está muriendo como política. Los desafíos del siglo XXI serán diferentes: serán defender las virtudes del dinamismo y reunir una nueva coalición en su nombre. La forma en que nos levantemos frente a esos desafíos determinará que el siglo próximo marque a un nuevo liberalismo floreciente, u otra larga era de oscura lucha.

Liberalismo – Socialismo hermafrodita

Socialismo hermafrodita

Autor: Álvaro Bardón

 

El clásico objetivo socialista es eliminar la desigualdad que genera el capitalismo. En éste supuestamente se explota y roba al trabajador y por ello había que hacer la revolución proletaria -necesariamente violenta-, terminar con la propiedad privada e implantar la planificación central, mientras se llegaba a la sociedad sin clases y sin Estado porque éste siempre ha sido un instrumento de explotación, genialidad de Marx que los socialistas olvidan.

No les voy a recordar las dictaduras, hambrunas y muertos que dejaron. En Chile, terminaron de liquidar la democracia y el desarrollo, y nos legaron a Pinochet. Finalmente, los militares cambiaron el país para bien y, en una de esas, los socialistas podrían incluso vendernos que ellos generaron esta dialéctica de tesis, antítesis y síntesis.

Los partidos socialistas deberían haberse declarado en quiebra, pero prefirieron cambiar el discurso. Ahora ya no expropian y respetan los mercados y los precios. Hasta serían aperturistas y ya no hablan del imperialismo yanqui, aunque apechugan en todo con Fidel, Chávez y la China comunista. Incorporaron en su léxico los derechos humanos, pero no para casos como los anteriores, sino sólo cuando se trata de “abusos capitalistas”.

La verdad es que, si los dejan solos, subirían los impuestos hasta lograr la igualdad. Y lo otro que les encanta es regularlo todo. En resumen, expropiar y planificar con vaselina, con los mismos efectos de estancamiento y pobreza de antes, más el ingrediente totalitario del Estado grande que termina con la libertad, contrata amigos, hace favores, compra conciencias, comunica lo que se le ocurre y se reproduce en el tiempo. Intentan uniformar la cultura y la educación, los sexos, las relaciones de pareja y el aumento de la población. Pretenden una nueva moral que reemplace, con disimulo, la tradicional, tan ligada a creencias religiosas que consideran el opio del pueblo. En esto están teniendo éxito, con la activa complicidad de ciertos curas y democristianos.

Pero lo que más caracteriza a los socialistas es su desconfianza en el actuar libre de las personas. Estas son entre tontas e incapaces, por lo que deben ser guiadas y dirigidas. No se las puede dejar solas, idea que comparten con conservadores y dictaduras diversas. Se las debe “proteger” y “ayudar” en todo, con mil leyes que les digan qué comer, cómo y cuánto trabajar o emprender, cómo hacer el amor, educar a los hijos, decidir qué estudiar, las enfermedades que deben tener, cómo movilizarse en bicicletas en vez de autos, y hasta cómo galantear y tratar a los prójimos, de lejitos, sin acoso en las oficinas y sin discriminar según el color del pelo, el tono de voz, la forma de caminar o el uso de pantalones o faldas.

Esto no lo diga, pero los socialistas creen que las mujeres son más tontitas y por eso hay que darles cuotas especiales en el Congreso, ministerios, profesiones y hasta en la Presidencia. Vamos a terminar con la discriminación entre hombres y mujeres en los baños y en los hogares. Ambos harán de todo, desde la cocina hasta el catre. ¡Ya llegaremos al hermafroditismo, compañeros!

Pero con la igualdad total, desaparecen la libertad, los incentivos, la innovación, la creatividad, el emprendimiento y el desarrollo. Y, al final, todos vamos a tener tumbas iguales, reguladas y regaladas por el Estado.

¿Y el amor y la pareja? ¿Qué vendría siendo esa idea burguesa, si todos somos clonados, iguales y hermafroditas? Bueno, los socialismos siempre han sido muy aburridos.

Liberalismo – ¿Qué es ser socialista?

¿Qué es ser socialista?

Autor: Olavo de Carvalho

 

El socialismo ha matado a más de 100 millones de disidentes y ha sembrado el terror, la miseria y el hambre en un cuarto de la superficie de la Tierra. Ni siquiera sumando todos los terremotos, huracanes, epidemias, tiranías y guerras de los últimos cuatro siglos producirían unos resultados tan devastadores. Esto es un hecho puro y simple, al alcance de cualquier persona capaz de consultar El libro negro del comunismo y de hacer un cálculo elemental.

 

Pero, como lo que determina nuestras creencias no son los hechos sino las interpretaciones, siempre le queda al socialista devoto el subterfugio de explicar esa formidable sucesión de calamidades como efecto de azares fortuitos sin relación con la esencia de la doctrina socialista, que, inmune a toda la miseria de sus realizaciones, conservaría, de ese modo, la belleza y la dignidad de un ideal superior.

¿Hasta qué punto ese alegato es intelectualmente respetable y moralmente admisible?

El ideal socialista es, en esencia, la atenuación o eliminación, mediante el poder político, de las diferencias de poder económico. Pero nadie puede arbitrar eficazmente diferencias entre el más poderoso y el menos poderoso sin ser más poderoso que ambos: el socialismo tiene que concentrar un poder capaz no sólo de imponerse a los pobres, sino también de enfrentarse victoriosamente al conjunto de los ricos. Por consiguiente, no le es posible nivelar las diferencias de poder económico sin crear desigualdades de poder político todavía mayores. Y como la estructura de poder político no se aguanta en el aire, sino que cuesta dinero, no se ve cómo el poder político podría subyugar al poder económico sin absorberlo en sí mismo, tomando las riquezas de los ricos y administrándolas directamente. De ahí que en el socialismo, exactamente al contrario de lo que pasa en el capitalismo, no hay diferencia entre el poder político y el dominio sobre las riquezas: cuanto más alta sea la posición de un individuo y de un grupo en la jerarquía política, más riqueza estará a su entera y directa disposición: no habrá clase más rica que la de los gobernantes. Así pues, las desigualdades económicas no sólo habrán aumentado necesariamente, sino que, consolidadas por la unidad del poder político y del poder económico, se habrán vuelto imposibles de eliminar, excepto mediante la destrucción completa del sistema socialista. Y ni siquiera esta destrucción resolverá ya el problema, porque, al no haber más clase rica que la de la nomenklatura, ésta conservará el poder económico en sus manos, cambiando simplemente de legitimación jurídica y auto-denominándose, ahora, clase burguesa. La experiencia socialista, cuando no se congela en la oligarquía burocrática, se disuelve en el capitalismo salvaje. Tertium non datur. El socialismo consiste en la promesa de obtener un resultado a través de medios que producen necesariamente el resultado inverso.

Basta comprender eso para darse cuenta, inmediatamente, de que la aparición de una elite burocrática dotada de poder político tiránico y de riqueza multimillonaria no es un accidente en el proceso, sino la consecuencia lógica e inevitable del principio mismo de la idea socialista.

Este raciocinio está al alcance de cualquier persona medianamente dotada, pero, dado que las mentes más débiles tienen una cierta propensión a creer más en los deseos que en la razón, aún se les podría perdonar a esas criaturas que hubiesen cedido a la tentación de probar fortuna en la lotería de la realidad, apostando por el azar en contra de la necesidad lógica.

Eso, aunque es inmensamente cretino, es humano. Lo que humanamente es una burrada es insistir en querer aprender por propia experiencia, cuando hemos sido dotados de raciocinio lógico precisamente para poder reducir la cantidad de experiencia necesaria para el aprendizaje.

Lo que no es humano de ninguna manera es rechazar a la vez la lección de la lógica que nos muestra la auto-contradicción de un proyecto y la lección de una experiencia que, para redescubrir lo que la lógica ya le ha enseñado, ha matado a 100 millones de personas.

Ningún ser humano intelectualmente sano tiene derecho a apegarse tan obstinadamente a una idea hasta el punto de exigir que la humanidad sacrifique, en el altar de sus promesas, no sólo la inteligencia racional, sino hasta el instinto de supervivencia.

Semejante incapacidad o rechazo de aprender denuncia, en la mente del socialista, el rebajamiento voluntario y perverso de la inteligencia a un nivel infrahumano, la renuncia consciente a la capacidad de discernimiento básico que es la condición misma de la humanidad del hombre. Ser socialista es negarse, por orgullo, a asumir las responsabilidades de una conciencia humana.

Liberalismo – El vilipendio, la Fallaci y las verdades

El vilipendio, la Fallaci y las verdades

Autor: Ricardo Medina Macías

 

Acusada en Italia de “vilipendio” contra la religión musulmana y gravemente enferma de cáncer, la periodista Oriana Fallaci insiste desde Nueva York que el mundo occidental y específicamente Europa vive una terrible decadencia porque ya no ama ni respeta los valores que le dieron origen como civilización.

Sólo un gran periódico, como The Wall Street Journal, puede darse el lujo de publicar una entrevista con un personaje tan fascinante, tan talentoso, tan políticamente incorrecto, tan perturbador como Oriana Fallaci.

Y sólo Oriana Fallaci puede decir algo tan insólito entre las elites culturales como lo siguiente: “Me siento menos sola cuando leo los libros de Ratzinger… Soy una atea y cuando una atea y un Papa piensan las mismas cosas, ahí debe haber algo de verdad. ¡Así de simple!”.

La Fallaci está acusada en Italia de “vilipendio” en contra del Islam, un delito que tipifica el Código Penal italiano como aplicable a quien denigra “cualquier religión admitida por el Estado”. El juez que lleva la causa en Bergamo, al norte de Italia, parece deseoso de forjarse un halo de prestigio entre la progresía europea. Paradójicamente, ese mismo afán de castigar ejemplarmente a la Fallaci –quien más que vilipendiar a la religión musulmana ha criticado acremente a los dirigentes políticos y a los santones de la intelectualidad europea por su claudicación moral e intelectual ante las agresiones islámicas- parece darle la razón al argumento intelectual de la periodista: la progresía políticamente correcta se avergüenza de los valores que forjaron la civilización occidental, especialmente del amor a la libertad y de la supremacía de la razón ante las pasiones primarias.

Por si esa paradoja no bastase, quien inició la querella contra la Fallaci está también acusado de “vilipendio”, pero en este caso contra la religión católica. Se trata de un musulmán llamado -sorprendentemente- Adel Smith, quien hace dos años tildó a la Iglesia Católica en un programa de televisión de “organización criminal” y que en otra ocasión arrojó por la ventana de la habitación del hospital en que su madre convalecía un crucifijo (después de descolgarlo de la pared) al tiempo que proclamaba: “mi madre no va a morir en una habitación donde haya un crucifijo”. Se presume que este personaje -el musulmán Smith, avecindado en Italia- es el autor de un panfleto en el que se propone sin empacho “la eliminación” de la periodista en nombre del Islam.

Aun quitándoles toda la estridencia, con que las adorna la pasión italiana, la mayoría las cosas que dice la Fallaci son verdades como una catedral. Incómodas, pero verdades. Algo escaso en estos tiempos.

Liberalismo – El derecho de propiedad

El derecho de propiedad

Autor: Porfirio Cristaldo Ayala

 

Las desgracias que ocurren en el mundo casi todas nacen con buenas intenciones. Los obispos latinoamericanos, en su mayor parte ignorantes de la ciencia económica, son propensos a ocasionar estragos con sus bien intencionadas aunque erradas ideas. El ALCA, la globalización y reforma agraria son ejemplos. Así, la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), en lugar de repudiar una arbitraria expropiación y reparto de tierras fruto de un oscuro pacto del gobierno con legisladores socialistas, defendió el hecho exigiendo el respeto al derecho a la tierra.

Pero el derecho a la tierra no es otro que el de adquirir una parcela. Ello no da derecho a nadie a apropiarse de la tierra que le pertenece a otro. No existe un derecho al robo o la usurpación de lo ajeno. El derecho a la tierra es como el derecho a la felicidad. Todos tienen derecho a ser felices, en el sentido que nadie debe impedir que una persona sea feliz. Pero no significa que alguien esté obligado a hacer feliz a otro. Todos tienen derecho al alimento, vestimenta y techo. Pero si alguno fuese obligado a trabajar para darle a otro alimento, vestimenta y techo, sería un esclavo.

Los obispos olvidan que las constituciones en todo el mundo, desde la Carta Magna (1215) protegen el derecho de propiedad como el más importante. De su protección resultan la armonía social y la estabilidad, el respeto a las instituciones, la honestidad, el cumplimiento de los contratos y, en definitiva, la supervivencia y el progreso de la civilización. Santo Tomás de Aquino enseñaba que en una sociedad libre, organizada y pacífica se debe respetar el derecho de propiedad. Este derecho, al igual que el derecho a la vida y a la libertad es la base de todos los derechos humanos.

El derecho de propiedad tiene sus raíces en el código moral Judeo-Cristiano. Se basa en los diez mandamientos que Jesucristo confirmó y perfeccionó con su palabra y ejemplo. “No robarás”, dice el séptimo mandamiento. Desde hace miles de años la integridad, trabajo y cooperación pacífica de los pueblos dependen del respeto a la propiedad. Esta es la base de la virtud económica, libertad individual, no-violencia y colaboración, sin lo cuál es imposible preservar la libertad, la paz y el orden en un mundo con recursos limitados.

La propiedad privada fue un derecho sagrado durante miles de años. Su quebranto surge con los socialistas y, en especial, con Engels y Marx (1848), quiénes escribieron: “Los comunistas pueden resumir su teoría en una sola frase: abolición de la propiedad privada”. Esta idea penetró en la Iglesia latinoamericana con la Teología de la Liberación que consideraba a Jesús el “primer comunista” y pretendía sintetizar el marxismo y cristianismo en una sola doctrina. La Teología de la Liberación fue condenada por el Papa Juan Pablo II, pero todavía hace ruido.

Algunos religiosos olvidan a los padres de la Iglesia. León XIII escribió cien años atrás que ni la justicia ni el bien público permiten que bajo el color de una pretendida igualdad se ataque la fortuna ajena. Juan Pablo II se preguntaba si después del fracaso del comunismo, el modelo que deben seguir los países pobres para progresar es el capitalismo, “si por capitalismo – decía – se entiende un sistema que reconoce el papel fundamental de la empresa, del mercado, de la propiedad privada, la respuesta ciertamente es positiva”. Hoy el Papa Benedicto XVI explica que la ética política de la Biblia, desde Jeremías hasta Pedro y Pablo, es que “solo se puede construir construyendo, no destruyendo”. La destrucción de la propiedad ajena – dice – nunca podrá justificarse con la fe.

Para ayudar a un grupo de indigentes que reclaman un pedazo de tierra la CEP apoya una arbitraria expropiación que debilitará los derechos de propiedad, ahuyentará la inversión, destruirá oportunidades e impedirá la creación de empleos. Pese a sus buenas intenciones terminará perjudicando a todos. En Paraguay la reforma agraria repartió 10 millones de hectáreas sin mejorar un ápice la condición de los campesinos. Fue un error. No se puede construir destruyendo y menos destruyendo el derecho de propiedad, base de la libertad y prosperidad.

Liberalismo – Mitos del calentamiento global

Mitos del calentamiento global

Autor: Carlo Stagnaro

 

¿Será posible que 600 años sean más largos que millones de años? Sí, pero bajo dos condiciones. Primero, que una fuente tan autorizada como la BBC de Londres lo mantenga así. Segundo, que se diga con una finalidad políticamente correcta, socialmente orientada y en apoyo al ambientalismo.

No es un chiste, sino el reportaje de Richard Hollingham del 13 de agosto sobre Groenlandia. El reportero viajó a ese lugar tan frío e inhóspito para ver con sus propios ojos los efectos antropográficos del calentamiento global. “Groenlandia es una masiva isla congelada –dijo– y desde el aire hay poca evidencia de que se está derritiendo… Su inmensa capa de hielo, un mar blanco que parece extenderse infinitamente, se derrama en miles de glaciales… Sólo cuando uno se acerca al pie de los glaciales se da cuenta que el panorama está cambiando. A unos pocos metros por encima del hielo, la roca aparece desnuda. Una cicatriz que se desplaza horizontalmente a través de los valles”. El fenómeno es tan dramático que está creciendo una nueva vegetación: “Esa tierra se ve por primera vez en millones de años”. Recuerde, millones de años.

Si eso está sucediendo, hay que hacer algo. Si 150 años realmente han cambiado el clima mundial tan radicalmente, tenemos que actuar. Llámese protocolo de Kyoto o cualquier otra cosa, tenemos que devolver la atmósfera terrestre a su condición natural. Y lo tenemos que hacer ya. Se nos está acabando el tiempo y no podemos darnos el lujo de seguir perdiéndolo. Entonces, la pregunta a contestar es: ¿cuáles son las condiciones atmosféricas “normales”?

El reportaje de Hollingham nos contesta, indirectamente, esa pregunta clave. “El clima terrestre se había recalentado antes, pero de manera natural. Las ruinas de una iglesia en las riberas del fiordo muestran lo que queda de la civilización agrícola de los vikingos. El sol proyecta sombras a través de los arcos de las ventanas hasta el altar, utilizado por última vez en el siglo años XV, antes de que la zona fuera abandonada debido a que el frío la convirtió en inhabitable”.

Es sorprendente que ni el señor Hollingham ni los editores de la BBC notaran tan flagrante contradicción. ¿Cómo es posible que los habitantes hayan construido una iglesia en un lugar cubierto por el hielo durante “millones de años”? Y ¿cómo antes los vikingos labraron unas tierras que supuestamente estuvieron siempre cubiertas por una gran capa de hielo? En conclusión, ¿cómo podemos saber que el recientemente observado calentamiento terrestre se debe a emisiones provocadas por el hombre y no a causas naturales? Después de todo, el periodista de la BBC nos dice que nuestro planeta fue más caliente hace varios siglos, lo suficiente como para que Groenlandia fuera una isla fértil que luego, por alguna razón, se congeló.

Parece que el señor Hollingham descubrió lo que es obvio. No hay que ir hasta Groenlandia para saber que los vikingos no eran tontos. En el año 982, el vikingo Erik el rojo descubrió una “tierra verde” (Groenlandia). Luego esa isla se tornó blanca por un cambio del clima, lo que siempre ha sucedido y seguirá sucediendo en nuestro planeta. Pero la BBC ahora nos da la noticia que Groenlandia se está volviendo verde y que eso nos debe preocupar a todos. ¿Cómo es eso? Si fue “tierra verde” el nombre que le dieron sus primeros habitantes.

Liberalismo – Maestros de la mentira

Maestros de la mentira

Autor: Pablo Molina

 

Los principales medios de comunicación, emplean en sus informaciones relacionadas con el conflicto israelí-palestino un atroz sesgo antijudío. No es una suposición, es un dato. Lo que no sabíamos hasta ahora era el nivel de sofisticación al que llegan en la elaboración de sus píldoras desinformativas, pero tras ver este vídeo realizado por un cámara independiente, Richard Landes, cualquier duda al respecto queda inmediatamente disipada.

Palestinos que disparan contra edificios vacíos simulando repeler ataques de fuerzas israelíes, heridas que cambian misteriosamente de extremidad, entierros de víctimas de la «masacre de Jenín» en los que el muerto entra y sale del féretro sin que los dolientes del cortejo se sorprendan lo más mínimo o periodistas aleccionando a una parturienta que ha sido retenida en un control militar sobre lo que tiene que contar a la televisión, son sólo algunas de las escenas mostradas en este trabajo que, casualmente, siempre son eliminadas de los reportajes que ilustran al mundo sobre la maldad israelí y el sufrimiento del pueblo palestino.

Pero el fenómeno viene de antiguo.

El 30 de septiembre de 2000, el New York Times publicó la foto impactante de un joven ensangrentado mientras un militar israelí blandía su porra frente a él. En el pié de foto se identificaba al herido como a un palestino, víctima de los disturbios ocurridos en el Monte del Templo. La verdad, sin embargo, es que se trataba de Tuvia Grossman un estudiante judío de Chicago, que había sido sacado a la fuerza de un taxi en un barrio árabe por un grupo de unos cuarenta palestinos que lo apalearon salvajemente. El soldado israelí sólo intentaba parar la agresión. En su rectificación, el periódico se limitó a explicar que el herido era un «estudiante americano en Israel», así, sin más. Ni una palabra del ataque sufrido ni de sus autores. Más tarde tuvo que reconocer toda la verdad, pero mientras tanto, la foto famosa había dado la vuelta al mundo.

Muy célebre fue también el caso del «asesinato» de Rachel Corrie, una pacifista norteamericana, se nos dijo, aplastada por una excavadora del ejército israelí que intentaba derribar la vivienda de un pacífico farmacéutico palestino, en la que vivía con su mujer y sus tres hijos. En realidad, la Corrie y sus camaradas, activistas todos del ISM (Internacional Solidarity Movement), grupo anarco-comunista que apoya abiertamente el terrorismo palestino, intentaban evitar que el ejército israelí cegara los túneles que comunican Egipto y la franja de Gaza, por los que entraba diariamente todo tipo de armamento con destino a los grupos terroristas.

¿De veras creen los «medios progresistas» que con este tipo de basura ayudan al pueblo palestino? Es bastante dudoso. Lo cierto es que la izquierda necesita la existencia de sociedades depauperadas para mantener la ficción de que su denuncia del sistema capitalista sigue siendo válida y, en este contexto, el pueblo palestino cumple su papel. Como el cubano, que asiste estupefacto a las romerías periódicas de la izquierda millonaria a la isla-cárcel, para cantar las excelencias de un régimen que condena a sus ciudadanos a carecer de las comodidades que ellos disfrutan bajo el yugo demo-liberal. La izquierda, sencillamente, no quiere un estado palestino democrático y en paz con su vecino israelí. A los palestinos podría darles por dejar las bombas y empezar a prosperar, ¡incluso convertirse en capitalistas! y eso está más allá de lo que ningún «defensor de los oprimidos» está dispuesto a tolerar.

Liberalismo – La hora de enterrar los mitos

La hora de enterrar los mitos

Autor: Carlos Alberto Montaner

 

La verdad, aunque sea dolorosa, es mejor afrontarla. Durante décadas, la izquierda transmitió la imagen de un Salvador Allende, apasionadamente demócrata, que en 1973 perdió el poder por una combinación entre la ingenuidad y la voluntad de no usar la fuerza contra sus enemigos. La distancia y la simplificación del pasado lo presentaron como un mártir bondadoso que al final optó por quitarse la vida con una metralleta regalada por Fidel Castro antes que rendirse al enemigo autoritario. Y no era así. La historia que ahora comienza a conocerse revela a un personaje muy diferente al de la leyenda popular.

El primer mazazo contra la dulce memoria del Allende heroico vino del historiador chileno Víctor Farías, autor de un libro publicado hace un par de años: Salvador Allende, antisemitismo y eutanasia. Farías desenterró la tesis de grado escrita en 1933 por Allende para obtener su diploma como médico. El texto de Allende llevaba el título de Higiene mental y delincuencia y hubiera podido ser firmado por cualquier fanático partidario de Hitler. Era algo así como el manual del perfecto fascista latinoamericano. Los homosexuales eran calificados de repugnantes. Los enfermos mentales deberían ser químicamente castrados para que no transmitieran su herencia biológica. A los judíos los caracterizaba como usureros, estafadores y calumniadores.

Cuando lo escribió, Allende sólo tenía 25 años, pero a los 40, cuando ya era ministro de Salud, intentó poner en práctica sus teorías eugenésicas, tan propias de los nazis, proponiendo una ley para esterilizar a los enfermos mentales, medida felizmente rechazada por el Parlamento. Y a los 64, cuando ya era presidente, y Simón Wiessenthal, el israelí cazador de nazis, muerto recientemente, en nombre de la memoria de las víctimas del Holocausto, le pidió la extradición de Walter Rauff, un sicario de Hitler que ordenó el asesinato de miles de judíos, Allende rechazó la petición. Corazón adentro, aunque sexagenario, seguía siendo el mismo ardiente antisemita que había sido en su juventud.

El segundo golpe contra la falseada imagen de Allende procede de otros historiadores: el ruso Vasili Mitrokhin y el inglés Christopher Andrew. El primero, ya desaparecido, fue un paciente archivista del KGB que tuvo la feliz idea de llevarse copia de su trabajo a casa. El segundo, es un respetado historiador británico. A principios de los noventa, en medio del desbarajuste de la URSS, Mitrokhim se pasó a Occidente con toda esa valiosa información y comenzó a publicarla. El segundo y último volumen es el que trae la información sobre Allende: el ex presidente chileno era un colaborador del KGB. Un colaborador que recibía dinero, transmitía información y contribuía a los planes soviéticos de conquista en América Latina. Se trataba de un confidential contact. Alguien con quien Moscú contaba para minar los regímenes democráticos y, de acuerdo con el gran proyecto ruso de hegemonía planetaria, eventualmente lograr la derrota y destrucción política de Estados Unidos.

En realidad, no hay ninguna contradicción entre el joven Allende cautivado por las ideas fascistas vigentes en los años treinta y el viejo Allende de los setenta, colaborador de la KGB. Mussolini era un admirador de Lenin, mientras Hitler, como sucedía con los comunistas, sentía una profunda antipatía por la democracia liberal y por los Estados Unidos, un país que le parecía dominado por los judíos. Fascismo y comunismo no eran extremos que acababan por parecerse, como tantas veces se ha dicho, sino parientes cercanos del mismo tronco socialista. Allende, sencillamente, venía de esa tradición autoritaria y cruel. No creía en la libertad ni en la democracia, aunque se sirviera de ellas para llegar al poder.

En cierta manera, el fin del mito de Allende es muy positivo para toda la izquierda chilena democrática, como ha resultado providencial para la derecha de ese país que se haya conocido, con lujo de detalles, que el general Pinochet no sólo fue un déspota que ordenó o toleró miles de asesinatos y torturas, sino que, además, fue un ladrón desvergonzado. Unos y otros tienen ante sus ojos una clarísima lección histórica: la redención del país y la reconciliación final sólo es posible con democracia, libertades, tolerancia, respeto a la ley, y la humilde admisión pública de que ni Allende ni Pinochet fueron los líderes que el país se merecía. Ninguno de los dos respondía a la imagen que intentaron acuñar sus partidarios. Es la hora de enterrar todos los mitos. Todos.

Liberalismo – El supuesto círculo vicioso de la pobreza

El supuesto círculo vicioso de la pobreza

Autor: Gabriela Calderón

 

A mediados de septiembre en la cumbre 2005 de la ONU, los líderes de todo el mundo se reunieron para discutir cómo llevar a cabo el plan propuesto por el economista de Columbia University Jeffery Sachs, el cual cree que la pobreza extrema solo se puede eliminar al duplicar la ayuda externa. Lamentablemente, como lo dijo Peter Bauer, la pobreza es un problema mucho más complejo y si esta fuese solucionada con la ayuda externa, la humanidad seguiría en la edad de piedra. Pues, indicaba él, a las naciones desarrolladas de hoy nadie les dio subsidios financieros.

Si no es la falta de dinero, es la falta de recursos naturales, y si no se le hecha la culpa a la falta de estos, el culpable resulta ser el clima y/o la ubicación geográfica. Pero la experiencia reciente de países como Hong Kong, Irlanda, Singapur, Corea del Sur, entre otros, exponen la verdad: La pobreza no es un círculo vicioso y no depende de ninguno de los factores antes enumerados. Los países antes mencionados conquistaron la pobreza gracias al potencial realizado de sus ciudadanos, a los cuales se les permitió un grado de libertad económica que no existe en la mayoría de los países del mundo.

Hong Kong, una isla de rocas estériles sin petróleo ni otros recursos vitales y anteriormente una colonia del imperio inglés, emergió de la pobreza en menos de tres décadas y lo hizo teniendo condiciones naturales no favorables y sin seguir las recomendaciones tradicionales de los tecnócratas internacionales. Sostuvo la libre circulación de capitales entrando y saliendo del país, adoptó sin reparaciones el libre comercio en ambas direcciones, mantuvo un presupuesto balanceado, no dio incentivos ni puso trabas a los inversionistas extranjeros y tuvo un estado limitado en sus funciones y poderes.

Y esto no es un fenómeno nuevo ni tampoco único. Acuérdese de esa gran ciudad que surgió a partir de unos cuantos lodazales en el siglo XII — Venecia; o de Irlanda, que en tan sólo una década dejó de ser uno de los miembros más pobres de la Unión Europea y hoy es el segundo más rico.

Muchas veces escuchamos que la liberalización es algo malo y muchas de estas veces Latinoamérica es el ejemplo predilecto. Se dice que mientras que Latinoamérica abrió sus economías durante los 80s y los 90s, la desigualdad en la región llegó a ser la más marcada en el mundo (En realidad, Latinoamérica ha tenido los más altos grados de desigualdad por siglos). Sin embargo, casi nunca se dice que durante este periodo los indicadores de la calidad de vida en la región han mejorado al mismo tiempo que se aumentó su grado de libertad económica (Ver Informe Anual 2005: Libertad Económica en el Mundo). Por ejemplo, 86 de cada 1,000 niños morían al nacer en 1970 mientras que para el 2003 este número había sido reducido a 27. Además, la expectación de vida al nacer para los latinoamericanos aumentó entre 1972 y el 2003 de 61 a 71 años. Y la tasa de analfabetismo en Latinoamérica ha mejorado entre 1990 y el 2003 de 85.1% a un 89.6%.

Tampoco suele mencionarse que durante el mismo tiempo los “tigres asiáticos” que liberalizaron mucho más que Latinoamérica han estado convergiendo su calidad de vida con la de los países desarrollados a un paso que provoca envidia. Una simple vista al Índice de Desarrollo Humano (HDI) de las Naciones Unidas revela como las políticas públicas adecuadas como aquellas adoptadas por Hong Kong y los demás “tigres”, conducen al progreso. Habiendo partido de puntos similares en los 70s, los “tigres” hoy están convergiendo su calidad de vida de acuerdo al HDI a un paso mucho más acelerado que Latinoamérica y ésta a su vez, ha dejado atrás a África sub-sahariana, la región más aislada de la economía global. A los “tigres” hoy les falta menos de la mitad de lo que le falta a Latinoamérica para alcanzar la calidad de vida de los países desarrollados

Latinoamérica y con consecuencias más desastrosas aún, África sub-sahariana, nunca atacó la raíz de sus problemas. Décadas y recursos perdidos en proyectos de vanidad política y en individuos con ambiciones desmedidas de poder nunca podrán ser recuperados. Los recursos naturales que tenemos o no, la ubicación geográfica y el clima que nos tocó tener, y la historia de una colonización brutal son cuestiones que no podemos cambiar y a las cuales no podemos seguir culpando por la pobreza de hoy.

Tal vez ha llegado la hora de que dejemos de culpar a agentes externos, de buscar ayuda en otros, y de que aceptemos que la solución a la pobreza está dentro del potencial humano de cada individuo y de las políticas públicas que permiten que cada individuo realice su potencial.